21
El Barrio de Gros tenía ese aire de lugar que ha sabido envejecer sin perder la dignidad.
Calles anchas con árboles podados, edificios de principios del siglo pasado con fachadas de piedra clara y balcones de hierro forjado donde todavía colgaba alguna bandera de la Real Sociedad.
A diferencia del bullicio surfero de la Zurriola, que quedaba apenas a dos manzanas, aquí reinaba una calma de barrio residencial,.
La Kombi aparcó en una bocacalle estrecha, junto a una frutería con cajas de manzanas en la acera.
Lobo apagó el motor y se quedó un momento mirando el edificio que tenían enfrente.
Cuatro plantas, fachada color crema, persianas verdes.
En el portal, junto a los timbres, una placa de latón brillaba bajo la luz gris de la mañana.
—Aquí es —dijo Nora, desabrochándose el cinturón—. A ver qué nos cuenta la doctora.
Luna se quedó en el coche, tumbada en el asiento trasero con ese gesto resignado de quien sabe que esta vez no le toca. Ella le rascó detrás de las orejas antes de cerrar la puerta bajo la mirada inquisitiva de Lobo.
Subieron en uno de aquellos ascensores antiguos, con una puerta exterior de madera y una reja interior que había que arrastrar a mano.
El mecanismo arrancó con un tirón y ascendió entre crujidos metálicos hasta el segundo piso, donde el aire conservaba un ligero aroma a cerrado y a madera vieja. Lobo llamó al timbre.
La puerta se abrió casi de inmediato. Elena Zubieta rondaba los cincuenta y cinco años.
Era una mujer menuda, con el pelo canoso recogido en un moño bajo y unas gafas de montura fina que le daban un aire de profesora universitaria.
Vestía de forma sobria pero elegante, blusa de seda gris, pantalón oscuro, un pañuelo de colores suaves anudado al cuello.
Sus ojos, de un marrón claro casi miel, los estudiaron durante un par de segundos antes de esbozar una sonrisa cortés.
—¿Inspector Lobo? ¿Inspectora Delgado? Pasen, por favor. Les estaba esperando.
El despacho era pequeño pero acogedor. Dos butacas de piel marrón frente a un escritorio de madera oscura, estanterías llenas de libros con lomos gastados, una lámpara de pie que proyectaba una luz cálida sobre una alfombra persa.
En la pared, un par de diplomas enmarcados y una fotografía en blanco y negro de San Sebastián que parecía tomada desde el monte Urgull.
Elena les indicó las butacas y ella se sentó al otro lado del escritorio, con las manos cruzadas sobre la superficie pulida.
—Antes de que empecemos, debo aclarar algo importante. Como psicóloga, estoy sujeta al secreto profesional. No puedo confirmar ni negar quiénes han sido o son mis pacientes, ni revelar el contenido de las sesiones. Espero que lo entiendan.
Nora asintió.
—Lo entendemos perfectamente, doctora. No venimos a pedirle que rompa ninguna confidencialidad. Solo queremos hacerle algunas preguntas sobre una persona que creemos que pudo haber sido paciente suya. Si no puede responder, lo aceptaremos.
Elena inclinó la cabeza, expectante.
—¿De quién se trata?
—Rebeca Loza —dijo Lobo.
El nombre flotó en el aire durante un momento. Elena no cambió de expresión, pero algo en sus ojos se movió, un destello fugaz que desapareció tan rápido como había llegado .
—Rebeca Loza —repitió, como si saboreara las palabras—. El caso de la joven directora de orquesta. Lo recuerdo bien. Fue muy sonado en su momento.
—Tenemos información de que Rebeca acudía a terapia —continuó Nora—. Una fuente nos dijo que visitaba esta consulta regularmente, al menos durante el año anterior a su muerte. Queremos saber qué la traía aquí, qué la preocupaba, si había algo en su vida que pudiera explicar lo que ocurrió después.
