Réquiem de silencio (Lobo y Delgado 5) 34
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Cuando entraron en el apartamento, Luna fue directa a su rincón junto a la ventana y se dejó caer con un suspiro largo, como si aquel día también la hubiera agotado a ella. Nora se descalzó en el recibidor con un quejido que resonó por todo el pasillo.

—Mi arma , menudo dolor con estos zapatos. Un día me van a tener que amputar los pies por culpa de este oficio.

Lobo cerró la puerta con llave, colgó la gabardina en el perchero y fue directo a la cocina.

Antes de tocar nada, cogió un trapo limpio del cajón y pasó la encimera de un extremo a otro.

Luego abrió el grifo, dejó correr el agua unos segundos y enjuagó dos vasos que descansaban en el escurridor, aunque los había lavado esa misma mañana.

Nora lo observó desde la puerta de la cocina, apoyada en el marco con los pies descalzos sobre las baldosas frías.

—Félix, esos vasos los has fregado tú hace doce horas. Con jabón. Y estropajo nuevo.

—El agua del grifo deja cal.

—Es agua, no ácido sulfúrico.

—La cal se acumula.

—Madre mía. —Nora abrió la nevera y asomó la cabeza dentro con esa expresión de esperanza que ponía cada noche, como si al abrirla fuera a encontrar algo diferente a lo que había dejado esa mañana—.

¿Sabes lo que me comería yo ahora mismo?

Un chuletón de buey a la brasa con pimientos de Gernika.

De esos que chorrean grasa y que huelen a gloria cuando los pasan por la brasa.

O unas alubias de Tolosa, con su morcilla, su chorizo, su berza, todo bien caldoso, que te reconfortan el alma solo con mirarlas.

O un bacalao al pil-pil con un trozo de pan de hogaza para mojar la salsa hasta que el plato brille.

—El médico dijo que nada de grasas saturadas, que controles la sal y que cenes ligero.

—El médico cena lo que le da la gana porque no está embarazado.

Lobo sacó del cajón de las verduras una cebolla, dos patatas medianas y un puñado de judías verdes. Los colocó sobre la encimera, perfectamente alineados, y empezó a pelar la cebolla con movimientos precisos.

—Te voy a preparar un hervido de verduras con pechuga de pollo a la plancha.

Nora lo miró como si le hubiera anunciado que iban a cenar serrín.

—Un hervido. De verduras. Con pechuga. —Cerró los ojos—. Félix, ¿tú me quieres o me castigas?

—Las dos cosas.

—Pues vaya plan de viernes por la noche. Verdura cocida y pollo insípido mientras la criatura me pide a gritos unas croquetas de jamón.

—La criatura te pide nutrientes. Las croquetas te las inventas tú.

Nora resopló, pero se sentó en el taburete de la cocina y lo observó trabajar.

Lobo pelaba las patatas con esa concentración suya que convertía cualquier gesto doméstico en una operación milimétrica.

Su cuerpo largo y delgado se inclinaba sobre la encimera, los brazos fibrosos asomando bajo las mangas remangadas de la camisa con la piel blanquecina que rara vez veía el sol.

La cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda, recuerdo de la explosión que casi lo mata, se marcaba más cuando fruncía el ceño, y ahora lo fruncía, concentrado en que las tiras de piel cayeran finas y uniformes sobre la encimera.

Las judías las lavó tres veces bajo el grifo.

Luego limpió el cuchillo, lo secó con un paño y lo dejó perfectamente perpendicular al borde de la tabla de cortar

—¿Sabes que hay gente que cocina sin medir los ángulos de los cubiertos? —dijo Nora.

Lobo no respondió. Puso el agua a hervir con un pellizco de sal, apenas nada, y empezó a cortar las verduras en trozos regulares.

Mientras tanto, sacó una pechuga de pollo del frigorífico, la examinó bajo la luz como si fuera una prueba forense y la colocó sobre un plato que había limpiado previamente.

—Está bien —concedió Nora al fin—. Pero ponle al menos un chorrito de aceite de oliva y un poco de limón al pollo. Si no, voy a sentir que ceno en un hospital.

—Aceite de oliva virgen extra. Y limón. Nada más.

—¿Ni una pizca de pimentón?

—Nora.

—Vale, vale. Aceite y limón. La fiesta del siglo.

El hervido tardó veinte minutos. Lobo lo sirvió en dos platos hondos que había enjuagado antes de usar, colocó la pechuga cortada en láminas al lado, y añadió un hilo de aceite de oliva sobre las verduras. El aroma era suave, limpio, reconfortante a pesar de su sencillez.

Nora hundió la cuchara con escepticismo. Probó. Masticó despacio.

—Joder —murmuró.

—¿Qué?

—Que está bueno. Me cuesta reconocerlo, pero está bueno. La patata ha cogido el sabor de la judía y la cebolla le da un punto dulce que...

—Come y calla .

—Eso haré. Pero conste que sigo soñando con las alubias de Tolosa.

