Réquiem de silencio (Lobo y Delgado 5) 32
66%

32

La Kombi subió la carretera familiar hacia Jaizkibel bajo un cielo que amenazaba lluvia.

Las nubes cargadas se arrastraban sobre los pinos con esa pesadez que precede a las tormentas de marzo, y el aire que entraba por las rendijas olía a humedad y a sal.

Luna iba inquieta en el asiento trasero, gimiendo suavemente cada vez que el viento zarandeaba la furgoneta.

—¿Preparada? —preguntó Lobo cuando el portón del Instituto Mar de Bruma apareció tras la última curva.

—Más que preparada —respondió Nora—. Tengo ganas de ver la cara que pone cuando le digamos lo que sabemos.

Esta vez no esperaron en el portón. Las cámaras de seguridad debían de haberlos reconocido, porque el hierro negro empezó a abrirse antes de que pudieran pulsar el timbre. Avanzaron por el sendero de grava con una determinación que no habían tenido en visitas anteriores. Iban a por respuestas.

Marta Larrauri no apareció para recibirlos.

En su lugar, un auxiliar joven les abrió la puerta y los condujo directamente al anexo blanco, por los pasillos asépticos que ya conocían.

No hubo cortesías, no hubo esperas en salas intermedias.

Era como si todo el protocolo que habían mantenido en anteriores visitas hubiera sido barrido de un manotazo.

Morcillo los esperaba en su despacho, de pie junto a la ventana que daba al acantilado.

No se giró cuando entraron. Se mantuvo quieto, la mirada clavada sobre el mar gris que se extendía hasta perderse en el horizonte, con las manos cruzadas a la espalda y la bata blanca ondeando ligeramente con la corriente de aire que entraba por una rendija del cristal .

—Inspectores —saludó, sin volverse—. Veo que han vuelto.

—Hemos vuelto —confirmó Lobo, cerrando la puerta tras de sí.

—¿Y a qué debo el honor de esta visita tan repentina?

Nora se sentó en una de las butacas frente al escritorio y cruzó las piernas. Lobo permaneció de pie, apoyado en el bastón, ocupando espacio.

—A que hacemos nuestro trabajo —dijo Nora—. Y nuestro trabajo nos ha llevado a descubrir cosas interesantes.

Morcillo se giró entonces. Sus ojos azul claro los estudiaron con esa frialdad controlada que ya conocían, pero había algo diferente en su postura. Una rigidez en los hombros, una tensión en la mandíbula que no había estado allí en anteriores encuentros.

—¿Qué clase de cosas?

—Cosas sobre Rebeca Loza —dijo Lobo—. Cosas sobre usted. Cosas sobre relaciones que no nos había mencionado.

Morcillo caminó hacia su escritorio y se sentó, colocando las manos sobre la superficie de cristal con movimientos precisos, calculados. Los dedos no estaban completamente quietos.

—No sé a qué se refieren.

—Claro que lo sabe —dijo Nora—. Hemos hablado con Marta.

Con su Marta. Sabemos que cuando trabajaba en la consulta de Elena Zubieta trató a Rebeca como paciente.

Sabemos que usted y Elena tienen una relación que va más allá de lo profesional.

Y sabemos que usted ha estado mintiéndonos desde el primer día sobre su conexión con este caso.

La expresión de Morcillo no cambió, pero algo se movió detrás de sus ojos. Un cálculo rápido, una evaluación de daños, una búsqueda desesperada de alternativas .

—Mi relación con Marta es asunto nuestro. Dos adultos que han decidido compartir algo más que un lugar de trabajo. Eso no tiene nada que ver con Rebeca Loza ni con su investigación.

—¿No? —Lobo dio un paso hacia el escritorio—.

Porque resulta que la mujer con la que se acuesta fue la psicóloga de nuestra víctima.

Una víctima cuya hermana está ahora internada en la clínica donde usted trabaja.

Una víctima sobre cuya muerte usted ha mostrado un interés que va más allá de lo profesional.

Son demasiadas coincidencias, doctor. Demasiadas para ser casualidad.

Morcillo se recostó en su silla, intentando mantener esa serenidad que empezaba a resquebrajarse por los bordes.

—Las coincidencias existen. No todo en la vida responde a una conspiración.

—Tiene razón —dijo Nora—. Las coincidencias existen. Pero nosotros no creemos en ellas cuando son tantas y tan convenientes. Así que vamos a preguntárselo de otra forma, más directa. Doctor Morcillo, ¿conocía usted a Rebeca Loza antes de que su hermana ingresara en esta clínica?

Morcillo se llevó una mano al puente de la nariz y se frotó los ojos, como si de pronto le doliera la cabeza. Cuando volvió a mirarlos, algo había cambiado en su expresión.

—La conocía —admitió al fin, con una voz que sonaba cansada—. Pero no como paciente. No directamente.

—¿Cómo entonces?

—Marta me pidió una consulta. Tenía una paciente complicada, con un cuadro de autodestrucción y riesgo que se le escapaba de las manos.

Necesitaba una segunda opinión, alguien que la ayudara a enfocar el tratamiento.

Yo acepté supervisar el caso de forma oficiosa.

Como un favor. Como una ayuda entre colegas.

—¿Y ?

Morcillo se levantó y caminó hacia la ventana. Fuera, las nubes se habían oscurecido y las primeras gotas empezaban a golpear el cristal.

