26
Lobo apagó el motor de la Kombi y abrió la puerta antes de que Nora pudiera decir nada.
La gabardina gris le caía recta sobre el cuerpo, largo y muy delgado.
Bajó apoyándose en su bastón de cabeza de águila y, al dar el primer paso, se le notó una ligera cojera.
Luna levantó la cabeza en el asiento trasero, pero él le hizo un gesto para que se quedara.
—Vamos —dijo.
Cruzaron la calle y entraron en el portal del edificio de ladrillo rojo.
El ascensor era viejo, con una puerta de hierro que chirriaba al abrirse y un espejo manchado en el que Nora pudo ver su propio reflejo, el pelo algo revuelto, el vestido arrugado por el par de horas sentada en la furgoneta, la barriga que asomaba bajo la chaqueta.
No era exactamente la imagen de una profesional intimidante, pero a esas alturas le daba igual.
Subieron al segundo piso. La puerta de la consulta estaba al fondo del pasillo, con la placa que Lobo había descrito: M. Larrauri. Psicología Clínica. Cita previa.
Félix llamó al timbre.
Durante unos segundos no pasó nada. Luego se oyeron pasos al otro lado, tacones sobre suelo de madera, y la puerta se abrió.
Marta Larrauri apareció en el umbral con una sonrisa que se congeló en cuanto los vio.
Llevaba una blusa de seda color crema y unos pendientes que brillaban suavemente bajo la luz del pasillo.
Tenía las mejillas ligeramente sonrosadas y algo en su expresión, una suavidad en los ojos, un brillo que no le habían visto antes.
Pero esa expresión duró apenas un segundo. En cuanto reconoció a Félix y a Nora, la sonrisa desapareció y fue sustituida por una máscara de profesionalidad cautelosa .
—Inspectores —dijo, aunque sabía que no lo eran—. No esperaba verles aquí. ¿Cómo han encontrado esta dirección?
—Tenemos nuestros métodos —respondió Lobo, sin moverse del umbral—. ¿Podemos pasar?
Marta dudó. Sus ojos se movieron rápidamente hacia el pasillo, hacia las escaleras, como si calculara si había alguien más que pudiera verlos. Luego dio un paso atrás y abrió la puerta del todo.
—Pasen. Pero tengo pacientes en media hora, así que no dispongo de mucho tiempo.
La consulta era pequeña pero acogedora. Paredes pintadas en un tono verde suave, estanterías con libros de psicología y algunas plantas que parecían cuidadas con esmero.
Había un escritorio junto a la ventana y dos butacas frente a él, dispuestas para las sesiones de terapia.
Olía a algo floral, quizá un ambientador, quizá el perfume que Marta se había puesto esa mañana.
Marta les indicó las butacas y ella se sentó al otro lado del escritorio, con las manos cruzadas sobre la superficie.
—¿En qué puedo ayudarles?
Lobo no se sentó. Se quedó de pie junto a la ventana, apoyado en el bastón, con esa quietud suya que siempre ponía nerviosa a la gente. Nora sí se sentó, dejándose caer en la butaca con un suspiro.
—Vamos a ir directos al grano, Marta —dijo Lobo, usando su nombre de pila deliberadamente—. ¿Habías tratado antes a Rebeca Loza?
La pausa se alargó unos segundos de más. Marta no se movió, pero algo cambió en su rostro, una tensión casi imperceptible.
—No sé a qué se refieren.
—Creo que sí lo sabes. Rebeca Loza fue paciente tuya cuando trabajabas en la consulta de Elena Zubieta. Antes de que te fueras a Mar de Bruma. Antes de que su hermana acabara internada en la clínica donde ahora trabajas .
Marta abrió la boca para responder, pero Nora se adelantó.
—Hemos hablado con Elena. Nos lo ha confirmado. Así que puedes ahorrarte la negación y pasar directamente a la parte donde nos explicas por qué no nos dijiste nada cuando fuimos a la clínica.
Otro silencio. Más largo esta vez. Marta bajó la mirada hacia sus manos, que seguían cruzadas sobre el escritorio pero que ahora mostraban los nudillos ligeramente blancos por la presión.
—No era mi paciente habitual —dijo al fin, con voz más baja—. Yo solo la atendí en algunas ocasiones, cuando Rebeca pedía una sesión de urgencia fuera de horario. No era una relación terapéutica continuada, era más bien un apoyo puntual.
—Pero la conocías —dijo Lobo—. Sabías quién era. Sabías que tenía problemas. Y cuando aparecimos en Mar de Bruma preguntando por ella, no dijiste ni una palabra.
Marta levantó la vista. Sus ojos, que en el umbral habían brillado con esa suavidad, ahora estaban apagados, cautelosos.
—Tuve miedo —admitió—. Pensé que, si decía algo, si admitía que la había tratado, me convertirían en sospechosa. O peor, que se pondría en duda mi profesionalidad, mi ética. He trabajado muy duro para llegar donde estoy. No quería que se destruyera todo lo que he construido.
