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Aiete amanecía con la serenidad limpia de marzo, esa que trae el Cantábrico cuando la ciudad todavía bostezaba y el aire olía a sal.
Casas señoriales escondidas tras setos altos, jardines cuidados con esmero, calles amplias donde el único ruido era el susurro de los coches caros que salían hacia el centro de la ciudad.
A diferencia del bullicio del Casco Viejo o del ambiente turístico de La Concha, aquí la quietud tenía algo de club privado.
La Kombi subió la cuesta despacio, mientras circulaba a ritmo relajado junto a verjas de hierro forjado que protegían propiedades cuyo valor Nora prefería no calcular.
Los jardines estaban llenos de magnolios en flor, camelias rojas sobre el verde intenso de los setos, y una hierba perfectamente cortada.
La casa de Ainhoa Etxeberria estaba al final de una calle sin salida, protegida por una valla baja de piedra blanca y un jardín donde los rosales ya empezaban a brotar.
Era una casa de los años treinta, con esa elegancia discreta de la arquitectura vasca de entreguerras, fachada clara, tejado de pizarra oscura, balcones pequeños con barandillas de hierro.
Lobo aparcó junto a la verja. Luna se bajó del coche y se dirigió directa hacia una mancha de sol que calentaba la acera, donde se tumbó con un suspiro de satisfacción.
Ainhoa debía de haberlos visto llegar, porque la puerta se abrió antes de que llamaran.
Llevaba un jersey de cachemira color crema y unos pantalones de pinza azul marino.
El pelo, suelto por primera vez desde que la conocían, le caía por los hombros en ondas grises que la hacían parecer más joven, menos formal. Tenía una taza de café en la mano.
—Buenos días. Pasad, por favor .
El interior de la casa olía a cera de abeja y a las flores que llenaban varios jarrones repartidos por el recibidor.
Los suelos eran de madera antigua, pulida hasta brillar, y las paredes estaban cubiertas de cuadros que parecían elegidos por alguien que entendía de arte.
Había fotografías familiares en marcos de plata sobre una cómoda, retratos de época donde se reconocía el aire de familia en los ojos claros y los pómulos marcados.
Ainhoa los condujo hasta un salón con grandes ventanales que daban al jardín trasero. Se sentaron en unos sillones de cuero marrón que habían sabido envejecer con dignidad, mientras ella les servía café en tazas de porcelana que tintineaban suavemente al posarse en los platillos.
—¿Cómo va la investigación? —preguntó, dejándose caer en el sillón frente a ellos—. En el concierto no tuvimos mucho tiempo para hablar.
—Avanzamos —dijo Nora—. Cada día sabemos un poco más sobre Rebeca. Sobre cómo era, cómo vivía, qué la preocupaba en sus últimos meses.
Ainhoa asintió, pero había algo en su expresión que sugería que no estaba segura de querer escuchar lo que iban a contarle.
—¿Sabías que Rebeca tenía problemas con el juego? —preguntó Lobo sin rodeos.
El rostro de Ainhoa se ensombreció ligeramente. Dejó la taza sobre la mesita de cristal y se recostó en el sillón, cruzando las manos sobre el regazo.
—Sospechaba que algo pasaba. En los últimos tiempos, Rebeca había cambiado.
Estaba más nerviosa, más reservada. Cuando le preguntaba qué le pasaba, me decía que todo estaba bien, que solo era estrés del conservatorio, de la presión de los conciertos.
Pero yo la conocía desde niña. No era estrés profesional lo que la tenía así .
—¿Le prestaste dinero alguna vez?
Ainhoa suspiró, un sonido que parecía venir de muy adentro.
—Varias veces. Pequeñas cantidades, eso sí. Quinientos euros aquí, mil allá. Me decía que era para ropa, para material de estudios, para pequeños gastos que no quería pedirle al abogado porque le daba vergüenza. Yo no hacía preguntas. Ahora me doy cuenta de que debería haber preguntado más.
—¿Cuánto le prestaste en total? —preguntó Nora.
—No lo sé exactamente. Nunca llevé la cuenta porque nunca pensé que fuera importante. Quizá cinco mil euros en los dos últimos años. Tal vez algo más. Siempre me prometía devolverlo, pero yo nunca se lo exigí. Era mi sobrina. Era lo único que me quedaba de mi hermana.
Lobo intercambió una mirada con Nora.
—Ainhoa, tenemos información de que Rebeca debía mucho dinero antes de morir. Mucho más de lo que tú le prestaste.
