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Nora empujó la puerta de la sala con suavidad.
El viento de la tormenta golpeaba los ventanales, y la luz gris de la tarde proyectaba sombras alargadas sobre el suelo de madera.
Luna entró tras ella con paso silencioso, las orejas atentas, como si supiera que aquel momento exigía un cuidado especial.
Celia estaba donde siempre, con la mirada perdida en el mar agitado que rompía contra los acantilados allá abajo.
Pero esta vez, al oír la puerta, giró la cabeza, lo justo para ver quién entraba.
Y cuando reconoció a Nora y a Luna, algo en sus hombros se aflojó.
Un leve descenso, casi imperceptible, que decía más que cualquier saludo.
—Hola, Celia —murmuró Nora, sin acercarse demasiado.
Se sentó en el suelo, en el mismo sitio que la vez anterior, y apoyó la espalda contra la pared. La barriga le pesaba más cada día, y aquella postura no era cómoda, pero era la única que parecía funcionar con Celia. Sentarse a su altura. No invadir. Esperar.
Luna se tumbó a su lado, con el hocico hacia la chica del ventanal. Movió la cola una vez. Una invitación silenciosa.
Pasaron varios minutos en los que nadie se movió. Nora no habló. No tenía prisa. Había aprendido que con Celia el tiempo funcionaba diferente, que apresurar las cosas era el camino más rápido para perderla otra vez.
Fue Celia quien rompió la quietud. Se separó del ventanal con esos pasos lentos, cuidadosos, y caminó hacia donde estaban Nora y Luna. Se detuvo a un metro de ellas, dudó un instante, y luego se sentó en el suelo. Las piernas cruzadas, la espalda recta, las manos apoyadas en las rodillas .
Luna se incorporó muy despacio, arrastró el vientre por la madera, y se acercó hasta apoyar la cabeza sobre el muslo de Celia. La chica bajó la mano y le tocó las orejas. Esta vez no tembló.
Nora sintió que el corazón le latía más rápido, pero mantuvo la voz tranquila.
—Luna te ha echado de menos. ¿Sabes que cuando salimos de aquí la última vez, se pasó todo el camino mirando por la ventanilla del coche? Como si quisiera quedarse un rato más contigo.
Celia no respondió, pero acarició el lomo de Luna con un movimiento más amplio. Sus ojos seguían bajos, fijos en el pelaje claro de la perra.
—Yo también he pensado mucho en ti estos días —continuó Nora, dejando que las palabras salieran despacio—. Y la criatura también. Cada vez que se mueve, me acuerdo de cuando me tocaste la barriga el otro día. Fue como si ella supiera que tú estabas ahí.
La mano de Celia se detuvo un segundo sobre el lomo de Luna. Luego volvió a moverse, más despacio.
Nora respiró hondo. Sabía que tenía que ir con cuidado, que cualquier paso en falso podía hacer que Celia se cerrara otra vez. Pero también sabía que aquel momento era único, que no podía desperdiciarlo.
—Celia, quiero contarte algo. Hemos hablado con varias personas que conocían a tu hermana.
Personas que la querían. Personas que ahora se preguntan qué pasó aquella noche.
—Hizo una pausa—. Yo sé que tú estabas en la casa.
Sé que oíste cosas. Y sé que recordarlas duele tanto que prefieres no hacerlo.
Los dedos de Celia se tensaron sobre el pelaje de Luna.
—No quiero que recuerdes nada que no quieras recordar. Pero hay cosas pequeñas, cosas que tal vez puedas decirme sin tener que volver a aquella noche. Solo con un sí o un no. Con la cabeza. Sin necesidad de hablar. ¿Crees que podrías ?
Pasaron unos segundos largos. Celia no levantó la vista. Pero, muy despacio, asintió. Una sola vez. Apenas un movimiento de la cabeza.
Nora cerró los ojos un instante. Sintió las lágrimas presionar por dentro, pero las contuvo. No era el momento.
—Gracias, Celia. Gracias.
Luna gimió suavemente, como si entendiera la magnitud de lo que acababa de pasar. Celia siguió acariciándola, sin interrumpir el ritmo.
—Aquella noche, en la casa, ¿estaba sólo Rebeca contigo?
Celia se quedó muy quieta. Sus dedos dejaron de moverse. Durante varios segundos, Nora pensó que la había perdido, que había ido demasiado lejos demasiado rápido. Pero entonces Celia negó con la cabeza. Una vez. Despacio. Sin levantar la vista.
—No estabais solas —repitió Nora, para asegurarse.
Otro asentimiento. Más firme esta vez.
El corazón de Nora golpeaba contra sus costillas. Tenía que mantener la voz tranquila, no romper el hilo invisible que se había tendido entre las dos.
—¿Había alguien más en la casa?
Sí, Una ligera oscilación vertical de la cabeza.
—¿Era una persona que conocías?
