Réquiem de silencio (Lobo y Delgado 5) 27
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La tarde había caído sobre Jaizkibel con esa quietud densa que precede a las tormentas de marzo.

La Kombi subió la carretera serpenteante entre pinos que se inclinaban bajo el peso de la bruma.

El doctor Unai Morcillo apareció en el umbral con su bata blanca impecable, la camisa perfectamente planchada y el pelo peinado hacia atrás.

Pero había algo diferente en él. Su sonrisa cortés de siempre seguía ahí, pero no llegaba a los ojos.

Y su postura, normalmente relajada, tenía una rigidez sutil que delataba tensión contenida.

—Señor Lobo. Señorita Delgado.

Tras un intercambio rápido de saludos, el doctor continuó con la mirada fija en Nora.

—El contacto que inició con usted fue inesperado. Estoy ansioso por ver si se repite o si fue un episodio aislado.

—¿Dónde está Marta? —preguntó Lobo.

—La señora Larrauri no se encuentra bien hoy. Un problema personal que la ha obligado a ausentarse. Yo mismo me haré cargo de supervisar la visita.

—No será necesario —dijo Nora—. Si no le importa, preferiríamos que la visita fuera menos formal que la anterior. Celia se sintió más cómoda cuando no había tantos ojos mirándola.

—Entiendo su punto de vista, pero debo insistir en estar presente. Por el bien de la paciente.

Luna se acercó a la puerta, olisqueando el aire que salía del interior de la clínica. Morcillo bajó la mirada hacia ella y algo en su expresión cambió.

—Veo que han traído al animal .

—Su nombre es Luna —dijo Lobo—. Y el otro día demostró ser más útil para conectar con Celia que cualquier protocolo médico.

Morcillo no respondió a la púa. Simplemente se hizo a un lado y los dejó entrar.

—Celia está en la sala de música —dijo el doctor, echando a andar por el pasillo—. Como todas las tardes a esta hora. Es parte de su rutina.

Avanzaron por la galería acristalada que conectaba la villa con el anexo blanco. Cuando llegaron a la sala de música, Morcillo se detuvo frente a la puerta de cristal esmerilado.

—Está dentro —dijo, con una voz que seguía siendo cortés pero que había perdido cualquier rastro de calidez—. Pueden pasar. Pero yo permaneceré en el pasillo.

—Por supuesto —dijo Nora—. No esperábamos menos.

Morcillo abrió la puerta.

Celia estaba en la misma posición que la vez anterior: de pie junto al ventanal, inmóvil, con la mirada perdida en el mar gris que se extendía hasta el horizonte. El violín descansaba sobre la mesa, junto al arco, perfectamente alineados como si los hubiera colocado con regla y compás.

Nora se sentó en el suelo, cerca del centro de la sala, donde Celia pudiera verla pero sin invadir demasiado el espacio. Luna se tumbó a su lado y apoyó la cabeza en las patas, pero con los ojos fijos en la figura inmóvil junto a la ventana.

Durante varios minutos no pasó nada. Nora no habló, no se movió, no hizo nada que pudiera alterar el delicado equilibrio de la habitación. Solo esperó, la respiración despacio, para dejar que Celia se acostumbrara a su presencia.

Y entonces, muy lentamente, Celia giró la cabeza.

No del todo. Solo lo suficiente para ver a Nora y a Luna con el rabillo del ojo. Fue un movimiento mínimo, casi imperceptible. Luna levantó la cabeza. Sus ojos se encontraron con los de Celia durante una fracción de segundo. No hubo rechazo. Solo reconocimiento.

Celia dio un paso lateral. Pequeño, vacilante, pero hacia ellas.

Nora contuvo la respiración.

—Está bien —murmuró, sin saber si hablaba con Celia o con Luna—. Todo está bien.

Celia dio otro paso. Esta vez más firme.

Se detuvo a menos de un metro de donde estaban sentadas, lo suficientemente cerca para que Nora pudiera ver las venas azuladas bajo su piel pálida, el temblor casi imperceptible de sus labios, la forma en que sus dedos se movían como si tocaran teclas invisibles.

