Réquiem de silencio (Lobo y Delgado 5) 20
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La Kombi bajó la cuesta que llevaba al casco antiguo de Hondarribia y aparcó junto a las murallas, en un hueco entre dos furgonetas de reparto. El sol de marzo se había escondido detrás del monte Jaizkibel, pero quedaba esa luz dorada y fría que precede al anochecer.

Félix apagó el motor y se quedó un momento con las manos en el volante.

—El médico dijo que los paseos te vendrían bien.

Nora resopló.

—El médico también dijo que nada de embutidos, y mira tú qué cruz llevo encima. —Se desabrochó el cinturón con un gesto cansado—. Anda, vamos. Pero si me canso, me siento en el primer banco que pille y ahí me quedo hasta que vengas a buscarme.

Luna saltó del asiento trasero en cuanto Félix abrió la puerta. Olisqueó el aire con esa intensidad que reservaba para los lugares nuevos y echó a andar unos pasos por delante, el rabo moviéndose despacio.

Cruzaron la Puerta de Santa María, un arco de piedra que olía a humedad y a siglos.

Al otro lado, el casco antiguo se desplegaba en calles estrechas y empinadas, con fachadas de colores suaves y balcones de madera pintada que colgaban sobre el empedrado.

Geranios rojos en las ventanas, ropa tendida en algunos balcones, el eco de sus pasos rebotando entre los muros.

Al fondo, más allá de los tejados, se adivinaba la línea oscura del Bidasoa, río fronterizo con Francia, y en la orilla opuesta, ya territorio francés, las luces de Hendaya empezaban a encenderse.

Nora caminaba despacio, con la mano sobre el vientre sin darse cuenta. Félix iba a su lado, con paso algo desacompasado recuerdo de la metralla mientras el bastón golpeaba el suelo con ese ritmo regular que ella conocía tan bien.

—Menuda tarde —dijo Nora al fin, rompiendo el silencio.

Félix asintió sin añadir nada. Siguieron subiendo por la calle principal, pasando junto a una iglesia de piedra oscura y un palacio con escudos tallados sobre la puerta. Luna se detenía a oler cada esquina, cada portal, cada maceta.

—No puedo quitarme la cara de Morcillo de la cabeza —continuó Nora—. Cuando Celia me tocó la barriga, él se quedó... no sé cómo describirlo. Pasmao . Como si hubiera visto algo que no entraba en sus esquemas.

—No entraba —dijo Félix—. Dos años sin que Celia toque a nadie. Dos años sin un gesto voluntario hacia otro ser humano. Y de pronto, lo hace.

—Conmigo. —Nora frunció el ceño—. ¿Por qué conmigo?

—Por la criatura.

Nora lo miró de reojo.

—¿Eso te dijo Morcillo?

—Antes de que nos fuéramos. Mientras tú estabas en el baño.

—Félix hizo una pausa, como si ordenara las palabras en su cabeza—.

Dijo que el embarazo puede activar algo primitivo en personas como Celia.

Algo anterior al trauma, anterior incluso al lenguaje.

La vida nueva conecta con instintos que están por debajo de todo lo demás, más hondos que el miedo, más hondos que el dolor.

Para alguien con la sensibilidad de Celia, un vientre de embarazada no es solo una imagen.

Algo vivo que no juzga, que no presiona, que no exige palabras.

Nora se quedó callada un momento, procesando.

—¿Y Luna?

—También lo mencionó. El ladrido, justo antes de que Celia se acercara. Los animales no amenazan. No invaden. No piden explicaciones. Para Celia, ese sonido pudo ser una señal de que el peligro no estaba ahí. Una puerta que se abría.

—Dos cosas que no pertenecen al mundo que la hizo daño —murmuró Nora—. Un perro y un bebé.

—Eso mismo dijo él.

Llegaron a una pequeña plaza con un pozo de piedra en el centro y bancos de madera bajo unos árboles desnudos. Nora se dejó caer en uno de ellos, junto a un largo resoplido.

—Ay, mi niño, que me canso. Estos adoquines son muy bonitos para las fotos, pero para caminar son un castigo bíblico.

Félix se sentó a su lado. Luna se tumbó a sus pies y apoyó el hocico en las patas. Nora se miraba las manos, que descansaban sobre el vientre.

—¿Sabes qué es lo más raro? —dijo al fin, con voz más baja—.

Cuando Celia me tocó, no sentí miedo. Debería haberlo sentido, ¿no?

Una mujer que lleva dos años encerrada en sí misma, que acaba de lanzarme el arco del violín a la cabeza, que se mece en una esquina como si el mundo fuera a comérsela y de pronto se acerca y me pone la mano encima. Tendría que haberme asustado.