Celia tardó más en responder. Sus manos volvieron a moverse sobre el lomo de Luna, pero el gesto era más mecánico, como si necesitara aferrarse a algo. Finalmente, asintió. Una sola vez.
—¿Era una mujer?
No. Negación clara.
—¿Era un hombre?
Sí. Otra vez la cabeza bajando despacio, deliberadamente .
Nora sintió que se le secaba la boca. Estaba pisando un terreno que llevaba dos años cubierto de silencio, y cada paso podía hundir todo el avance. Pero tenía que continuar. Tenía que saber.
—Celia, ¿conoces a ese hombre?
Nora se dio cuenta tarde de su error, pero ya estaba dicha. Celia levantó la vista por primera vez. Sus ojos gris verdoso encontraron los de Nora durante un par de segundos. Había algo allí, algo que quería salir, pero no encontraba el camino. Luego volvió a bajar la mirada hacia Luna.
Se levantó.
Nora contuvo la respiración, pensando que el momento se había roto. Pero Celia no se alejó hacia el ventanal. Caminó hacia la mesa donde descansaba el violín. Lo cogió con esa delicadeza ritual que ya conocían, lo encajó bajo el mentón, levantó el arco.
Y empezó a tocar.
Las primeras notas salieron lentas, casi vacilantes, como si Celia las buscara en algún lugar muy profundo. Luego el sonido fue cobrando fuerza. Una melodía descendente, repetitiva, que se enroscaba sobre sí misma como una espiral.
Nora no reconoció la pieza, pero sintió lo que Celia quería transmitir. Era miedo.
Las cuerdas vibraban con una intensidad que ponía la piel de gallina. Celia tenía los ojos cerrados, el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante, completamente entregada a aquel sonido que parecía salir no del violín sino de algún sitio más antiguo, más roto.
Luna se había puesto de pie. No ladraba, no gemía. Solo escuchaba, con las orejas erguidas y los ojos fijos en Celia.
La melodía subió hasta una nota aguda, sostenida, que pareció contener todo el aire de la sala. Y luego se detuvo. De golpe. Como si algo la hubiera cortado.
Celia bajó el violín .
Se quedó de pie, junto a la mesa, con el instrumento colgando de una mano y el arco de la otra. No miró a Nora. No miró a nadie. Tenía la respiración acelerada, como si hubiera corrido una larga distancia.
Nora se levantó del suelo con esfuerzo. Se acercó despacio, sin tocarla, sin invadir el espacio.
—Celia, ese hombre que estaba allí... ¿le hizo daño a Rebeca?
Pero algo había cambiado. Celia se había ido a otro sitio.
Sus ojos estaban fijos en un punto del suelo, vacíos.
Sus dedos se cerraron sobre el cuello del violín con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Empezó a balancearse muy levemente hacia adelante y hacia atrás.
Un movimiento rítmico, automático, defensivo.
El puente se había roto.
Nora no insistió. Sabía que presionar más sería un error. Se quedó a un metro de Celia, en silencio, dejando que la chica volviera a su sitio interior, a ese refugio donde nadie podía hacerle daño.
Luna se acercó a Celia y le tocó la pierna con el hocico. Un contacto leve, un recordatorio de que no estaba sola. Celia bajó la mano libre y la posó sobre la cabeza de la perra. Los dedos se relajaron. La respiración empezó a calmarse.
Nora retrocedió hacia la puerta sin darle la espalda.
—Celia, hemos avanzado muchísimo hoy. Más de lo que imaginas. Voy a venir a verte otra vez. Y Luna también. Cuando estés lista, seguiremos hablando. A tu ritmo. Sin prisa. ¿Vale?
No esperaba respuesta. No la necesitaba. Pero antes de salir, justo cuando iba a girar el pomo de la puerta, escuchó algo a su espalda.
Un sonido pequeño. Apenas un susurro.
—Sí .
Una sola palabra. Frágil, ronca, como si las cuerdas vocales hubieran olvidado cómo funcionar después de dos años de silencio.
Nora se quedó inmóvil. Quiso girarse, quiso correr hacia Celia, quiso abrazarla. Pero no lo hizo. Sabía que aquel sí era un regalo, y los regalos no se exigen. Se reciben con cuidado.
Asintió suavemente, sin volverse.
—Sí —repitió ella, en voz baja—. Hasta pronto, Celia.
Salió de la sala con el corazón a golpe de tambor en el pecho. En el pasillo blanco del anexo, se detuvo un momento, apoyó la mano en la pared y respiró hondo varias veces. Luna se sentó a sus pies.
Había avanzado más de lo que imaginaba.
Pero también sabía algo más, algo que le pesaba en el pecho como una piedra.
Aquella noche, en la casa de Arrea, había habido un hombre con Rebeca y con Celia.
Un hombre que Celia conocía.
Y la música que la chica había tocado no era miedo a un desconocido.
Era miedo a alguien que había estado muy cerca de ella.