Elena se recostó en su silla y se quitó las gafas, limpiándolas despacio con un pañuelo que sacó del bolsillo. Era un gesto que parecía más destinado a ganar tiempo que a mejorar la visibilidad de los cristales.
—Entiendo lo que buscan —dijo al fin, volviendo a ponerse las gafas—. Y entiendo por qué han venido a verme. Pero debo ser honesta con ustedes desde el principio, porque creo que han venido al lugar equivocado.
Lobo frunció el ceño.
—¿A qué se refiere?
—Me refiero a que Rebeca Loza nunca fue paciente mía. Ni una sola sesión. Ni siquiera llegué a conocerla en persona.
Nora intercambió una mirada rápida con Lobo antes de volver a centrarse en Elena.
—Pero nuestra fuente nos aseguró que Rebeca venía a esta consulta. Que llevaba tiempo en terapia, que era algo que mantenía en secreto incluso de su propia hermana.
—Su fuente tenía razón en una cosa. Rebeca Loza sí acudía a esta consulta. Pero no era yo quien la trataba. —Elena hizo una pausa, como si midiera cuidadosamente lo que iba a decir a continuación—. Era mi compañera. Marta Larrauri.
El nombre cayó sobre la mesa como una losa .
Nora sintió que algo se movía dentro de su cabeza, piezas que empezaban a encajar de una forma que no había previsto.
Marta Larrauri. La mujer de la clínica. La que los había recibido con esa sonrisa fría y calculada.
La que aceleraba el paso cada vez que algo incómodo ocurría en los pasillos de Mar de Bruma.
—¿Marta Larrauri era psicóloga? —preguntó Lobo, con voz pausada.
—Lo era, sí. Y muy buena, debo añadir. Trabajamos juntas en esta consulta durante casi siete años. Ella se especializaba en trastornos de ansiedad y adicciones comportamentales, mientras que yo me centraba más en trauma y duelo. Hacíamos un buen equipo. Nos complementábamos.
—¿Y cuándo dejó de trabajar aquí?
Elena suspiró, un sonido suave que delataba algo más que simple nostalgia.
—Hace poco más de dos años. Unos meses antes de la muerte de Rebeca Loza, para ser exactos.
Me dijo que necesitaba un cambio, que el trabajo en consulta privada la estaba agotando y que le habían ofrecido un puesto en una clínica especializada donde podría tener un rol más administrativo, menos contacto directo con pacientes.
No voy a mentirles, me sorprendió. Marta era una terapeuta vocacional, de esas que viven para sus pacientes.
Que dejara la práctica clínica tan de repente me pareció extraño.
—¿Le dijo qué clínica era? —preguntó Nora.
—No hacía falta. Todo el mundo en el gremio lo sabía. El Instituto Mar de Bruma. La clínica del doctor Morcillo en Jaizkibel.
Lobo se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
—Doctora Zubieta, necesito que entienda la importancia de lo que le voy a preguntar.
Marta Larrauri nos recibió en esa clínica hace un par de días.
Sabía quiénes éramos, sabía que investigábamos la muerte de Rebeca Loza, y en ningún momento mencionó que la había tratado como paciente.
Ni una palabra. ¿Tiene usted alguna idea de por qué ocultaría algo así?
Elena se quedó en silencio durante un momento largo. Sus dedos tamborilearon suavemente sobre el escritorio.
—No puedo leer la mente de Marta, inspector. Pero puedo decirle lo que sé, lo que observé durante los años que trabajamos juntas, y lo que ella me contó sobre Rebeca en las pocas ocasiones en que hablamos del caso.
—Se lo agradeceríamos —dijo Nora.
Elena respiró hondo antes de continuar.
—Marta tenía una relación especial con Rebeca.
No en el sentido inapropiado, quiero que quede claro.
Pero había algo en esa paciente que la afectaba más de lo habitual.