—¿Cuánto?
—Casi doscientos mil euros.
El color abandonó el rostro de Ainhoa como si alguien hubiera cerrado un grifo. La taza que tenía en las manos tintineó suavemente cuando la dejó sobre el platillo, y Nora vio que le temblaban ligeramente los dedos.
—¿Doscientos mil? —repitió, como si las palabras no tuvieran sentido—. Eso es imposible.
—No salió de un banco —aclaró Lobo—. Ese dinero vino de un prestamista. Gente que presta rápido y cobra caro.
Ainhoa se llevó una mano a la frente, como si le hubiera empezado a doler la cabeza de repente.
—No entiendo nada. ¿Estáis seguros de esa cifra? ¿Es posible que sea un error ?
—Es posible, pero no probable. Nuestra fuente es fiable. Y hay otro detalle: esa deuda se canceló pocos días antes de morir. Como si alguien la hubiera pagado de golpe
Ainhoa se quedó en silencio durante un momento largo, mirando por la ventana hacia el jardín donde los rosales se mecían suavemente con la brisa matutina. Cuando volvió a hablar, su voz sonaba más frágil.
—Si Rebeca debía esa cantidad, alguien que tuviera acceso tanto al dinero como a ella tuvo que intervenir para cancelar esa deuda.
Alguien que la conociera bien, que supiera de su problema con el juego, que estuviera dispuesto a arriesgarse por ella.
—Hizo una pausa—. Pero no se me ocurre quién podría ser.
—¿Santisteban? —preguntó Nora.
Ainhoa negó inmediatamente con la cabeza.
—No, no. Álvaro no haría algo así a mis espaldas.
Álvaro y yo hemos trabajado juntos durante años.
Desde que Rebeca y Celia eran menores de edad, él gestionaba sus bienes bajo mi supervisión.
Era una tutela compartida: yo tomaba las decisiones relacionadas con su bienestar, su educación, su día a día, y él se encargaba de los aspectos legales y económicos.
Todo bajo control judicial, por supuesto.
Cuando cumplieron la mayoría de edad, esa tutela se extinguió y ellas recuperaron el control total de su patrimonio.
Pero Álvaro siguió siendo nuestro abogado de confianza.
Si hubiera prestado esa cantidad a Rebeca, me lo habría dicho.
Siempre me consulta las decisiones importantes que afectan a la familia.
Es así como trabajamos. Siempre lo ha sido.
—¿Estás segura? —insistió Lobo—. Doscientos mil euros es una cantidad que no se presta sin garantías. Sin documentación. Sin que alguien supervise la operación.
—Estoy completamente segura. Álvaro es un hombre de mi confianza .
Nora dejó su taza sobre la mesa y se inclinó hacia adelante.
—Entonces, si no fuiste tú y no fue Santisteban, ¿quién más tenía acceso tanto a Rebeca como a esa cantidad de dinero?
Ainhoa se frotó las manos, un gesto nervioso que contrastaba con la serenidad que había mostrado hasta entonces.
—No lo sé. Honestamente, no lo sé. El círculo de Rebeca no era muy amplio. Sus compañeros del conservatorio, algunos profesores, los hombres con los que salía....
—¿Y fuera del conservatorio? ¿Conocía a gente de otros ambientes? ¿Empresarios, gente mayor, con recursos?
Ainhoa frunció el ceño, como si estuviera haciendo memoria.
—Rebeca era muy sociable, pero su mundo giraba en torno a la música.
Iba a conciertos, a eventos del mundo cultural, a cenas con otros músicos.
No recuerdo que me hablara nunca de conocer a gente de negocios.
—Hizo una pausa—. Aunque, ahora que lo pienso, en los últimos meses mencionaba a veces que había conocido a alguien interesante.
Nunca me dio detalles, pero tenía esa forma de sonreír cuando lo decía.
Una sonrisa que yo conocía bien. La misma que ponía cuando había un hombre nuevo en su vida.
Lobo y Nora intercambiaron una mirada.
—¿Te dijo algo más sobre esa persona?
—Solo que era alguien importante en su vida.
Rebeca siempre se sentía atraída por los hombres que tenían poder, que controlaban situaciones, que podían abrir puertas.
Decía que le gustaba sentirse protegida por alguien más fuerte que ella.
—Ainhoa hizo una mueca de tristeza—. Ironías de la vida, ¿verdad?
El silencio se extendió por el salón, interrumpido solo por el tic-tac de un reloj de péndulo que colgaba de la pared.