Réquiem de silencio (Lobo y Delgado 5) 30
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Se quedaron así un rato, abrazados en el sofá, con la bahía que se extendía como una lámina oscura hasta el horizonte.

Luna se había acercado desde su rincón y los observaba con atención, pero sin intervenir, como si fuera consciente de la importancia del momento.

Finalmente, Nora se separó y se recostó contra el respaldo del sofá. Tenía todavía los ojos brillantes.

—Bueno —dijo, volviendo a ese tono suyo que mezclaba ironía y determinación—. Ahora que hemos terminado con el melodrama, ¿podemos volver al trabajo? Porque tenemos un caso que resolver y una niña que salvar.

Lobo esbozó esa media sonrisa que le conocía tan bien.

—¿Por dónde empezamos?

—Por ordenar lo que sabemos. —Nora se incorporó y cruzó de nuevo las piernas bajo el cuerpo—.

Rebeca debía doscientos mil euros a Koldo.

Koldo vendió esa deuda a un grupo de Madrid por ciento cincuenta mil.

Los de Madrid fueron a cobrarle a Rebeca, pero alguien pagó por ella. Debemos encontrar a esos prestamistas.

Lobo se frotó la mandíbula, pensativo.

—No va a ser fácil. Esa gente no aparece en Google ni en redes sociales.

—Pero sí dejan rastros digitales. —Nora sonrió.

—Lykaina.

—La mejor hacker que conocemos. Si alguien puede seguir el rastro de una transacción de casis doscientos mil euros entre criminales, es ella.

Lobo asintió despacio.

Luna bostezó desde el suelo, un sonido que rompió la tensión del momento. Nora la miró con cariño .

—Le voy a preparar un correo, ya verás como no tarda ni cinco minutos en responder.

—¿Y luego?

—Luego esperamos. Y mientras esperamos, seguimos con Celia. Con el repertorista, con Marta, con Unai, con Ainhoa. La lista no es despreciable.

Lobo se levantó y recogió la taza vacía de la mesita. Nora lo observó mientras se movía por el salón, ese andar suyo tan peculiar. Lo vio dejar la taza en la cocina, ordenar los papeles que habían dejado esparcidos sobre la mesa del comedor, comprobar que la puerta estaba cerrada con llave.

—Ven aquí —le dijo, palmeando el cojín a su lado.

Él obedeció y se sentó cerca de ella. Nora se acurrucó contra su costado, encajando la cabeza en el hueco de su hombro. Era una postura que habían adoptado cientos de veces, pero que con la barriga de por medio ya empezaba a ser incómoda. Aun así, ninguno de los dos se movió.

—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? —murmuró Nora contra su pecho.

—¿Qué?

—Que por primera vez en la vida tengo algo que perder que me da más miedo perder que mi propia vida.

Antes, yo pensaba en mí. En si me harían daño, en si saldría viva.

Ahora pienso en esto. —Se llevó la mano al vientre—.

En si esta criatura va a llegar bien, en si voy a poder protegerla, en si vamos a ser capaces de darle un mundo que merezca la pena.

—Lo seremos.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

Lobo tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó más ronca de lo habitual .

—Porque te conozco. Porque sé cómo eres cuando algo te importa de verdad. Te conviertes en una fuerza de la naturaleza. Y esta criatura va a tener la madre más feroz que se pueda imaginar.

Nora sonrió contra su pecho.

—¿Y tú?

—Yo voy a intentar no echarla a perder.

—No digas eso. Vas a ser un padre increíble. Cascarrabias, maniático con la limpieza y obsesivo con la seguridad, pero increíble.

Luna se levantó de su rincón y se acercó al sofá. Acercó el hocico a su dueña y Nora no pudo reprimir darle un sonoro beso. El rostro de Félix se quedó inicialmente petrificado. Luego el semblante se transformó en una mezcla de sorpresa y rechazo. Nora sonrió.

—Los gérmenes nos hacen más fuertes.

Luna ladró y se tumbó a sus pies, con un suspiro largo que parecía resumir toda la tranquilidad del momento.

—Mañana llamamos a Lykaina —dijo Nora, ya con los ojos cerrados.

Fuera, el mar rompía contra las rocas con esa paciencia infinita que tienen las cosas que no necesitan respuestas.

Y dentro del apartamento, dos investigadores que estaban aprendiendo a ser algo más que investigadores se quedaron dormidos abrazados en el sofá, mientras una vida nueva crecía entre los dos y una ciudad entera guardaba secretos que ellos, tarde o temprano, iban a destapar.