Marta me contaba a veces, sin entrar en detalles que rompieran la confidencialidad, que Rebeca era una de esas personas que iluminan una habitación cuando entran y la dejan helada cuando se van.
Brillante, carismática, capaz de seducir a cualquiera con una sonrisa.
Pero también profundamente autodestructiva.
Buscaba emociones fuertes como quien busca agua en el desierto, como si la vida normal no le bastara para sentirse viva.
El juego, los hombres, las situaciones de riesgo, todo eso era combustible para un fuego que nunca se apagaba.
Nora asintió despacio, reconociendo en esas palabras el retrato que ya habían ido componiendo a través de otras fuentes.
—¿Marta le dijo alguna vez si Rebeca estaba en peligro? ¿Si había alguien que quisiera hacerle daño?
—No directamente. Pero recuerdo una conversación, poco antes de que Rebeca muriera.
Marta estaba preocupada. Me dijo que su paciente se había metido en algo gordo, algo que la superaba, y que por mucho que intentaba ayudarla a ver el peligro, Rebeca no quería escuchar.
Decía que lo tenía todo controlado, que pronto saldría de aquello y empezaría de nuevo en otro sitio.
—Elena hizo una pausa—. Unas semanas después, Rebeca apareció muerta. Y Marta nunca volvió a ser la misma.
El silencio que siguió fue pesado, cargado de implicaciones.
Lobo se puso de pie despacio, apoyándose en el bastón.
—Doctora Zubieta, le agradecemos su tiempo y su honestidad. Ha sido de gran ayuda.
Elena se levantó también, rodeando el escritorio para acompañarlos a la puerta.
—Espero que encuentren lo que buscan, inspectores.
Nora se detuvo en el umbral y se volvió hacia ella.
—Una última cosa, doctora. ¿Sabe usted si Marta tuvo alguna relación personal con alguien del entorno de Rebeca? ¿Algún amigo, compañero, conocido?
Elena frunció los labios, como si la pregunta la incomodara.
—Hubo rumores —dijo al fin—. Nunca lo confirmé, y Marta nunca me lo contó directamente. Pero en el gremio se comentaba que había tenido algo con un músico del conservatorio. Un pianista, creo. Alguien que también conocía a Rebeca.
Nora y Lobo intercambiaron una mirada.
—¿Recuerda el nombre?
—No. Pero era alguien que trabajaba allí, eso seguro. Un acompañante, o algo así. —Elena negó con la cabeza—. Lo siento, no puedo ser más precisa.
—Ha sido más que suficiente —dijo Lobo—. Gracias.
La puerta se cerró tras ellos. Bajaron las escaleras en silencio, cada uno procesando lo que acababan de descubrir. Cuando salieron al portal, la luz gris de la mañana los recibió con una brisa fría que olía a mar cercano.
Nora fue la primera en hablar .
—Marta Larrauri. La misma mujer que nos recibió en Mar de Bruma con esa sonrisa de hielo. La que nos dijo que Celia estaba en buenas manos. La que no mencionó ni una sola vez que había tratado a Rebeca como psicóloga.
—Y que posiblemente tuvo una relación con Gael Sáenz —añadió Lobo.
—El repertorista. El ex amante de Rebeca. El que nos contó que ella coleccionaba hombres y tenía problemas con el juego.
Lobo asintió despacio.
—Todo conecta. Pero no sabemos cómo.
Nora se quedó mirando el edificio, la placa de latón que brillaba junto al portal, las ventanas cerradas del segundo piso.
—¿Sabes qué es lo que más me jode de todo esto, Félix?
—¿Qué?
—Que Marta sabía exactamente quiénes éramos y qué buscábamos. Y no dijo ni una palabra.
Lobo abrió la puerta de la Kombi. Luna levantó la cabeza, expectante.
—Entonces habrá que preguntarle por qué.
Nora subió al coche con un suspiro.
—Eso me temo, mi niño. Eso me temo.