Luna no se movió. Siguió tumbada, pero su cola se movió una vez. Un gesto mínimo, una invitación silenciosa.

Y Celia respondió.

Se dejó caer al suelo muy despacio, primero en cuclillas, luego sentada con las piernas cruzadas. Mantenía la distancia, pero parecía aceptar la proximidad. Sus ojos se habían clavado en Luna, fascinados por algo que Nora no podía ver pero que intuía.

Luna se incorporó con cuidado y se acercó a Celia. Arrastraba el vientre por el suelo, sin ponerse en pie para no resultar amenazante. Se detuvo cuando su hocico estuvo a pocos centímetros.

Celia levantó la mano. Muy despacio. Temblorosa. Y tocó la cabeza de Luna entre las orejas.

El contacto duró apenas un segundo, pero fue suficiente. Luna cerró los ojos, complacida, y emitió un gemido suave, casi un ronroneo.

Y entonces Celia hizo algo que ninguno de ellos esperaba.

Sonrió.

Un destello que apareció y desapareció tan rápido que casi pareció un tic. Pero Nora lo vio. Y supo que algo había cambiado .

—Hola, Celia —susurró Nora, muy bajo—. Me alegro de verte otra vez.

Celia la miró directamente a los ojos. El contacto duró apenas tres segundos, pero para alguien que había pasado tanto tiempo evitando las miradas, era infinito.

Luego, muy despacio, Celia abrió la boca.

—Mmm —fue el sonido que salió. Apenas audible, más aire que voz, pero real.

Nora sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

En el pasillo, Lobo también había oído el sonido. Morcillo se había puesto rígido, como si ese simple gemido fuera una amenaza personal.

—Es extraordinario —murmuró el doctor—. En dos años nunca había...

—Porque nunca había tenido un motivo —cortó Lobo—. Hasta ahora.

Morcillo lo miró con esos ojos azules que parecían atravesar.

—Escuche, hay cosas sobre este caso que usted no entiende. Cosas que es mejor que no entienda.

—¿Amenazas, doctor?

—Advertencias.

El aire entre los dos se espesó. Pero antes de que pudiera escalarse, otro sonido vino de la sala.

Celia había empezado a tararear.

No era una melodía completa. Solo unos compases fragmentados, rotos, como si los recordara a medias. Pero era música. Era su voz, aunque no fueran palabras.

Y en esa música, Nora reconoció algo. Una nana. Antigua, dulce, como las que se cantan a los niños para que no tengan miedo .

La mano grande de Rebeca le acaricia la frente. Es de noche. Celia tiene doce años y no puede dormir porque los truenos hacen que tiemble la casa entera. Pero Rebeca está ahí. Siempre está ahí.

—No te preocupes, bichito. Solo es ruido. El ruido no puede hacerte daño.

—¿Y si entra?

—No va a entrar. Yo estoy aquí. Mientras yo esté aquí, nada va a hacerte daño.

Rebeca canta en voz baja. La misma nana que les cantaba su madre cuando eran muy pequeñas. Una canción de cuna en euskera que Celia no entiende pero que la tranquiliza porque viene de la voz de su hermana, y la voz de su hermana es lo único en el mundo que nunca miente.

—¿Siempre vas a estar aquí?

—Siempre.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo, bichito. Pase lo que pase. Yo siempre voy a estar aquí para cuidarte.

Los truenos siguen sonando afuera, pero Celia ya no les tiene miedo. Porque Rebeca la abraza fuerte, muy fuerte, y porque su voz canta esa canción que es como un hilo dorado que la ata al mundo seguro.

Al mundo donde las hermanas mayores no desaparecen.

Al mundo donde las promesas no se rompen.

Al mundo que existió antes de que todo se volviera silencio.

El tarareo de Celia se apagó tan suavemente como había empezado. Se quedó allí sentada, con Luna a su lado, con Nora frente a ella, con la memoria de una nana antigua que flotaba en el aire como un fantasma cálido .

Y por primera vez en dos años, no se sintió completamente sola.

Morcillo, desde la puerta, observaba la escena con el rostro pétreo.

Pero sus manos, cruzadas a la espalda, temblaban ligeramente.