Réquiem de silencio (Lobo y Delgado 5) 28
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La carretera que bajaba de Jaizkibel se desplegaba en curvas amplias entre prados verdes salpicados de caseríos blancos y tejados rojos.

A la derecha, el Cantábrico se extendía hasta perderse en el horizonte bajo el cielo gris de la tarde.

A la izquierda, las laderas se suavizaban gradualmente hasta convertirse en las colinas que custodiaban San Sebastián.

Era uno de esos trayectos que invitaban a bajar la ventanilla y respirar hondo, pero Nora llevaba el cristal subido y la mirada fija en algún punto indefinido del paisaje.

—¿En qué piensas? —preguntó Lobo sin apartar la vista de la carretera.

—En Celia. En cómo ha cambiado en pocos días. Tocó mi barriga. Hoy ha sonreído a Luna y ha tarareado una nana. Es como si... no sé, como si estuviera despertando poco a poco.

—O como si hubiera encontrado algo en lo que confiar.

—¿En nosotros?

Lobo negó con la cabeza.

—En Luna. En la criatura. En cosas que no forman parte del mundo que la hizo daño.

Luna levantó la cabeza en el asiento trasero, como si hubiera oído su nombre. Nora se giró hacia ella y le acarició el hocico ante la mirada hostil de Félix.

—Ha sido increíble ver cómo se acercaba a ti, bonita. Sin miedo. Como si supiera que podía fiarse.

—Los animales no juzgan —dijo Lobo—. No preguntan. No exigen explicaciones. Para alguien como Celia, eso debe de ser un alivio enorme —y le ofreció una toallita para limpiarse las manos.

La Kombi enfiló la última recta antes de llegar a la ciudad. Las primeras casas aparecieron a ambos lados de la carretera, chalets con jardines cuidados y vallas de madera blanca. San Sebastián crecía a su alrededor

—¿Qué te ha parecido Morcillo? —preguntó Nora—. Cuando os he visto en el pasillo, parecía tenso.

—Más que tenso, estaba alerta.

—¿Te ha dicho algo sobre Marta?

—Que seguía indispuesta. Que probablemente no volvería hasta la próxima semana. —Lobo hizo una pausa—. Pero ha sido la forma en que lo ha dicho. Sin mirarme a los ojos.

Llegaron al Paseo de la Concha cuando el sol empezaba a hundirse detrás del monte Igueldo.

La bahía se curvaba frente a ellos como una sonrisa perfecta, con la arena pálida que brillaba bajo la luz dorada de la tarde.

Unos pocos paseantes caminaban por la orilla, siluetas oscuras recortadas contra el agua que reflejaba los últimos rayos del día.

Amara ya estaba esperando en el banco que habían acordado, cerca de los Jardines de Alderdi Eder.

Llevaba una chaqueta de cuero negro sobre una camiseta blanca, vaqueros oscuros y las trenzas doradas recogidas en un moño alto.

Tenía el móvil en la mano y la vista perdida en la pantalla, pero cuando vio la Kombi acercarse lo guardó y se levantó.

Lobo aparcó en una de las plazas frente al paseo. Luna bajó del coche y se dirigió directa hacia Amara, que la recibió con una sonrisa y unas caricias detrás de las orejas.

—Hola, preciosa —murmuró, con esa voz grave que la había hecho reconocible en las redes—. ¿Qué tal el día?

Se sentaron en el banco, Amara en el centro, Nora a su izquierda, Lobo a su derecha. Luna se tumbó en la hierba, a sus pies, con el hocico apuntando hacia la playa.

—¿Cómo ha ido en la clínica? —preguntó Amara sin preámbulos .

—Mejor de lo que esperábamos —dijo Nora—. Celia está empezando a responder. Ha tarareado una canción, ha sonreído a Luna, incluso ha emitido algún sonido. Son cosas pequeñas, pero para alguien que llevaba dos años completamente cerrada...

—Es enorme —completó Amara—. ¿Y Morcillo?

—Nervioso.

Amara asintió despacio, jugueteando con uno de los aros que llevaba en las orejas.

—Eso tiene sentido. Si Celia empieza a comunicarse, tarde o temprano alguien le va a preguntar qué pasó aquella noche. Y hay gente que no quiere que esa pregunta tenga respuesta.

—¿Como Koldo? —preguntó Lobo.

Amara soltó una risa breve.

—Koldo es lo de menos. Koldo ya no forma parte de esta historia.

Nora frunció el ceño.

—¿A qué te refieres?

Un grupo de turistas pasó por delante del banco. Hablaban en inglés y se hacían selfies con caras sonrientes y la bahía de fondo. Amara esperó a que se alejaran antes de continuar.

—Koldo me dijo que sí, que Rebeca le debía doscientos mil euros. Pero que esa deuda no existía cuando ella murió.

—¿Cómo que no existía?

—Porque la había vendido. Unos días antes del asesinato, tal vez una semana, Koldo vendió la deuda de Rebeca a otros. Un grupo de Madrid, según me dijo. Gente más seria que él. Más peligrosa.

Lobo se inclinó hacia adelante.

—¿Por qué la vendió?

—Por varios motivos. El primero, porque Rebeca se había vuelto problemática.

Ya no era solo una clienta que tenía mala racha.

Era alguien que estaba metida en líos gordos, que tenía enemigos, que atraía problemas.

Koldo no quería que esos problemas acabaran salpicándole a él.

El segundo motivo era que había empezado a sospechar que Rebeca no iba a poder pagar nunca.

