22
Los cubos de cristal del Kursaal brillaban contra el cielo nocturno como dos linternas gigantescas varadas en la desembocadura del Urumea.
La luz verdosa que emanaba de sus fachadas se reflejaba en el agua oscura del río, mediante un espejo tembloroso que se rompía cada vez que la brisa del Cantábrico rizaba la superficie.
Era una noche de marzo sin nubes, fría y limpia, con esa claridad que solo tienen los cielos de la costa cuando el viento ha barrido hasta el último rastro de humedad.
La Kombi aparcó en una bocacalle cercana, entre un Mercedes negro y un Audi con matrícula francesa.
Lobo apagó el motor y se quedó un momento mirando el edificio a través del parabrisas.
La gente entraba en un flujo lento y elegante, abrigos de lana, vestidos largos, zapatos que brillaban bajo las farolas.
El murmullo de las conversaciones llegaba amortiguado, mezclado con el rumor lejano del mar.
—Bueno —dijo Nora, desabrochándose el cinturón con un suspiro—. Vamos allá.
Se bajó del coche con un movimiento cuidadoso, una mano en el vientre, la otra en el marco de la puerta.
Llevaba un vestido azul oscuro que intentaba disimular la curva de la barriga sin demasiado éxito, y unos tacones bajos que ya le estaban haciendo daño.
Se había recogido el pelo en un moño improvisado y llevaba el colgante de la figa que Lobo le había regalado en Santiago de Compostela, los únicos que consideraba lo bastante elegantes para una ocasión así.
Él rodeó el coche y se colocó a su lado.
Espigado, con la camisa blanca perfectamente planchada bajo la gabardina oscura, el bastón con la empuñadura de águila de plata en la mano derecha.
La ligera cojera, recuerdo de la explosión que casi le costó la vida, apenas se notaba cuando caminaba despacio, pero Nora sabía que al final de la noche le dolería la pierna.
Siempre le dolía cuando había que estar de pie demasiado tiempo.
—¿Luna? —preguntó ella.
—Se queda. No creo que la Sociedad Filarmónica admita perros en el patio de butacas.
—Pues vaya, mi niño. Y yo que pensaba que esto era un país civilizado.
Cruzaron la explanada que separaba el aparcamiento del edificio.
A medida que se acercaban, el murmullo de las conversaciones se hacía más nítido, fragmentos de frases en euskera y castellano, alguna risa contenida, el tintineo de copas.
El vestíbulo del Kursaal era un espacio amplio y luminoso, con suelos de mármol claro y paredes de cristal que dejaban ver el mar al otro lado.
Había grupos de personas dispersos por la sala, con copas de cava, saludándose con besos en las mejillas y comentando la programación de la temporada.
Nora se sintió inmediatamente fuera de lugar. No era su mundo. Ella era más de bares con olor a fritura y partidos de fútbol en la tele, de cafés con leche a media mañana y conversaciones con desconocidos. Aquello era otra cosa.
—Ahí está —dijo Lobo, señalando con un leve movimiento de cabeza hacia el fondo del vestíbulo.
Ainhoa Etxeberria venía hacia ellos con una sonrisa. Llevaba un vestido negro de corte sencillo, un collar de perlas y el pelo recogido en un moño bajo que le daba un aire de actriz de los años cincuenta.
—Me alegro de que hayan podido venir —dijo, tendiéndoles la mano—. Sé que no es lo habitual, pero quería que vieran esto. El mundo en el que Rebeca se movía. La música, la gente, el ambiente. A veces, para entender a alguien, hay que entender primero el lugar donde respiraba.
Nora asintió, mirando a su alrededor.
—Es un sitio impresionante.
—Lo es. Rebeca lo adoraba. Decía que cuando estaba aquí, escuchando música, era la única vez que el ruido de su cabeza se callaba. —Ainhoa hizo una pausa, como si el recuerdo le doliera—. Vengan, Álvaro está aquí.
Los guio a través del vestíbulo, mientras sorteaba grupos de invitados que la saludaban con inclinaciones de cabeza y medias sonrisas.
Nora notó cómo algunas miradas se posaban en ella y en Lobo con curiosidad apenas disimulada.
Se detuvieron junto a uno de los ventanales que daban al mar.
Tras un intercambio rápido de saludos, Félix entró rápido al tema.
—Hemos visitado a Celia —dijo Lobo—. En la clínica.
—Lo sé. El doctor Morcillo me mantiene informado —respondió él.
—Entonces sabrá que hubo un avance.
Santisteban sostuvo la mirada de Lobo durante un segundo más de lo necesario. Luego se ajustó las gafas, índice al puente, dos toques rápidos.
—Morcillo me comentó algo, sí. Parece ser que Celia reaccionó a un estímulo externo. Es la primera vez en dos años, según tengo entendido.
—La primera vez que responde a otro ser humano —precisó Nora—. Puso la mano sobre mi barriga. Sobre el bebé.
Algo cruzó por los ojos de Santisteban.
—Eso es... esperanzador, supongo —dijo, con una voz que sonaba exactamente igual que antes—. Aunque, con todos los respetos, habría que ver qué significa desde un punto de vista clínico. Morcillo es el experto. Él sabrá interpretar estos gestos mejor que ninguno de nosotros.
—¿Usted la visita a menudo? —preguntó Lobo.
—¿A Celia? —Santisteban negó con la cabeza—.
No con frecuencia. Mi trabajo es administrativo, no terapéutico.
Voy cuando hay que firmar documentos o cuando surge alguna cuestión legal que requiere mi presencia.
Pero intento no interferir en su tratamiento.
Morcillo tiene un método y yo confío en su criterio.
Un camarero pasó con una bandeja de copas. Santisteban cogió una sin mirar y dio un sorbo pequeño, más por tener algo que hacer con las manos que por sed.