Mientras, Luna dormitaba en su rincón, con las patas que movían de vez en cuando, como si persiguiera algo en sueños. Fuera, la bahía de La Concha brillaba bajo las farolas del paseo, con la Isla de Santa Clara como una mancha oscura en medio del agua.

Cuando terminaron, Lobo recogió los platos, los lavó a mano, los secó y los guardó. Limpió la encimera otra vez. Dobló el trapo y lo dejó colgando del gancho con los extremos exactamente igualados.

Se movieron al salón con dos infusiones que Nora aceptó sin protestar. Se sentaron frente al ventanal, uno al lado del otro, con la ciudad nocturna extendiéndose ante ellos.

—Menudo día —dijo Nora, soplando la infusión.

—Menudo día —confirmó Lobo.

—Morcillo se vino abajo. No me esperaba que lo admitiera tan rápido.

—No fue rápido. Tardó bastante en reconocer que conocía a Rebeca. Pero cuando entendió que teníamos demasiada información como para seguir mintiendo, calculó que era mejor controlar la narrativa él mismo que dejar que la construyéramos nosotros.

—¿Tú le crees? Lo de que estuvo allí el día antes, no la noche.

Lobo dio un sorbo a su infusión antes de responder.

—Le creo que estuvo en la casa. Le creo que Rebeca lo llamó asustada.

Le creo que le contara que debía dinero a gente peligrosa.

Pero hay algo en su versión que no termina de encajar.

La forma en que se aseguró de decirnos que se fue antes de que pasara nada, que Celia estaba tocando el violín cuando se marchó, que no vio a nadie más.

Como una coartada que ha tenido dos años para pulir.

—Lo que me llama la atención —dijo Nora, dejando la taza sobre la mesa— es lo que me contó Celia. Porque ella no dice que el hombre estuviera allí el día antes. Ella dice que había un hombre en la casa aquella noche. La noche que Rebeca murió.

—¿Y si es el mismo hombre? ¿Y si Morcillo miente sobre cuándo estuvo allí?

—Puede ser. Pero también puede ser otro. Cuando le pregunté a Celia si conocía al hombre que estaba en la casa, asintió. Y cuando tocó el violín, lo que transmitía no era miedo a un desconocido. Era miedo a alguien cercano. Alguien de quien no esperaba tener miedo.

Luna gimió suavemente desde su rincón, como si los sueños se le hubieran vuelto inquietos.

Lobo observó las luces que parpadeaban sobre el agua negra de la bahía.

—Necesitamos encontrar a los que compraron la deuda de Rebeca. Los de Madrid. Si alguien pagó esos doscientos mil euros, ellos saben quién fue.

—Lykaina —dijo Nora.

—Lykaina —confirmó Félix.

—La llamo mañana. Si alguien puede rastrear una transacción entre criminales, es ella. Tiene contactos en medio mundo digital, acceso a bases de datos que ni la policía sabe que existen, y una capacidad para seguir el rastro del dinero que da miedo. Le encantará este caso.

Lobo asintió. Se recostó en el sofá y cerró los ojos un momento. Nora lo observó, viendo cómo la tensión del día iba aflojándose poco a poco en los músculos de su cara. Sin la gabardina, sin el bastón, sin la armadura que se ponía cada mañana, parecía más frágil. Más humano.

—Félix.

—¿Sí?

—Cuando Celia me dijo "sí" al final de la visita, cuando susurró esa palabra después de dos años sin hablar...

—se le quebró la voz un instante— pensé en nuestro hijo.

En que, si algún día alguien le hiciera a él lo que le han hecho a Celia, si alguien le robara la voz, la capacidad de confiar en el mundo...

no sé qué haría. Pero sé que no podría soportarlo.

Lobo abrió los ojos y la miró. Alargó el brazo, le cogió la mano, y entrelazó sus dedos con los de ella.

—Nadie le va a hacer daño a nuestro hijo. Ni a él ni a ti. Mientras yo esté aquí.

—¿Y si no estás?

—Estaré. Siempre.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

Nora apretó su mano con fuerza. Fuera, una gaviota cruzó el cielo oscuro y su trazo se recortó contra las luces del monte Igueldo.

—Mañana llamamos a Lykaina —dijo Nora, recuperando ese tono suyo que mezclaba determinación y cansancio—. Y luego encontraremos al hombre que estuvo la noche que Rebeca murió asesinada.

Luna bostezó desde su rincón, un sonido largo que rompió la solemnidad del momento. Nora sonrió.

—Eso. Lo que ha dicho Luna.

Se quedaron así un rato más, con las manos entrelazadas y la bahía reflejando la luna frente a ellos. Dos investigadores que aprendían a ser padres. Dos personas que sabían que el mundo no siempre era justo, pero que se negaban a aceptar que no pudiera serlo.

Y en algún lugar de Mar de Bruma, una joven que había roto dos años de silencio con una sola palabra dormía por primera vez sin la luz encendida.