Réquiem de silencio (Lobo y Delgado 5) 24
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Llegó a Pasaia San Pedro cuando el sol ya se había escondido detrás del monte Jaizkibel.

El pueblo era distinto a este lado de la bahía, más estrecho, más cerrado, más auténtico.

Las calles bajaban hacia el agua en cuestas empinadas, flanqueadas por casas de pescadores con fachadas desconchadas y ropa tendida en los balcones.

Olía a salitre, a red mojada y a algún guiso que salía de una ventana abierta.

No había turistas aquí. No había terrazas con toldos de colores ni tiendas de souvenirs.

Solo vecinos que volvían del trabajo, ancianos sentados en las puertas, niños que jugaban al fútbol en un callejón con una pelota medio desinflada.

El tipo de lugar donde los forasteros no pasaban desapercibidos.

Amara caminó despacio, con las manos en los bolsillos de la chaqueta vaquera, intentando parecer alguien que pasea sin rumbo. Pero sus ojos registraban cada detalle, los coches aparcados en las esquinas, los bares con las persianas a medio bajar, las ventanas iluminadas de los pisos superiores.

Lo encontró al final de una calle que moría en el muelle.

El bar no tenía nombre visible. Solo un letrero de neón apagado que alguna vez había dicho algo y ahora era solo un tubo de cristal sucio.

La fachada era gris, con una puerta de madera oscura y una ventana pequeña cubierta por una cortina amarillenta.

Parecía cerrado. Pero había luz dentro, una luz tenue que se filtraba por los bordes de la cortina.

Y en la acera, aparcado con las ruedas tocando el bordillo, un Audi A6 negro.

Amara sintió un escalofrío que le bajó por la espalda. El mismo escalofrío que sentía cuando cruzaba una frontera que no debía cruzar .

Pero había llegado hasta aquí. Y no iba a dar media vuelta.

Se acercó a la puerta y empujó. Estaba abierta.

El interior era más grande de lo que parecía desde fuera.

Una barra de madera oscura ocupaba un lateral, con botellas alineadas en estantes y un espejo manchado detrás.

Había cuatro o cinco mesas con sillas de plástico, todas vacías.

La luz venía de unas lámparas colgantes que proyectaban círculos amarillentos sobre el suelo de baldosas gastadas.

Olía a café quemado y a algo más, algo que Amara no supo identificar pero que le recordó a las salas de espera de los hospitales.

Detrás de la barra, un hombre la miraba.

Era exactamente como Ibrahima lo había descrito.

Grande, ancho de espaldas, con el pelo canoso cortado al rape y una barba de tres días que parecía permanente.

Llevaba una camisa azul oscuro arremangada, sin corbata.

Tenía las manos apoyadas en la barra, grandes, con nudillos anchos.

Manos que habían trabajado, que habían golpeado, que sabían hacer cosas que Amara prefería no imaginar.

Pero lo que más la impresionó fueron los ojos. Grises, claros, fríos. Ojos que la evaluaban sin prisa, que la medían, que calculaban quién era y qué quería antes de que ella abriera la boca.

—El bar está cerrado —dijo el hombre. Su voz era grave, pausada, sin inflexiones.

—La puerta estaba abierta —respondió Amara, sin moverse del umbral.

—Para los que saben que pueden entrar.

Amara dio un paso hacia dentro. El suelo crujió bajo sus zapatillas.

—Me llamo Amara Kinte. Soy periodista. Estoy investigando la muerte de Rebeca Loza .

El hombre no se movió. Ni un músculo de su cara cambió de posición.

—No sé quién es esa mujer —dijo.

—Yo creo que sí lo sabe. Creo que le prestó dinero. Creo que ella le debía bastante cuando murió. Y creo que usted sabe cosas sobre ella que podrían ayudarme a entender qué pasó.

El silencio que siguió fue largo. Amara lo sostuvo sin apartar la mirada, aunque por dentro sentía que el corazón le latía tan fuerte que seguramente se oía desde la calle.

Finalmente, el hombre se apartó de la barra y rodeó el mostrador con pasos lentos, deliberados. Se detuvo a un metro de Amara, lo suficientemente cerca para que ella pudiera oler su colonia, cara y discreta, y ver las pequeñas cicatrices que tenía en los nudillos.

—Siéntate —dijo, señalando una de las mesas.

No era una invitación. Era una orden.

Amara se sentó.

El hombre se sentó enfrente y cruzó las manos sobre la mesa. Durante un momento no dijo nada. Solo la miró, como si estuviera decidiendo qué hacer con ella.

—Rebeca Loza —dijo al fin, pronunciando el nombre como si lo saboreara—. Hace mucho que no oigo ese nombre. Dos años, más o menos. Desde que apareció muerta en aquella casa.

—Entonces sí la conocía.

—Decir que la conocía son palabras mayores. Digamos que teníamos una relación comercial. Ella necesitaba dinero. Yo se lo proporcionaba. A cambio de ciertas condiciones, por supuesto.

—¿Qué clase de condiciones?

El hombre esbozó algo que podría haber sido una sonrisa.

—Las habituales. Intereses. Plazos. Garantías.

Nada que no sepa cualquiera que haya pedido un préstamo al banco en algún momento de su vida.

