29
El apartamento de La Concha respiraba en silencio. Solo se escuchaba el rumor lejano del mar y, más cerca, el tic-tac del reloj de pared que Nora había empezado a odiar porque le marcaba las horas de insomnio. Eran las once y media de la noche, pero ninguno de los dos tenía sueño.
Lobo estaba de pie junto al ventanal, con una taza de infusión entre las manos, mirando las luces de la Isla de Santa Clara que parpadeaban sobre el agua negra.
Llevaba unos pantalones de pijama azul marino y una camiseta gris que se ajustaba a su torso delgado.
Descalzo, sin el bastón apoyado a su lado.
Nora ocupaba el sofá, con las piernas dobladas bajo el cuerpo y un cojín abrazado contra el pecho.
Se había quitado la ropa de la cita con Amara y llevaba un pijama de algodón que ya empezaba a quedarle estrecho en la zona del vientre.
El pelo, recogido en un moño descuidado, dejaba escapar mechones que le caían sobre la cara cuando se inclinaba hacia delante.
—¿Sabes lo que me da más miedo? —dijo ella, rompiendo el silencio.
Lobo no se giró, pero su reflejo en el cristal mostró que estaba escuchando.
—No saber si vamos a ser buenos en esto.
En lo de ser padres. Tú y yo, nos preocupamos solo de nuestro trabajo, de nuestros casos.
Nunca hemos tenido que pensar en otra persona que dependiera completamente de nosotros.
Y ahora, de repente, va a haber alguien que no va a poder valerse por sí mismo durante años.
Años, Félix. Alguien que va a necesitar que hagamos las cosas bien desde el primer día, porque cualquier error que cometamos puede marcarle para siempre .
Lobo se apartó de la ventana y se sentó en el otro extremo del sofá. Dejó la taza sobre la mesita de cristal y se frotó la cara con las manos, un gesto que delataba el cansancio que no había mostrado durante todo el día.
—Yo también tengo miedo —admitió—. Miedo de no saber qué hacer cuando llore por la noche y nosotros no sepamos por qué.
Miedo de no ser lo bastante paciente, lo bastante cariñoso, lo bastante presente.
He pasado tantos años construyéndome desde la soledad que no sé si voy a saber construir desde la familia.
Nora lo miró. Había algo en la forma en que Lobo se expresaba cuando estaban solos que siempre la sorprendía. Las frases largas, reflexivas, llenas de matices que nunca mostraba delante de otros. Era como si guardara una versión de sí mismo que solo ella podía ver.
—¿Y si no somos lo que necesita? —preguntó ella—. ¿Y si somos demasiado mayores, o demasiado fríos, o demasiado raros? ¿Y si el trabajo que hacemos, los sitios a los que vamos, las cosas que vemos no son compatibles con criar a un niño?
—Entonces aprenderemos. Como se aprende todo. Poco a poco.
—¿Y si no tenemos tiempo para aprenderlo? ¿Y si pasa algo? A mí, al bebé, a los dos. Ya no soy una niña, Félix. Tengo cuarenta años. Los embarazos a mi edad tienen riesgos que no tienen a los veinte.
Lobo alargó una mano y la posó sobre el vientre de Nora, sobre ese bulto pequeño pero inconfundible donde otra vida crecía despacio. El calor de su palma atravesó la tela del pijama y ella sintió que algo se relajaba en su interior.
—Todo va a ir bien —dijo él, con esa seguridad que no sabía de dónde sacaba—. Tú eres la mujer más fuerte que conozco. Y esta criatura va a salir con la misma fuerza. Y con la misma cabezonería, probablemente.
Nora soltó una risa breve.
—Dios nos libre. Ya me imagino tratando de educar a un bebé con el carácter de su madre y la testarudez de su padre.
—Será un desastre hermoso.
Se quedaron así un rato, la mano de Lobo sobre la barriga de Nora, los dos con la mirada hacia el ventanal donde la noche de San Sebastián se extendía como un manto negro salpicado de luces. El silencio era cálido, envolvente, lleno de todo lo que no hacía falta decir.
Pero Nora tenía otra cosa en la cabeza. Algo que no la había abandonado desde que habían dejado a Amara en el paseo.
—Félix.
—¿Sí?
—¿Te gusta Amara?
La pregunta permaneció en el aire como una bomba de efecto retardado. Lobo retiró la mano del vientre de Nora y se recostó en el sofá.
—¿A qué viene esa pregunta?
—A que se te van los ojos cuando la miras. A que cuando se ha movido hoy hacia la barandilla, te he visto fijarte en sus curvas como si fueras un adolescente. A que cuando se ha despedido de ti con esos besos y esos abrazos, te has puesto colorado como un tomate.
—Nora...
—No, déjame terminar —Se giró hacia él, y abrazó más fuerte el cojín—.
No me enfado porque mires. Me enfado porque me doy cuenta de lo que yo ya no tengo.
Amara es más joven, guapa, tiene un cuerpo que quita el sentido y una seguridad en sí misma que yo perdí no sé cuándo.
Y yo... yo tengo cuarenta años, barriga de embarazada, estrías que salen de la nada, y una forma de andar que cada día se parece más a la de un pato mareado.
Lobo la miró entonces. De verdad. Con esa atención completa que le daba cuando algo le importaba de verdad.
—¿Crees que me importa eso?
—No sé lo que te importa. Solo sé que cuando miras a Amara, tus ojos brillan de una forma que conmigo no brillan.
Y no te culpo, ¿eh? Yo también me miro al espejo y pienso que la mujer que se enamoró de ti ya no está.
Que se la ha comido esta versión todavía más gorda, cansada y llena de miedos que no reconozco.
Lobo se levantó del sofá y caminó hacia ella. Se arrodilló en el suelo, frente a Nora, y le tomó las manos entre las suyas.
—Mírame —dijo.
Ella levantó la vista hacia él, y por primera vez en semanas, Lobo vio en sus ojos esa vulnerabilidad que tan bien sabía esconder detrás de la ironía y el sarcasmo.
—Amara es una mujer atractiva —dijo—. Y sí, me he fijado en ella.
Sería mentira decir lo contrario. Pero cuando la miro a ella veo a una mujer guapa.
Cuando te miro a ti veo a la mujer que quiero.
A la madre de mi hijo. A la persona que ha decidido compartir conmigo algo tan grande y tan aterrador que todavía no sé si estoy a la altura.
Y eso, Nora, eso no tiene comparación posible.
Los ojos de Nora se llenaron de lágrimas. No las dejó caer, pero estaban ahí, temblando en el borde, esperando.
—¿Y cuando me ponga como una vaca? ¿Y cuando no pueda correr detrás de un sospechoso? ¿Y cuando esté de mal humor todo el día porque me duele la espalda y no puedo comer nada de lo que me apetece?
—Cuando te pongas como una vaca, te seguiré queriendo. Cuando no puedas correr, yo tampoco podré por mi cojera. Y cuando estés de mal humor, me aguantaré como me aguanto siempre. Porque eso es lo que hace la gente que se quiere. Aguantarse. Incluso cuando es difícil.
Nora soltó el cojín y se echó hacia adelante.
Lo abrazó con una fuerza que casi le corta la respiración.
Olía a champú de manzanilla y a esa crema hidratante que se ponía todas las noches y que él había aprendido a asociar con el final del día, con la calma, con la certeza de que todo estaba bien mientras ellos estuvieran juntos.
—Te quiero, mi niño —susurró contra su oreja—. Aunque seas un poco borde y limpies los cubiertos como si fueran instrumentos quirúrgicos.