35
La mañana entró por el ventanal con esa luz blanquecina de los días nublados que no prometen nada bueno.
Nora se había despertado con dolor de espalda, una presión sorda en la zona lumbar que había empeorado el último par de días y que ella había despachado con un "es normal a estas alturas del embarazo".
Se quedó en la cama, con la almohada doblada bajo la nuca y las piernas ligeramente elevadas sobre un cojín. Desde la habitación oía a Lobo moverse por la cocina con su rutina matutina: el grifo, el tintineo de la cafetera, el roce del trapo sobre la encimera antes de poner nada encima.
Luna apareció en la puerta del dormitorio. Meneaba la cola de lado a lado de forma vigorosa, con esa mirada suplicante que significaba una sola cosa.
—Félix —llamó Nora—. La niña quiere salir.
Lobo asomó la cabeza por el pasillo. Llevaba el pelo húmedo de la ducha y una camiseta blanca interior que resaltaba la palidez casi translúcida de su piel.
—¿No puedes bajarla tú?
—Mi niño, tengo la espalda como si me hubieran pasado por encima con un rodillo de amasar. No puedo ni atarme los zapatos.
Lobo miró a Luna. Luna lo miró a él. Era una batalla que tenía perdida de antemano.
—Está bien —suspiró.
Fue al armario del recibidor y sacó el rollo de bolsitas biodegradables que Nora había comprado la semana anterior. Las miró con una expresión que habría sido cómica si no fuera tan genuinamente angustiada. Cogió tres, por si acaso. Luego abrió otro cajón y sacó un par de guantes de látex .
—¿Guantes? —dijo Nora desde la cama, con media sonrisa—. ¿Para pasear a la perra?
—Medida higiénica básica.
—Félix, si llega el caso, es caca de perro, no material radiactivo.
—Es materia orgánica en descomposición con bacterias potencialmente patógenas. Y voy a recogerla con una bolsa de plástico que tiene el grosor de un pañuelo de papel. Así que sí, guantes.
Nora soltó una carcajada que le dolió en la espalda.
—Anda, baja. Y déjala que corra.
Lobo se puso la gabardina, enganchó la correa de Luna y salió del apartamento con la dignidad de un hombre que se enfrenta a algo profundamente desagradable pero que sabe que no tiene alternativa.
Bajó al Paseo de la Concha, donde la brisa matutina traía olor a salitre y a algas.
Luna tiró de la correa con entusiasmo y lo arrastró hacia un tramo de hierba junto al paseo marítimo.
Hizo sus necesidades con esa indiferencia majestuosa de los perros grandes, y Lobo, con los guantes puestos y una mueca que le tensaba la cicatriz de la mejilla, recogió el resultado con movimientos rápidos y precisos.
Doble bolsa. Nudo apretado. Depositado en la papelera más cercana como si fuera una granada sin detonador.
Luego se quitó los guantes, los metió en otra bolsa y sacó del bolsillo un bote pequeño de gel desinfectante que se aplicó dos veces, frotándose las manos con una intensidad que habría hecho sonreír a cualquier cirujano.
—Esto no estaba en la descripción del puesto —murmuró, mirando a Luna, que jadeaba feliz a sus pies.
Subieron de vuelta al apartamento. Lobo se lavó las manos en el baño durante un minuto largo, con agua caliente y jabón, antes de volver a la cocina a terminar de preparar el desayuno .
Nora estaba sentada en el sofá del salón, con el portátil abierto sobre las piernas y una expresión que Lobo reconoció al instante. Era la cara que ponía cuando algo importante acababa de ocurrir.
—¿Qué pasa?
—Lykaina ha mandado un informe. Ha llegado mientras bajabas a la perra.
Lobo dejó el trapo sobre la encimera y se acercó al sofá. Se sentó a su lado, todavía con olor a gel desinfectante en las manos, y miró la pantalla.
—Ha rastreado movimientos bancarios de todas las personas vinculadas al caso durante el mes anterior a la muerte de Rebeca. Cuentas personales, cuentas de empresa, fondos de inversión, todo. La mayoría están limpias, o al menos lo parecen. Pero ha encontrado algo que te va a encantar.
—¿Qué?
—Dos días antes de que Rebeca muriera, alguien retiró doscientos mil euros en efectivo de una cuenta bancaria. Una cuenta vinculada al patrimonio familiar de los Loza.
Lobo frunció el ceño.
—¿De quién es la cuenta?
—De Ainhoa Etxeberria.
El rictus de Félix se tensó.
—Doscientos mil euros en efectivo —repitió Lobo—. La deuda que tenía con Koldo cuando la vendió.
—Exacto. Ni un euro más, ni un euro menos.
Luna se había echado junto al sofá, con el hocico apoyado en las patas. El silencio del apartamento era denso, cargado de implicaciones.
—Ainhoa nos mintió. De forma descarada. ¿Por qué?
Lobo se levantó del sofá y caminó hasta el ventanal. La bahía de La Concha se extendía bajo un cielo plomizo, pero él no la miraba .
