26
La mañana llegó con una luz pálida que no terminaba de decidirse entre el invierno y la primavera.
Hernani despertaba despacio, con el rumor de persianas que se levantaban y el olor a café que salía de los bares del centro.
Un par de ancianos caminaban por la acera con bolsas de pan bajo el brazo, y un perro solitario olisqueaba las esquinas en busca de rastros de la noche anterior.
La Kombi aparcó en el mismo sitio, frente al edificio de ladrillo rojo. Lobo apagó el motor pero no se movió. Nora lo miró de reojo.
—¿Crees que estará?
—Estará.
—¿Y crees que hablará?
Lobo no respondió de inmediato. Sus ojos estaban fijos en la ventana del segundo piso, donde las persianas ya estaban subidas.
Bajaron del coche. Luna se quedó dentro, con la ventanilla entreabierta y ese gesto resignado de quien sabe que esta vez tampoco le toca.
Cruzaron la calle y entraron en el portal y subieron.
Llamaron al timbre.
La puerta se abrió casi de inmediato.
La mujer que apareció en el umbral no era la misma que los había recibido veinticuatro horas antes.
La blusa de seda había sido sustituida por un jersey gris demasiado grande.
El moño perfecto era ahora una coleta descuidada con mechones que se escapaban por los lados.
Y los ojos, esos ojos que ayer habían brillado con suavidad, ahora estaban apagados, con ojeras que el maquillaje no se había molestado en disimular.
—Pasen —dijo, sin sonreír.
Marta les indicó las butacas y ella se sentó al otro lado del escritorio, igual que el día anterior. Pero esta vez no cruzó las manos sobre la superficie. Las dejó caer a los lados, inertes, como si no supiera qué hacer con ellas.
—¿Café? —preguntó.
—No, gracias —dijo Nora.
Marta asintió. No parecía sorprendida.
—Rebeca Loza —empezó, con una voz que sonaba ensayada, como si hubiera pasado la noche repitiendo las mismas frases—.
Era una paciente ocasional. La atendí en varias sesiones cuando Elena no estaba disponible.
Presentaba un cuadro clásico de conducta autodestructiva, búsqueda de emociones fuertes, incapacidad para establecer vínculos estables, tendencia al riesgo como forma de sentirse viva.
Lobo la escuchaba sin moverse, apoyado en el bastón junto a la ventana. Nora, sentada en la butaca, observaba cada gesto de Marta. La forma en que evitaba el contacto visual, el leve temblor en la comisura de los labios, los dedos que se retorcían el borde del jersey.
—¿Y el juego? —preguntó Nora—. ¿Te habló de sus problemas con las apuestas?
—Sí. Era uno de los temas recurrentes. Rebeca jugaba para sentir, no para ganar. El dinero no le importaba. Lo que le importaba era la adrenalina, la sensación de estar al borde del abismo.
—¿Y los hombres?
Marta hizo una pausa casi imperceptible.
—También. Rebeca tenía relaciones intensas pero breves. Usaba a la gente para llenar un vacío que nunca se llenaba. Cuando alguien dejaba de interesarle, lo descartaba sin mirar atrás.
Era información útil, pero superficial. El tipo de análisis que cualquier psicólogo podría hacer después de leer un expediente.
—Marta —dijo Lobo, con esa voz grave—, ¿de qué tenía miedo Rebeca ?
El cuerpo de Marta se contrajo un milímetro.
—No sé a qué te refieres.
—Los días antes de morir, Rebeca estaba asustada. Varias personas nos lo han confirmado. Y tú la veías en sesiones de urgencia, fuera de horario. Eso significa que algo la presionaba. Algo que no podía esperar a la próxima cita regular.
Marta bajó la mirada hacia sus manos. Los dedos habían dejado de retorcer el jersey y ahora estaban completamente quietos.
—No sé nada de eso.
Lobo dio un paso hacia el escritorio para ocupar espacio, reducir la distancia, hacer que su presencia fuera imposible de ignorar.
—Marta, ayer te vimos.
Ella levantó la vista. Por primera vez desde que habían entrado, lo miró directamente a los ojos.
—¿Qué visteis?
—El coche que te dejó aquí. El BMW gris. Y al hombre que lo conducía.
El color abandonó el rostro de Marta como si alguien hubiera abierto un grifo.
—También vimos el beso —continuó Lobo—. En los labios. No fue un beso de colegas.
Marta se quedó inmóvil. Sus ojos se movieron rápidamente hacia la ventana, hacia la puerta, hacia cualquier sitio que no fueran las caras de los dos investigadores que tenía delante.
—No sé de qué habláis.
—El BMW gris —dijo Nora—. El doctor Morcillo al volante. Tú bajándote del coche y despidiéndote de él con un beso que no dejaba lugar a dudas. Lo vimos, Marta. No tiene sentido que lo niegues .
Marta apretó los labios hasta que formaron una línea fina y pálida.
—Unai y yo somos compañeros. Amigos. A veces me acerca a la consulta porque le pilla de camino. Eso es todo.
—¿Y el beso?
—Un gesto de cariño. Nada más.
—Un gesto de cariño en los labios —repitió Lobo—. Entre una empleada y su jefe casado.