—Y cuando conocí a Rebeca, entendí por qué Marta necesitaba ayuda.

No era una paciente normal. Era... extraordinaria.

Brillante hasta el punto de resultar peligrosa.

Tenía una intensidad, una forma de estar presente que llenaba cualquier habitación.

Cuando hablaba, cuando miraba, cuando simplemente respiraba, era como si el aire a su alrededor se volviera más denso, más cargado.

Era imposible no fijarse en ella. Imposible no sentirse atraído hacia esa energía.

—¿Sentirse atraído? —preguntó Lobo—. ¿Eso es lenguaje clínico?

Morcillo se giró hacia él. Por primera vez desde que lo conocían, mostró algo vulnerable en sus ojos azules.

—No. No lo es. Y ese fue el problema. Que dejé de verla como profesional y empecé a verla como hombre.

Empecé a buscar excusas para estar presente en las sesiones con Marta.

A prolongar las conversaciones más de lo necesario.

A preguntarle cosas que no tenían que ver con su tratamiento sino con ella, con su vida, con lo que sentía.

—¿Y ella cómo reaccionó?

Una sonrisa triste cruzó por el rostro de Morcillo.

—Como reaccionaba siempre Rebeca cuando se daba cuenta de que había conquistado a otro hombre.

Se divirtió. Jugó conmigo. Me hizo sentir especial durante un tiempo, me hizo creer que lo que había entre nosotros era único, diferente.

Y luego, cuando se cansó, cuando le aburría el juego, me dejó colgado como a todos los demás.

Nora sintió que algo se movía en su estómago, pero no era el bebé. Era algo más parecido a la compasión, aunque no supiera bien por qué.

—¿Cuánto duró esa relación ?

—Unos meses. Desde el otoño hasta pocos días antes de su muerte.

Nos veíamos a veces después de las sesiones con Marta.

Quedábamos en sitios discretos, lejos del conservatorio, lejos de cualquiera que pudiera conocernos.

Yo sabía que jugaba con fuego. Sabía que, si alguien se enteraba, mi carrera estaría acabada.

Pero Rebeca tenía esa forma de hacerte sentir que el riesgo merecía la pena.

Que lo que vivías con ella era más real que todo lo demás.

Lobo se acercó al escritorio y se apoyó en el borde, obligando a Morcillo a mirarlo desde arriba.

—¿Le prestó dinero?

—¿Por qué iba a prestarle dinero?

—Porque tenía problemas con el juego. Porque debía cantidades importantes a gente peligrosa. Porque necesitaba ayuda y usted estaba enamorado de ella.

—No estaba enamorado. —La respuesta llegó demasiado rápida, demasiado defensiva—.

Era... fascinación. Atracción. Lo que siente cualquier hombre cuando se encuentra con una mujer como Rebeca.

Pero no amor. El amor requiere conocer a la otra persona de verdad, y Rebeca no dejaba que nadie la conociera de verdad.

Solo dejaba ver lo que le convenía mostrar en cada momento.

—Entonces, ¿nunca la ayudó económicamente?

—Nunca. Para mí, Rebeca era una estudiante de música con ciertos traumas emocionales que necesitaba terapia. Punto. Su situación económica no era algo que me incumbiera.

Nora intercambió una mirada con Lobo. Había algo en la forma en que Morcillo había respondido que no terminaba de encajar.

—Doctor, ¿dónde estaba usted la noche que Rebeca murió?

La pregunta cayó como una piedra en agua quieta. Morcillo se quedó inmóvil durante varios segundos, como si procesara la información .

—En Bilbao. En un congreso de psiquiatría. Hay documentación que lo acredita.

—¿Seguro?

—Completamente seguro.

Pero había algo en su voz que sugería lo contrario. Un temblor casi imperceptible, una duda que duraba una fracción de segundo demasiado.

—¿Y Marta? —preguntó Nora—. ¿Ella también estaba en ese congreso?

Morcillo tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó diferente. Más ronca, más cansada.

—Marta no vino al congreso. Se quedó en San Sebastián.

—¿Haciendo qué?

—No lo sé. No se lo pregunté.

Lobo se apartó del escritorio y caminó hacia la ventana. La lluvia había arreciado y ahora golpeaba el cristal con fuerza, creando regueros que se deslizaban hacia abajo como lágrimas.

—Doctor —dijo, sin girarse—, ¿sabe qué es lo que más me llama la atención de todo esto?

—¿Qué?

—Que usted ha montado todo un sistema para proteger a Celia.

Para mantenerla aislada, para controlar quién la ve, para asegurarse de que no hable con nadie que pueda alterarla.

Y, sin embargo, cuando nosotros aparecemos y empezamos a hacer preguntas sobre su hermana muerta, usted se pone nervioso. ¿Por qué, doctor? ¿De qué tiene miedo?

Morcillo no respondió inmediatamente. Se quedó mirando el agua que resbalaba por el cristal, como si buscara respuestas en el movimiento irregular de las gotas.

—Tengo miedo —dijo al fin, tan bajo que tuvieron que aguzar el oído para escucharlo— de que la verdad destruya todo lo que he construido. Mi carrera, mi matrimonio, mi vida. Tengo miedo de que se averigüen cosas que es mejor que no se sepan.