—¿Conocía bien a Rebeca? —preguntó Nora.
La pregunta flotó en el aire durante un momento. Santisteban bajó la copa despacio, como si necesitara tiempo para formular la respuesta.
—La conocía, sí. Era cliente mía. Y, como he dicho, amiga de la familia. Una mujer extraordinaria. Con un talento fuera de lo común y una energía que llenaba cualquier habitación en la que entrara. —Hizo una pausa—. Su muerte fue una tragedia. Para todos.
Santisteban se giró levemente hacia el interior del vestíbulo, donde la gente empezaba a dirigirse hacia las puertas de la sala de conciertos
—Creo que van a empezar. ¿Nos sentamos?
Entraron en la sala en fila, Ainhoa delante, seguida de Santisteban, Lobo y Nora cerrando el grupo. Las butacas eran de terciopelo rojo oscuro, mullidas. El escenario estaba vacío salvo por los atriles y las sillas de la orquesta, dispuestos en semicírculo frente al podio del director.
Se sentaron en la quinta fila, cerca del pasillo.
Santisteban quedó al lado de Ainhoa, con Lobo y Nora al otro extremo.
Desde su posición, Nora podía ver el perfil del abogado, la nariz aguileña, los labios finos, la forma en que sostenía el programa del concierto con los dedos perfectamente alineados en el borde.
Las luces bajaron. El murmullo del público se apagó.
Los músicos entraron en escena con sus instrumentos y se acomodaron en sus asientos con esa mezcla de concentración y rutina que tienen los profesionales antes de una función.
El concertino se levantó, tocó un la , y la orquesta comenzó a afinar en un caos controlado que poco a poco se convirtió en silencio.
El director apareció desde un lateral. Aplausos. Se colocó en el podio, levantó la batuta.
Y entonces comenzó el Concierto para violín en Re mayor de Brahms.
Nora no era una experta en música clásica, pero incluso ella pudo sentir la fuerza de aquella pieza desde los primeros compases.
Había algo oscuro y luminoso a la vez en la melodía, una tensión que se construía y se liberaba, que subía y bajaba como las olas del mar que rugía a pocos metros del edificio.
El violín solista entró con una melodía sostenida y melancólica que le erizó la piel.
Nora pensó en Celia. En sus dedos largos sobre las cuerdas.
En la forma en que la música era su único refugio.
Con el paso del tiempo, Nora empezó a removerse en el asiento. Giró la cabeza hacia el abogado y se quedó un segundo muda. Tenía los ojos cerrados, la frente hundida en las manos, inmóvil. La sorpresa le curvó los labios.
El concierto terminó con una ovación larga y calurosa.
La gente se puso de pie. Aplaudían, algunos gritaban "bravo" hacia el escenario.
Los músicos se retiraron, pero el aplauso no aflojó; al contrario, se volvió más intenso, como si la sala entera se negara a aceptar el final.
Volvieron. Un bis. Un regalo que el público recibió como un regalo .
Nora aplaudió también, claro. Por educación, por respeto, porque era lo que tocaba.
Pero notó el cansancio en su cuerpo. El bis le pasó por encima.
Cuando por fin cayó el último acorde y se apagaron las luces, fue casi un alivio.
Salieron al vestíbulo en el flujo de la multitud.
El aire era más cálido aquí, cargado de perfumes y conversaciones.
Santisteban se acercó a ellos con una copa nueva en la mano.
—¿Qué les ha parecido?
—Impresionante —dijo Nora—. El violinista era muy bueno.
—Lo es. Uno de los mejores de su generación.
—Santisteban dio un sorbo a su copa—. Rebeca lo conocía, por cierto.
Coincidieron en un festival hace años. Ella siempre decía que el Brahms era una de las piezas más difíciles del repertorio, pero también una de las más honestas.
Que no podías esconderle nada al violín cuando tocabas esa obra.
Lobo lo miró fijamente.
—¿Ella le hablaba de música?
—A veces. Cuando nos veíamos por cuestiones de trabajo, siempre acabábamos hablando de otras cosas. Era una mujer con muchas capas. Muchas más de las que la gente veía a simple vista.
—Eso estamos descubriendo —dijo Lobo.
Santisteban esbozó una sonrisa breve.
—Les deseo suerte con la investigación. De verdad. Si hay algo en lo que pueda ayudar, no duden en llamarme.
Se despidió con un apretón de manos rápido y se alejó hacia otro grupo de invitados que lo esperaba cerca de la barra.
Ainhoa se acercó a ellos con la copa vacía entre los dedos.
Tenía esa expresión de anfitriona que intenta leer en los rostros de sus invitados si la velada ha cumplido su propósito.
—¿Qué les ha parecido ?
—Interesante —dijo Nora—. El concierto, el ambiente, la gente. Todo muy elegante.
Ainhoa asintió, pero antes de poder hablar, Nora lanzó la pregunta.
—Ainhoa, ¿sabías que Rebeca iba a terapia? ¿Que visitaba a un psicólogo?
El rostro de Ainhoa se quedó inmóvil durante un segundo.
—No —dijo al fin, despacio—. No tenía ni idea. Rebeca nunca me contó nada de eso. —Frunció el ceño—. ¿Están seguros?
—Bastante seguros.
Ainhoa se quedó en silencio, mientras miraba su copa vacía como si buscara respuestas en el fondo del cristal.
—Rebeca siempre fue muy reservada con ciertas cosas. Incluso conmigo. Sobre todo conmigo, quizá. —Levantó la vista hacia ellos—. ¿Saben quién la trataba?
Nora y Lobo intercambiaron una mirada rápida.
—Estamos en ello —dijo Lobo.