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El Casco Viejo olía a fritura cuando Amara salió del portal azul.
Eran las diez de la mañana y ya había grabado dos vídeos cortos para sus redes, respondido una docena de mensajes y tomado el café más amargo que recordaba en semanas.
Pero su cabeza no estaba en el contenido ni en los seguidores.
Su cabeza llevaba muchas horas en el mismo sitio, el hombre del coche caro.
Lobo y Delgado le habían dado el dato casi de pasada, como quien menciona un detalle menor en medio de una conversación más amplia.
Un tipo con dinero que aparecía cuando Rebeca estaba en apuros.
Un prestamista, probablemente. Alguien que operaba en las sombras, sin papeles, sin recibos, sin rastro oficial.
La clase de persona que los investigadores privados podían buscar con paciencia y la policía ignoraba.
Pero Amara no era ni una cosa ni la otra. Era periodista, activista, creadora de contenido. Y, sobre todo, era alguien que llevaba dos años obsesionada con el caso de las hermanas Loza. Si había un hilo suelto, ella iba a tirar de él.
Bajó por la calle hasta la plaza de la Constitución, esquivando grupos de jubilados que tomaban el sol en los bancos y parejas jóvenes que se hacían fotos delante de los balcones numerados.
San Sebastián era una ciudad hermosa, pero también era una ciudad que sabía guardar secretos.
Debajo de la postal turística había otra realidad, más oscura, más silenciosa.
La realidad de los que jugaban más de lo que podían perder.
Amara conocía esa realidad. La había tocado de cerca en su trabajo con la asociación de inmigrantes.
Había visto a familias destruidas por deudas imposibles, a hombres que desaparecían de un día para otro porque no podían pagar lo que debían, a mujeres que trabajaban el doble para cubrir los intereses de préstamos que nunca terminaban de saldarse.
Sabía cómo funcionaba ese mundo. Y sabía que, para entrar en él, hacía falta algo más que preguntas educadas.
Pasó la mañana por los lugares donde el dinero cambiaba de manos sin dejar huella.
Una casa de apuestas en Amara Vieja, con máquinas tragaperras que parpadeaban bajo luces de neón y hombres de mirada vacía que no levantaban la vista de las pantallas.
Un local de juego cerca del Boulevard, más discreto, con moqueta gastada y olor a tabaco viejo, aunque llevaba años prohibido fumar dentro.
El casino de la ciudad, donde la dejaron entrar, pero donde nadie quiso hablar con ella.
En todos los sitios, la misma respuesta. Silencios, miradas esquivas, encogimientos de hombros. Nadie conocía a ningún prestamista. Nadie había oído hablar de Rebeca Loza. Nadie sabía nada de nada.
Pero Amara no se rendía fácilmente.
A media tarde, cuando el sol empezaba a bajar sobre la bahía, llamó a Ibrahima.
Era un chico senegalés de veintipocos años que había llegado a España en patera hacía cuatro años y que ahora trabajaba en un taller mecánico de Pasaia mientras esperaba que le renovaran los papeles.
Amara lo había ayudado con la documentación, lo había acompañado a citas en extranjería, le había buscado abogado cuando las cosas se complicaron.
Ibrahima confiaba en ella. Y, lo que era más importante, Ibrahima conocía gente.
Se encontraron en un bar del puerto de Pasaia San Juan, uno de esos locales diminutos con barra de zinc y jamones colgando del techo.
Ibrahima llegó con las manos manchadas de grasa y una gorra de los Warriors que le quedaba grande.
Se sentaron en una mesa del fondo, lejos de la barra, y Amara fue directa al grano .
—Necesito encontrar a alguien —dijo, bajando la voz—. Un hombre que presta dinero. Alguien al que la gente recurre cuando ya no tiene adónde ir.
Ibrahima la miró con esa mezcla de cautela y lealtad que Amara había aprendido a reconocer en los que habían cruzado el mar para llegar aquí.
—¿Para qué lo buscas?
—Para hacerle preguntas. Nada más.
—Las preguntas a esa gente no les gustan, Amara. Lo sabes.
—Lo sé. Pero necesito encontrarlo.
Ibrahima se quedó callado un momento. Removía el café con leche que no había pedido pero que el camarero le había puesto delante de todas formas. Luego habló, despacio, eligiendo las palabras.
—Hay un hombre en Pasaia San Pedro. Al otro lado de la bahía.
Se llama Koldo. No sé su apellido, nadie lo sabe.
Tiene un bar cerca del muelle, uno que parece cerrado siempre pero que nunca lo está.
La gente va a él cuando necesita dinero rápido y no puede conseguirlo de otra forma.
, pero luego los intereses te comen vivo.
He visto a tipos que empezaron debiendo mil euros y acabaron debiendo diez mil en seis meses.
—¿Cómo es?
—Grande. Fuerte. Pelo gris, barba corta. Viste bien, como alguien que no quiere llamar la atención pero que tiene dinero de sobra. Conduce un coche negro, un Audi grande, de esos que parecen tanques.
Amara sintió que el corazón le latía más rápido.
—¿Sabes dónde puedo encontrarlo exactamente?
Ibrahima negó con la cabeza .
—Solo sé que el bar está cerca del muelle viejo, en una calle que baja hacia el agua. Pero Amara... —la miró a los ojos— no vayas sola. Esa gente no juega.
Amara le puso una mano en el brazo.
—Gracias, Ibrahima. Te debo una.
—Me debes más de una —sonrió—. Pero no me las cobro porque sé que tú tampoco te cobras las tuyas.
Se despidieron en la puerta del bar. Ibrahima volvió al taller y Amara se quedó mirando el agua de la bahía, donde los barcos pesqueros se mecían suavemente bajo el cielo que empezaba a teñirse de naranja.
Pasaia San Pedro.
Koldo.
El hombre del coche caro.