—Hizo un gesto vago, como si enumerara el menú del día—.

¿Te suena, no? Firmas, respiras aliviado y a partir de ahí ya no es tu dinero.

Si fallas un mes, no eres una persona con un problema, eres “moroso”.

Si fallas dos, ya eres “riesgo”. Y si fallas tres…

—se inclinó apenas, complacido— empiezan los recordatorios, las cartas con membrete. Lo mismo que hago yo.

A ella se le heló la mirada. En un segundo volvió a ver un rellano estrecho, el papel con el sello del juzgado en una mano ajena. Dos policías y una niña abrazada a una mochila mientras un hombre con traje decía “cumplimos órdenes”.

—¿Cuánto le debía?

—Eso es información privada.

—Ella está muerta. La privacidad ya no le sirve de nada.

El hombre la miró fijamente durante unos segundos. Luego se recostó en la silla, cruzando los brazos sobre el pecho.

—Doscientos mil euros. Una cantidad considerable, incluso para alguien como yo. Pero Rebeca era especial. Tenía algo que hacía que la gente quisiera ayudarla, aunque supieran que era un error. Yo incluido, supongo.

Amara sintió que el pulso se le aceleraba.

—¿Y qué pasó con esa deuda?

El hombre se tomó un segundo antes de responder, como si calibrara el precio de cada palabra. Luego se recostó apenas, sin perderla de vista.

—Pasó que dejó de ser asunto mío.

—No le entiendo.

—Que la vendí —dijo—. Antes de que todo saltara por los aires.

Amara frunció el ceño.

—¿La vendió? ¿Doscientos mil euros ?

—Las deudas no valen lo que pone en un papel. Valen lo que alguien está dispuesto a aguantar para cobrarlas. —Apoyó los antebrazos en la mesa, grandes y pesados—. Yo la vendí por ciento cincuenta mil.

Amara lo miró, intentando encajar la cifra. No era un “perdón” ni una ayuda. Era un negocio… pero con olor a huida.

—¿Perdió cincuenta mil euros porque le dio pena? —preguntó.

El hombre soltó una risa corta, sin alegría.

—No me has entendido nada. Perdí cincuenta mil porque me convenía ganar tranquilidad.

Rebeca ya no era una clienta; era una bomba con la mecha encendida.

Llegaba tarde, prometía, se reía, luego se enfadaba y cada vez que cruzaba esa puerta traía un problema nuevo pegado a la espalda.

Yo no colecciono problemas. Los convierto en dinero.

—¿Y se lo vendió a alguien que sí los colecciona?

El hombre no contestó de inmediato. Bajó la vista un instante. Cuando volvió a mirarla, sus ojos grises tenían otra temperatura.

—Se lo vendí a gente que no necesita discutir para cobrar.

Amara sintió un pequeño escalofrío. No por lo que decía, sino por lo que evitaba decir.

—¿Gente peligrosa?

—Gente eficaz —corrigió él, con una calma que sonaba aprendida—. En mi negocio hay dos maneras de recuperar el dinero: la paciencia o el miedo. Yo trabajo con la primera. Ellos con la segunda.

Amara mantuvo la voz firme, pero bajó un poco el volumen, como si el aire del bar pudiera escucharlos.

—¿Y Rebeca lo sabía?

—Rebeca sabía lo que quería saber. —Se encogió de hombros—. Cuando te aprietan las facturas, los mensajes, los plazos… te convences de que siempre tendrás una salida. Y cuando dejas de tenerla, ya es tarde para pedir educación.

—¿Cuándo hizo la venta?

—Unos días antes de su muerte.

Amara tragó saliva.

—Y después de la venta apareció muerta.

—Sí.

—¿Me está diciendo que no ve relación?

El hombre entrelazó las manos, como si el gesto le sirviera para ordenar el mundo.

—Te estoy diciendo que yo vendí una deuda. Nada más. A partir de ese momento, el problema dejó de estar en mi mesa. Yo cobré mis ciento cincuenta mil, cerré la carpeta y seguí con mi vida.

—Entonces, ¿qué pasó con la deuda cuando ella murió?

—No lo sé. Y, aunque lo supiera, no te lo diría. —No elevó la voz, pero la frase cayó con un peso definitivo—. Yo no estaba allí cuando murió, y no me interesa jugar a adivino.

—¿A quién se la vendió?

El hombre se quedó un instante inmóvil. Ni amenaza, ni gesto brusco. Solo ese silencio que, por sí solo, ya era una respuesta.

—No doy nombres —su mirada se endureció—. Se acabó tu tiempo. Y no vuelvas por aquí. La próxima vez no seré tan amable.

Amara intentó continuar la conversación hasta que se vio obligada a salir del bar sin mirar atrás.

El aire frío de la noche le golpeó la cara y respiró hondo, sintiendo cómo el corazón empezaba a calmarse.

Las piernas le temblaban un poco, pero caminó con paso firme hacia el final del muelle, donde las luces de Pasaia San Juan brillaban al otro lado del agua.

Sacó el móvil del bolsillo y marcó un número .

Lobo respondió al tercer tono. Tras una breve explicación de que había hablado con el hombre del coche caro, quedaron en verse al día siguiente por la tarde.