32 #2
—¿Qué clase de cosas?
Morcillo se giró hacia ellos. Había algo roto en su mirada, algo que ya no intentaba ocultar.
—Que yo estuve allí la tarde anterior.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire como una confesión que nadie esperaba. Nora sintió que se le cortaba la respiración. Lobo apretó el bastón con más fuerza.
—¿Estaba dónde? —preguntó Nora.
—En la casa de Arrea. El día que Rebeca murió. Yo estuve allí.
El despacho se quedó en silencio absoluto. Solo se oía el tamborileo de la lluvia contra la ventana y el rumor lejano del mar golpeando contra los acantilados.
Morcillo se dejó caer en su silla como si las piernas no pudieran sostenerlo más. Tenía el rostro pálido, los ojos hundidos, la respiración entrecortada de quien acaba de confesar algo que llevaba años comiéndole por dentro.
—Estuve allí —repitió, como si necesitara confirmarse a sí mismo que había pronunciado esas palabras—.
No debería haber estado, pero estaba. Rebeca me había llamado por la tarde.
Estaba histérica, asustada, diciendo que necesitaba verme urgentemente.
Que había pasado algo, que tenía problemas que no sabía cómo resolver.
Yo le dije que no podía, que era arriesgado, que si alguien nos veía juntos...
Pero ella insistió. Me suplicó. Y yo... —se frotó la cara con las manos— yo no pude negarme.
Nora sintió que algo se enroscaba en su estómago. La pieza del puzzle que acababa de encajar no era la que esperaba, pero tenía una lógica terrible.
—¿A qué hora llegó? —preguntó Lobo .
—Sobre las diez. Aparqué en una calle lateral, lejos de la casa, y entré por la puerta de atrás. Rebeca me estaba esperando en la cocina. Tenía los ojos enrojecidos, como si hubiera estado llorando, y las manos le temblaban tanto que no podía encender un cigarrillo.
—¿Qué le contó?
—Que había gente buscándola. Gente peligrosa. Que le habían dado un plazo para pagar una deuda y que el plazo se había agotado. Que, si no conseguía el dinero esa misma semana, las cosas iban a ponerse muy feas para ella y para su hermana.
Lobo frunció el ceño.
—¿Mencionó a Celia?
—Dijo que habían amenazado con hacerle daño si ella no pagaba.
Que sabían dónde ensayaba, a qué horas salía del conservatorio, por dónde iba cuando volvía a casa.
Rebeca estaba aterrorizada. No por ella, sino por Celia.
Decía que podía aguantar lo que le hicieran a ella, pero que no podía permitir que tocaran a su hermana.
—¿Y usted qué hizo?
Morcillo levantó la vista hacia ellos. Había lágrimas contenidas en los bordes de sus ojos, pero no las dejó caer.
—Le dije que se calmara. Que buscáramos una solución. Que el dinero se podía conseguir, que había formas de salir de aquello sin que nadie resultara herido. Le prometí que la ayudaría, que encontraríamos la manera de pagar esa deuda.
—¿Y luego?
—Luego me fui. Le dije que no hiciera nada hasta que yo volviera, que no se pusiera en contacto con esa gente, que esperara a que yo tuviera un plan. La dejé en la cocina, tomándose una infusión que le había preparado para calmarla, y me fui por donde había venido.
Nora se inclinó hacia adelante .
—¿A qué hora se fue?
—Debían de ser las once y cuarto. Tal vez las once y media. No estuve más de una hora en la casa.
—¿Y Celia?
—Celia estaba arriba, en su habitación. La oí tocar el violín cuando entré, y seguía tocando cuando me fui. Ni siquiera sabía que yo estaba allí.
Lobo caminó hasta el escritorio y se plantó frente a Morcillo, lo suficientemente cerca para que el doctor pudiera ver cada detalle de su expresión.
—Doctor, ¿qué pasó después de que usted se fuera?
—No lo sé. —La voz de Morcillo se quebró—. Al día siguiente me enteré por las noticias de que Rebeca había aparecido muerta. De que habían encontrado su cuerpo en el salón de la casa. De que no había testigos, ni pistas, ni explicación. Y yo...
No pudo terminar la frase.
—Usted se calló —dijo Nora—. No dijo nada a la policía. Mantuvo su coartada falsa del congreso de Bilbao.
—¿Qué iba a decir? ¿Que había estado en casa de la víctima el día antes de que la mataran? ¿Que tenía una relación con ella que no debería haber tenido? ¿Que había estado allí por motivos que no podía explicar sin destruir mi carrera y mi matrimonio?
—Podía haber dicho la verdad.
—La verdad me habría convertido en el principal sospechoso.
Un hombre casado que mantenía una relación secreta con la víctima, que estaba en el lugar del crimen poco antes de que ocurriera el asesinato, que tenía motivos para querer silenciarla si ella amenazaba con contar lo nuestro.
¿Habría investigado la policía otras posibilidades?
¿O se habrían conformado con el sospechoso que tenían delante ?
El despacho se quedó en silencio. Fuera, la tormenta había arreciado y el viento hacía vibrar los cristales. Nora miró a Lobo y vio en sus ojos la misma pregunta que se hacía ella.
—Doctor —dijo Lobo al fin—, cuando se fue de la casa, ¿no vio a nadie más?
—A nadie.
—¿Nada que le llamara la atención?
Morcillo negó con la cabeza.
—Nada. Solo la música de Celia que seguía saliendo de la ventana del primer piso. El Adagio de Albinoni, como siempre. Era lo último que oí cuando me alejé de la casa.