—Cuando le preguntamos si sabía de las deudas de Rebeca, dijo que solo le había prestado cantidades pequeñas. Quinientos aquí, mil allá. Que nunca imaginó que la cifra fuera tan alta. Y ahora resulta que de su cuenta salieron doscientos mil euros en efectivo dos días antes de que Rebeca muriera.
—A lo mejor no lo sabía —dijo Nora, aunque su tono dejaba claro que no se lo creía—. Puede que alguien moviera ese dinero sin que ella se enterara.
—Doscientos mil euros no se mueven solos, Nora. Y no desaparecen de una cuenta sin que el titular lo note. A no ser que alguien más tuviera acceso.
—¿Qué piensas?
—Estoy pensando en que hay dos opciones. O Ainhoa sacó ese dinero y nos mintió a la cara cuando le preguntamos. O le pidió a alguien que lo hiciera. En cualquiera de los dos casos, nos ha engañado.
Nora se frotó los ojos con las palmas de las manos. El cansancio del embarazo y la rabia de sentirse manipulada se mezclaban en una combinación que le revolvía el estómago.
—Lo que me jode, Félix, es que esa mujer nos habló de Rebeca con lágrimas en los ojos y nos pidió que encontráramos la verdad. Y mientras tanto, estaba sentada encima de la respuesta.
—O de parte de ella.
—¿Qué hacemos? ¿Volvemos a verla y la enfrentamos?
Lobo tardó en responder. Se quedó mirando el reflejo de las nubes sobre el agua, mientras ordenaba mentalmente las piezas antes de moverlas.
—Todavía no. Si vamos ahora, a lo bruto, se cerrará. Nos dará otra versión pulida, otra explicación que parezca razonable. Tenemos que averiguar primero cómo salió ese dinero. Si fue ella quien firmó la retirada o si usó algún intermediario .
—¿Y mientras tanto?
—Mientras tanto, dejamos que piense que no lo sabemos. Que siga confiando en nosotros. Que baje la guardia.
Nora soltó un resoplido.
—Menuda profesión la nuestra, quillo . Fingir que te fías de gente que te miente mientras tú les mientes fingiéndote fiado.
Lobo la miró con esa media sonrisa que reservaba para los momentos en que Nora decía en voz alta lo que él pensaba en silencio.
—Bienvenida al oficio.
Nora lo miró con intención de responderle alguna barbaridad, pero al intentar cambiar de postura se le torció el gesto y tuvo que apoyar una mano en la parte baja de la espalda.
Félix lo vio al instante.
—Voy a llamar al médico.
—Tú no vas a llamar a nadie.
—Nora…
—Félix, no estoy enferma, estoy embarazada, que parece que se te olvida cada vez que me miras como si fuera una copa de cristal en medio de un terremoto.
Él no contestó enseguida. Se quedó de pie junto al ventanal, con la mandíbula apretada y esa expresión suya que preferiría enfrentarse a tres sospechosos armados antes que admitir que tenía miedo.
—No se me olvida —dijo al fin—. Precisamente por eso.
A Nora se le aflojó un poco la mirada, aunque se cuidó mucho de que él lo notara demasiado.
Había aprendido que Félix no sabía querer sin vigilar, igual que no sabía preocuparse sin convertir el cariño en un protocolo de actuación, y aquella torpeza suya, que antes la habría sacado de quicio, empezaba a parecerle una forma rara y testaruda de ternura .
—Mi niño, como sigas así, cuando nazca la criatura vas a pedir cadena de custodia para cambiarle el pañal.
Félix soltó aire por la nariz, casi una risa.
—Te duele desde hace dos días.
—Y a ti te duele el alma desde hace veinte años y no por eso te llevo a revisión cada vez que te pones intenso.
—No es lo mismo.
—No, claro que no. Lo mío tiene fecha probable de parto.
Él se sentó a su lado, no demasiado cerca, como si temiera que cualquier gesto brusco pudiera empeorar las cosas. Nora le cogió la mano y notó la rigidez de sus dedos antes de que, poco a poco, él cediera.
—No voy a apartarme del caso porque me duela la espalda —dijo ella—.
No voy a convertirme en una señora envuelta en mantitas mientras tú sales a pelearte con medio San Sebastián.
Y tampoco voy a dejar que Ainhoa Etxeberria nos tome el pelo porque tú hayas decidido que mi útero tiene prioridad procesal.
—Solo quiero que descanses.
—Pues quiéreme descansadita, pero no inútil.
Félix la miró entonces, y durante un segundo desapareció el investigador metódico, el hombre de los silencios afilados y las manos limpias demasiadas veces al día, para dejar paso a alguien mucho más cansado y vulnerable.
—No quiero que este caso nos coma —dijo.
Nora acarició a Luna, que se había acercado al sofá con el hocico apoyado en sus rodillas.
—Este caso ya nos ha pegado el primer mordisco, quillo . Lo que pasa es que todavía no sabemos dónde.
El móvil de Nora vibró sobre la mesa baja antes de que Félix pudiera responder.