—¿Así que preferiste mentir? —preguntó Nora.
—No mentí. Simplemente no dije toda la verdad.
—Eso es lo mismo, Marta. En nuestra profesión, y en la tuya, omitir información relevante es exactamente igual que mentir. Y tú lo sabes mejor que nadie.
Marta se frotó las manos. Luego se levantó y caminó hacia la ventana, dándoles la espalda. Fuera, el sol de la tarde proyectaba sombras largas sobre los tejados de Hernani.
—Rebeca era una mujer complicada —dijo, sin girarse—.
Brillante, carismática, capaz de iluminar una habitación con su presencia.
Pero también era autodestructiva de una forma que yo nunca había visto antes.
Buscaba el riesgo como otros buscan la seguridad.
El juego, los hombres, las situaciones límite, todo eso era combustible para ella.
Como si la vida normal no le bastara para sentirse viva.
—Eso ya lo sabemos —dijo Lobo—. Lo que queremos saber es qué te contó en las sesiones. Qué la preocupaba. De qué tenía miedo.
Marta se giró hacia ellos. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho.
—Eso es información confidencial. El secreto profesional no desaparece porque el paciente haya muerto. Tengo obligaciones éticas que cumplir, y no voy a romperlas solo porque ustedes me presionen.
Nora se levantó de la butaca con un esfuerzo que la barriga hacía cada día más difícil. Caminó hacia Marta y se detuvo a menos de un metro de ella, lo suficientemente cerca para que sus palabras tuvieran peso.
—Marta, escúchame bien. Rebeca Loza está muerta.
Asesinada. Su hermana pequeña lleva dos años encerrada en una clínica, muda, incapaz de contar lo que vio aquella noche.
Y tú tienes información que podría ayudarnos a entender qué pasó.
Puedes esconderte detrás del secreto profesional todo lo que quieras, pero ambas sabemos que hay excepciones.
Cuando hay indicios de un delito grave, cuando la información puede evitar que se cometa una injusticia, el secreto profesional tiene límites.
Y este caso, te guste o no, está más allá de esos límites.
Marta se quedó quieta y tragó saliva. Había algo en sus ojos que no era solo miedo. Era culpa. La culpa de quien sabe más de lo que ha dicho y lleva demasiado tiempo cargando con ese peso .
—Si hablo de esto —dijo al fin, con voz casi inaudible—, quiero garantías. Quiero saber que mi nombre no aparecerá en ningún informe, que nadie sabrá que fui yo quien les dio esta información. Mi carrera, mi vida... todo depende de eso.
—No podemos prometerte nada —dijo Lobo—. Pero podemos asegurarte que nuestro objetivo no es destruirte. Nuestro objetivo es encontrar la verdad. Y si tú nos ayudas a encontrarla, haremos todo lo posible por protegerte.
Marta cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, había tomado una decisión.
—Está bien —dijo—. Les contaré lo que sé sobre Rebeca Loza.
El sol terminó de esconderse tras los tejados y la consulta se quedó en penumbra. Marta caminó hacia su escritorio y encendió una lámpara. La luz amarillenta le iluminó el rostro, marcando las ojeras que el maquillaje no conseguía ocultar del todo.
—Pero no aquí —añadió—. Y no ahora. Tengo pacientes que atender y necesito tiempo para ordenar mis pensamientos. Mañana. Les contaré todo lo que recuerdo de Rebeca.
Nora iba a protestar, pero Lobo levantó una mano.
—Mañana —aceptó—. A las nueve.
Marta asintió.
—A las nueve.
Se dirigieron hacia la puerta. Nora salió primero, pero Lobo se detuvo en el umbral y se giró hacia Marta.
—Una última cosa —dijo—. ¿Rebeca te habló alguna vez de un hombre? Alguien que le prestaba dinero. Alguien de quien tenía miedo.
Marta palideció. Fue sutil, apenas perceptible, pero Lobo lo vio. Y supo que había tocado algo .
—Mañana —repitió ella, con voz tensa—. Se lo contaré todo mañana.
La puerta se cerró tras ellos.
Bajaron las escaleras en silencio. Cuando salieron al aire frío de la noche, Nora respiró hondo y se giró hacia Lobo.
—¿Crees que hablará de verdad?
Lobo miró hacia la ventana del segundo piso, donde la luz de la consulta seguía encendida.
—Creo que lleva dos años queriendo hablar. Y que esta noche no va a dormir.
Nora asintió despacio.
—Mañana, entonces.
—Mañana.
Caminaron hacia la Kombi, donde Luna los esperaba con el hocico pegado al cristal.
El pueblo de Hernani se había quedado en silencio, con las farolas proyectando charcos de luz sobre las aceras vacías.
Y en algún lugar, en una consulta del segundo piso, Marta Larrauri se quedó sola con sus secretos.