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Hernani quedaba a quince minutos de San Sebastián por la autopista, pero parecía otro mundo. Un pueblo tranquilo de casas bajas, con un casco antiguo que olía a piedra y a sidra recién escanciada.
La Kombi estaba estacionada en una bocacalle estrecha, frente a un edificio de tres plantas con fachada de ladrillo rojo y balcones de hierro forjado.
En la planta baja había un local de prensa cerrado por la tarde.
En el primer piso, según el buzón que Lobo había revisado esa mañana, una academia de inglés.
Y en el segundo, una placa discreta junto al timbre: M.
Larrauri. Psicología Clínica. Cita previa.
Tres días a la semana. Martes, jueves y viernes. Además de su trabajo en Mar de Bruma.
Lobo había tardado poco en encontrar esa información. Marta Larrauri no había dejado de ejercer cuando se fue de la consulta de Elena Zubieta. Simplemente había cambiado de escenario y había bajado el perfil. Una consulta pequeña, sin publicidad, sin página web, sin rastro digital.
Nora removió el café con leche que había comprado en una cafetería del centro antes de aparcar. Estaba tibio y sabía a máquina, pero era mejor que nada. Luna dormitaba en el asiento trasero, con el hocico apoyado en las patas delanteras.
—¿Cuánto tiempo llevamos aquí? —preguntó Nora, mirando el reloj del salpicadero.
—Cuarenta minutos.
—Cuarenta minutos mirando una puerta cerrada. Qué emocionante es esto de ser detective privado .
Lobo no respondió. Tenía la vista fija en el portal del edificio, las manos quietas sobre el volante, la expresión concentrada de quien está pensando en varias cosas a la vez.
Nora dio otro sorbo al café y arrugó la nariz.
—¿Sabes lo que me jode de todo esto? Que Marta nos miró a la cara el primer día que fuimos a Mar de Bruma.
Nos acompañó por los pasillos, nos presentó a Morcillo, nos dio su sonrisita de hielo.
Y en ningún momento mencionó que había tratado a Rebeca como paciente.
Ni una palabra. Como si no tuviera nada que ver con el caso.
—Porque no quería que lo supiéramos.
—Eso está claro. La pregunta es por qué.
Lobo se quedó callado un momento. Luego habló, despacio, como si estuviera ordenando las ideas mientras las pronunciaba.
—Hay varias posibilidades. La primera es que simplemente quiera proteger su reputación profesional.
Una psicóloga que trató a una mujer que acabó asesinada no es exactamente el mejor currículum para trabajar en una clínica de salud mental.
La segunda es que sepa algo sobre Rebeca que no quiere que salga a la luz.
Algo que la incrimine a ella o a alguien cercano.
Nora se quedó pensativa, mirando el edificio de ladrillo rojo.
—Menudo lío. Cada vez que tiramos de un hilo, aparecen tres más.
—Así son los casos que merecen la pena.
Nora sonrió a medias.
—Mira que eres borde, ¿eh? Cualquier otro diría algo reconfortante, del tipo "ya queda poco" o "estamos cerca de la verdad". Tú no. Tú dices que el lío es lo que hace que merezca la pena.
—Es la verdad.
—Ya lo sé. Por eso me jode .
Se quedaron en silencio un rato. El sol de la tarde empezaba a bajar sobre los tejados de Hernani y teñía las fachadas de un naranja suave.
Una mujer pasó con un carrito de la compra, las ruedas por la acera.
Un grupo de adolescentes cruzó la calle riendo, con las mochilas medio abierta colgadas de los hombros.
El pueblo seguía su ritmo, ajeno a los dos desconocidos que vigilaban desde una furgoneta aparcada.
Nora se llevó la mano al vientre, un gesto que se había vuelto automático en las últimas semanas.
—¿Cómo está la criatura? —preguntó Lobo sin apartar la vista del portal.
—Moviéndose. Creo que no le gusta el café descafeinado de máquina.
—A nadie le gusta el café de máquina.
—Pues entonces podías haberme dejado entrar en esa cafetería del centro a tomarme uno de verdad, en lugar de obligarme a comprarlo para llevar.
—No teníamos tiempo. Marta podía llegar en cualquier momento.
—Lleva cuarenta minutos sin llegar.
—Cuarenta y tres.
Nora puso los ojos en blanco.
—Lo que tú digas, mi niño.
Luna levantó la cabeza en el asiento trasero, las orejas atentas. Un segundo después, Lobo también se tensó.
Un coche acababa de doblar la esquina.
Era un BMW Serie 3, gris oscuro, con los cristales ligeramente tintados. Avanzó despacio por la calle y se detuvo frente al portal del edificio de ladrillo rojo. El motor siguió encendido, ronroneando suavemente.
Nora se inclinó hacia adelante, entrecerrando los ojos .
—¿Es ella?
—Espera.
La puerta del copiloto se abrió. Una mujer bajó del coche con movimientos rápidos y seguros. Pelo recogido en un moño, chaqueta gris, bolso de cuero al hombro. Marta Larrauri.
Pero antes de cerrar la puerta, se giró hacia el conductor.
Lo que pasó a continuación duró apenas dos segundos. Marta se inclinó hacia el interior del coche, apoyando una mano en el marco de la puerta. El conductor se inclinó hacia ella. Sus labios se encontraron en un beso breve pero inequívoco.
Luego cerró la puerta y el coche arrancó.
Pasó junto a la Kombi sin detenerse. Durante una fracción de segundo, Lobo vio el rostro del conductor a través del parabrisas.
Mandíbula marcada. Ojos azul claro. Pelo castaño peinado hacia atrás.
El parecido con Leonardo DiCaprio era inconfundible.
El doctor Unai Morcillo.
La Kombi se quedó en silencio mientras el BMW desaparecía al final de la calle. Marta ya había entrado en el portal y la puerta se había cerrado tras ella.
Nora fue la primera en hablar.
—Joder.
Lobo no dijo nada. Pero sus manos apretaron el volante con más fuerza de la habitual.
—Morcillo y Marta —continuó Nora, procesando lo que acababa de ver—. El psiquiatra jefe de la clínica y la administradora que resulta que también era la psicóloga de Rebeca. Juntos. Liados. Sea lo que sea que eso signifique.
—Significa que hay una conexión que ninguno de los dos mencionó .
—Ahora sabemos algo que ellos no saben que sabemos. Y eso nos da ventaja.
—¿Y luego?
—Luego tiramos del hilo. Hasta que se rompa o hasta que encontremos lo que hay al otro lado.
Nora miró por la ventanilla, pensativa.
—Félix.
—¿Sí?
—Si Morcillo y Marta están juntos, y Marta trató a Rebeca, y Morcillo ahora trata a Celia... ¿cuántas casualidades son demasiadas casualidades?