—Mi vida personal no tiene nada que ver con Rebeca Loza. —La voz de Marta había subido un tono, adquiriendo un filo defensivo—. Habéis venido a hablar de una paciente que traté hace años, no a interrogarme sobre con quién me acuesto.
—Tienes razón —dijo Nora, cambiando el tono—. No hemos venido a juzgarte. Ni por Morcillo ni por nada. Lo que hagas con tu vida es asunto tuyo.
Marta la miró con desconfianza.
—Pero el problema —continuó Nora— es que todo está conectado.
Morcillo dirige la clínica donde está internada Celia.
Tú trabajas allí y además trataste a Rebeca antes de que muriera.
Y ahora resulta que tenéis una relación.
Son demasiadas coincidencias, Marta. Demasiados hilos que se cruzan en el mismo punto.
—Eso no significa nada.
—Quizá no. Pero hace que nos preguntemos qué más hay que no nos quieres contar.
Marta no respondió. Lobo dio un paso hacia ella. Lo suficiente para que su presencia se sintiera.
—¿Te llamó anoche? —preguntó—. ¿Después de que nos fuéramos?
Marta parpadeó.
—No sé a qué te refieres .
—Creo que sí lo sabes. Creo que le contaste que habíamos estado aquí, y creo que él te llamó para decirte que tuvieras cuidado con lo que nos contabas.
—Eso es ridículo.
—¿Lo es?
Marta no respondió. Nora se levantó de la butaca y caminó hacia ella.
—Marta, sé lo que es guardar secretos. Sé lo que es proteger a alguien aunque te haga daño.
Marta la miraba con los ojos muy abiertos.
—Lo que no sé —continuó Nora— es cuánto tiempo puedes aguantar así. Porque los secretos pesan, Marta. Y cuanto más tiempo los llevas encima, más te hunden. Hasta que un día ya no puedes respirar.
El silencio que siguió fue diferente a los anteriores. Marta se dejó caer en la silla detrás del escritorio. Las lágrimas que había estado conteniendo empezaron a rodar por sus mejillas, silenciosas, sin sollozos.
—Sí —dijo al fin, con voz rota—. Anoche hablé con Unai.
Lobo y Nora esperaron sin decir nada.
—Me dijo que tuviera cuidado con lo que contaba. Que había cosas que era mejor no remover. Que si hablaba de más, las consecuencias serían graves. Para mí y para él.
Nora se inclinó hacia adelante.
—¿Te amenazó?
—Unai nunca amenaza directamente. Pero sabe cómo hacerte sentir que no tienes otra opción. Llevo dos años así, ¿sabéis? Dos años guardando secretos que no son míos. Dos años fingiendo que no sé lo que sé. Y estoy agotada .
Se le quebró la voz en la última palabra. Una lágrima cayó por su mejilla y ella la limpió con el dorso de la mano. Nora le habló con una voz suave.
—Marta, escúchame. No somos tus enemigos.
No hemos venido a destruirte ni a arruinar tu carrera.
Hemos venido porque una mujer fue asesinada y su hermana lleva dos años encerrada en una clínica, incapaz de contar lo que vio.
Y tú tienes información que podría ayudarnos a entender qué pasó.
Puedes protegerle, puedes guardar los secretos de Morcillo, pero eso no va a hacer que desaparezcan.
Solo va a hacer que te hundan cuando por fin salgan a la luz. Y saldrán, Marta. Siempre salen.
Marta la miró. Había algo diferente en sus ojos ahora.
—Si hablo —dijo, con voz ronca—, si os cuento lo que sé, ¿podéis prometerme que no diréis que fui yo quien os lo contó?
—Haremos todo lo que esté en nuestra mano —dijo Lobo.
—Eso no es una promesa.
—No. Pero es la verdad. Y la verdad es lo único que tenemos.
Marta respiró hondo. Una vez. Dos veces.
—Unai conocía a Rebeca —dijo al fin—. Antes de que Celia ingresara en la clínica. Antes de que yo empezara a trabajar en Mar de Bruma. Antes de todo.
Lobo sintió que algo se movía en su pecho. Una pieza del puzzle inesperada que encajaba en un lugar que no esperaba.
—¿Cómo la conocía?
—No como paciente. —Marta hizo una pausa larga—. La conocía de otra forma. Una forma que él siempre intentó ocultar.
Nora y Lobo intercambiaron una mirada.
—¿Qué forma? —preguntó Nora.
Marta se levantó de la silla y caminó hacia la ventana. Fuera, el sol de la mañana empezaba a calentar las calles de Hernani, pero dentro de la consulta el aire seguía frío .
Se giró hacia ellos. Tenía el rostro pálido, los labios apretados, las manos temblorosas.
—Unai y Rebeca fueron amantes —dijo—. Antes de que ella muriera. Antes de que nadie supiera quién era el doctor Morcillo. Fueron amantes durante casi un año.
El silencio que siguió fue absoluto. Marta los miró a los dos, con esa expresión de quien acaba de soltar una bomba y espera a ver qué queda en pie.
—Y eso no es todo —añadió, bajando la voz—. La noche que Rebeca murió, Unai estaba en San Sebastián. No en Bilbao, como declaró a la policía. Estaba aquí.