Que su situación era insostenible y que tarde o temprano todo iba a explotar. Así que decidió cortar por lo sano.

—¿Por cuánto la vendió? —preguntó Nora.

—Por ciento cincuenta mil. Para él era mejor perder cincuenta mil que arriesgarse a perder una cantidad mayor, más los intereses, más los problemas que pudieran venir después.

El sol había desaparecido completamente detrás de Igueldo. Las farolas del paseo empezaron a encenderse, proyectando charcos de luz amarilla sobre las baldosas. Una brisa suave llegaba desde la playa, cargada de sal y de olor a algas.

—¿Y sabes quién compró la deuda? —preguntó Lobo.

Amara negó con la cabeza.

—Koldo no me dio nombres. Solo me dijo que era gente de Madrid, que tenían formas de cobrarse que él prefería no conocer. Pero me dijo algo más. Algo que me ha tenido todo el día con el estómago revuelto.

Nora y Lobo la miraron expectantes.

—Me dijo que después de vender la deuda, cuando Rebeca apareció muerta, él recibió una llamada.

De los de Madrid. Querían saber si él tenía algo que ver con lo que había pasado, si conocía al asesino, si sabía algo que pudiera comprometerlos.

Koldo les juró que no, que él ya no tenía nada que ver con Rebeca desde el momento en que vendió la deuda.

Y al parecer le creyeron, porque no ha vuelto a saber de ellos.

—¿Pero? —preguntó Nora, porque había algo en el tono de Amara que sugería que la historia no terminaba ahí.

—Pero antes de colgar, uno de ellos le dijo algo que lo dejó helado. Le dijo que era una pena que Rebeca hubiera muerto después de pagar, porque parecía que iba a ser un buen cliente. Y que, si hubieran sabido que alguien iba a matarla, habrían actuado antes.

El silencio que siguió fue pesado. Luna levantó la cabeza, atenta a los cambios de tensión en las voces humanas.

Lobo habló con voz pausada.

—¿Crees que esa gente tuvo algo que ver con la muerte de Rebeca?

—No lo sé. Koldo tampoco lo sabe.

Nora se llevó una mano al vientre, un gesto que se había vuelto automático cuando procesaba información inquietante.

—Entonces Rebeca sabía que había gente peligrosa detrás de ella. Eso explica el miedo que todo el mundo describe en sus últimos días.

—Explica muchas cosas —confirmó Amara—. El pánico, la sensación de estar atrapada, la idea de huir y empezar de nuevo en otro sitio. Si sabes que hay gente que te busca para cobrarse una deuda de doscientos mil euros con intereses, y que esa gente no acepta excusas...

—Haces todo lo posible por pagar —completó Lobo.

Amara lo miró.

—O por encontrar a alguien que pague por ti.

Las tres palabras flotaron en el aire mientras el último rastro de luz desaparecía del horizonte. Las luces de los hoteles del paseo se reflejaban en el agua oscura de la bahía, dibujando líneas doradas que se rompían con cada ola.

Amara se levantó del banco y caminó unos pasos hacia la barandilla que separaba el paseo de la playa.

El movimiento fue fluido, natural, pero la chaqueta de cuero se ajustó a su cuerpo marcando las curvas de las caderas y el contorno de la espalda.

Lobo siguió el movimiento con la mirada un segundo más de lo necesario, y cuando se dio cuenta de lo que hacía, apartó la vista hacia la bahía.

Pero Nora lo había pillado. Una sonrisa apenas perceptible se dibujó en sus labios.

El viento le movía a Amara las trenzas doradas, que brillaban bajo las farolas como hilos de metal.

—Hay algo más —dijo, sin girarse—. Algo que Koldo me dijo al final de la conversación, cuando ya pensaba que habíamos terminado.

Nora y Lobo intercambiaron una mirada.

—¿Qué?

Amara se giró hacia ellos. Había algo en su expresión que no habían visto antes. No era solo determinación. Era rabia.

—Me dijo que una semana después de la muerte de Rebeca, recibió otra llamada. Alguien que quería saber si él había vendido la deuda, a quién se la había vendido, si había algún papel que lo demostrara. Alguien que parecía muy interesado en hacer desaparecer cualquier rastro de esa transacción.

Las farolas ya habían tomado el protagonismo de la noche.

Amara se acercó primero a Nora, le dio dos besos en las mejillas y después se dirigió a Lobo.

Pero en lugar del apretón de manos formal que él esperaba, Amara le plantó un beso sonoro en cada mejilla y luego le apretó los brazos con las manos

—Cuidad de esa niña —dijo, en referencia a Celia—. Y cuidaos vosotros también.

La cercanía, el roce de su perfume, la presión de sus manos en los brazos, todo ello pilló a Lobo desprevenido. La tez pálida se le tiñó de un rojo suave que le subía desde el cuello hasta las mejillas. Murmuró algo ininteligible que podría haber sido "gracias" o "hasta luego", y dio un paso atrás.

Amara echó a andar hacia el centro, con las trenzas al ritmo de sus caderas. Su figura se fue difuminando bajo las farolas hasta desaparecer en la boca de una calle lateral .

Lobo evitó mirar a Nora mientras caminaban hacia la Kombi.

—Ni una palabra —murmuró.

—¿Yo? —dijo Nora, con una inocencia fingida—. Si yo no he dicho nada, mi niño. Pero vaya, que la senegalesa sí que sabe despedirse.

Lobo abrió la puerta del coche con más fuerza de la necesaria. Luna saltó al asiento trasero, ajena a las tensiones humanas. La sonrisa de Nora se torció al poco de arrancar.