—Pero no lo hiciste.

—No. —ella negó despacio—. Sentí otra cosa.

Como si ella supiera algo. Como si al tocar la barriga estuviera tocando algo que yo ni siquiera sé nombrar.

Y me dio... no sé. Pena. Una pena muy grande.

Porque pensé, esta chiquilla ha perdido todo.

A sus padres, a su hermana, su voz, su música, su vida entera.

Y lo único que le queda es esto. Poner la mano sobre algo que está vivo y es puro.

Félix no respondió enseguida. Se quedó mirando el pozo de piedra, la luz que se iba apagando sobre los tejados, las primeras estrellas asomando por el este.

Luego, muy despacio, puso su mano sobre las de Nora .

Bajaron hacia el puerto cuando el cielo ya estaba oscuro del todo. Las farolas proyectaban charcos de luz amarilla sobre el empedrado, y el olor a salitre se mezclaba con aromas de algo que se cocinaba cerca.

El bar estaba junto a La Marina, pequeño, con una barra de madera gastada y media docena de mesas cubiertas con manteles de papel. Olía a chipirones y a txakoli. Un televisor en la esquina emitía un partido de fútbol con el volumen bajo.

Se sentaron junto a la ventana. Luna se acomodó bajo la mesa. El camarero dejó los cubiertos y las servilletas. Félix cogió una, la desplegó, y empezó a frotar el tenedor con movimientos metódicos. Luego el cuchillo. Luego la cuchara.

Nora lo observó con media sonrisa.

—¿También aquí?

—Especialmente aquí.

—Mira que eres borde, ¿eh? Con lo ricos que están los chipirones aquí y tú preocupado por si el tenedor tiene una mota de polvo.

—No es polvo. Es grasa reseca.

—Anda ya. —Nora cogió la carta y la abrió con gesto decidido—. A ver qué tienen por aquí que me alegre la vida.

El camarero volvió. Nora pidió una ración de chipirones, otra de croquetas de txangurro y media de pimientos de Gernika y una botella grande de agua.

Félix la miró.

—El médico dijo que…

—El médico no está aquí. —Nora cerró la carta y se la tendió al camarero con una sonrisa—. Y yo llevo todo el día como un pajarito triste. Que me dejen disfrutar un poquito, anda, que bastante cruz llevo encima.

El camarero se fue. Félix suspiró, pero no añadió nada .

Nora apoyó los codos en la mesa y miró por la ventana. Las luces de los barcos se reflejaban en el agua negra de la bocana. Al otro lado, Hendaya brillaba como un puñado de estrellas caídas.

—Todavía hay muchas preguntas —dijo, casi para sí misma.

—Muchas —confirmó Félix.

—Pero algo ha cambiado. ¿No lo notas?

Félix tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó más suave de lo habitual.

—Celia ha dado un paso. Pequeño. Pero un paso.

Nora asintió despacio.

—Ahora hay que conseguir que dé otro.

Luna gimió suavemente bajo la mesa, como si estuviera de acuerdo.

Los chipirones llegaron humeantes, dorados, perfectos.

Nora cogió uno con los dedos, notó el aceite aún vivo en la yema, y se lo llevó a la boca sin esperar a que perdiera el aliento.

El primer mordisco sonó, un crujido fino, de fritura bien hecha, y el sabor a mar le explotó en la lengua con esa mezcla de sal y tinta que te reconcilia con el mundo.

—Uy… —dijo con los ojos cerrados—. Esto sí que es gloria bendita.

Y entonces la gloria le devolvió el bofetón.

Nora abrió los ojos de golpe, se quedó quieta con el chipirón a medio camino, como si por dignidad no quisiera escupirlo, y empezó a masticar a la fuerza, rápido, intentando que el aire entrara entre los dientes.

Aspiró por la comisura, sopló hacia dentro, como si pudiera enfriar el infierno a base de orgullo.

Félix la miró un momento. Luego, casi imperceptiblemente, la comisura de su boca se curvó hacia arriba. Nora le lanzó una mirada fulminante, los ojos brillantes.

—Ni se te ocurra reírte. Ni se te ocurra .

Félix inclinó un poco la cabeza.

—¿Te has quemado?

—¿Yo? —masticó otro trocito, más pequeño, con precaución de artificiero—. Qué va.

Fuera, el mar respiraba en la oscuridad.

Y en algún lugar de Mar de Bruma, Celia Loza seguía con la mirada puesta en el horizonte, con la mano todavía tibia del recuerdo de algo vivo.