Réquiem de silencio (Lobo y Delgado 5) 19
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Celia agarró el arco del violín que descansaba sobre la mesita y lo lanzó hacia Nora con un movimiento brusco, descoordinado. No llegó a golpearla, pero pasó tan cerca de su cara que sintió el aire desplazarse junto a su mejilla.

Luego Celia agitó las manos y retrocedió hacia la esquina de la sala, para pegarse a la pared como un animal acorralado. Se llevó las manos a los oídos, se los tapó con fuerza, y empezó a mecerse adelante y atrás, los ojos cerrados, los labios en un murmullo que no llegaba a ser palabra.

Morcillo entró en la sala con tres zancadas.

—Se acabó —dijo, con voz fría y cortante—. Le advertí que esto pasaría. Tiene que salir ahora mismo.

Nora no se movió. Miraba a Celia, que seguía en la esquina con el vaivén de un barco, el cuerpo tembloroso y los dedos clavados en el pelo como si quisiera arrancárselo. Había algo en esa imagen que le rompía el corazón, algo que iba más allá del caso, más allá de la investigación.

—Se acabó —insistió Morcillo—. Ahora.

Nora iba a girarse, a rendirse, a aceptar que había fracasado. Pero entonces ocurrieron dos cosas inesperadas casi al mismo tiempo.

Primero, desde algún lugar del edificio, llegó un ladrido. Suave, breve, pero inconfundible. Luna. Debía de haberse escapado de donde Lobo la había dejado, o quizá simplemente había sentido que algo iba mal. Los perros siempre lo saben, tienen un sexto sentido.

El ladrido atravesó el aire y alcanzó a Celia como una piedra lanzada a un estanque. El mecerse se detuvo. Las manos bajaron un poco de los oídos. Los ojos, todavía cerrados, se movieron bajo los párpados como si buscaran la fuente de aquel sonido.

Y segundo, Nora sintió el movimiento del bebé.

Fue el primero del embarazo. Un ligero golpe desde dentro, desde ese pequeño ser que crecía en su vientre y que elegía precisamente ese instante para recordarle que existía. Nora se llevó la mano al abdomen sin pensar, un gesto instintivo, de protección y de asombro.

Celia abrió los ojos.

Y miró.

No a Nora. No a su cara, no a sus ojos. Miró su vientre. Miró la mano que lo cubría. Miró ese pequeño bulto bajo la tela de la chaqueta. El silencio cambió de textura. Ya no era el silencio del miedo o del rechazo. Era otro tipo de silencio.

Celia se apartó de la pared. Muy despacio, como si cada movimiento le costara un esfuerzo enorme y comenzó a caminar hacia Nora. Sus pasos eran inseguros, temblorosos, pero había algo distinto en su mirada. Algo que no había estado ahí antes.

Morcillo dio un paso adelante, alarmado.

—Celia, no.

Pero ella no lo escuchó. O no quiso escucharlo. Siguió avanzando hasta quedar a menos de un metro de Nora, tan cerca que podía ver las venas azuladas bajo la piel traslúcida de sus muñecas, las ojeras profundas, el temblor constante de sus labios.

Celia levantó la mano derecha. La misma mano que hacía un momento había lanzado el arco. Ahora temblaba de otra manera, no de rabia sino de algo parecido al miedo reverencial de quien se acerca a algo sagrado.

Nora no se movió. No respiró. No hizo nada que pudiera romper aquel momento frágil, aquel hilo finísimo que se había tendido entre las dos. La mano de Celia avanzó en el aire, despacio, muy despacio, hasta posarse sobre el vientre de Nora.

El toque fue leve. Apenas un roce de dedos fríos contra la tela. Pero para Celia, que no había iniciado contacto físico con otro ser humano en dos años, lo era todo.

Y para Nora, que sintió cómo esos dedos temblorosos se quedaban quietos sobre su barriga, como si escucharan el latido de la vida que crecía dentro, también lo era.

Nadie habló.

Morcillo se había quedado paralizado junto a la puerta, mientras observaba la escena con una expresión que oscilaba entre el asombro y algo más difícil de nombrar. Quizá incredulidad. Quizá miedo a lo que aquello significaba.

Celia mantuvo la mano sobre el vientre de Nora durante lo que pareció una eternidad.

Martes. Era martes. Celia lo sabe porque los martes mamá hace arroz con leche y la casa huele dulce desde media tarde. Pero hoy no huele a nada. Hoy la casa está vacía de olores.

El puzzle en el suelo. Mil piezas. Un bosque de otoño. Hojas rojas. Hojas naranjas. Trescientas doce colocadas. Faltan seiscientas ochenta y ocho. A Celia le gustan los números. Los números no mienten.

Arriba, Rebeca toca el piano. Do, re, mi, fa, sol. La escala de siempre. Celia cuenta las notas. Contar la calma.

El timbre.

Una vez. Dos. Tres.

El piano se detiene a mitad de una nota. Sol. La nota queda flotando en el aire, incompleta, y a Celia eso le molesta. Las cosas incompletas le molestan .

Pasos de Rebeca bajando. Más rápidos que de costumbre. Dieciséis pasos desde su cuarto hasta la puerta. Hoy son catorce. Se ha saltado dos. Algo está mal.

La puerta se abre.

Celia no ve quién hay al otro lado. Solo oye. Voces graves. Palabras que llegan cortadas, como si alguien las troceara antes de soltarlas. Accidente. Carretera. Hospital. No han podido.

Lo sentimos mucho.

Rebeca no contesta. El silencio dura demasiado. Cinco segundos. Seis. Siete. Celia los cuenta porque contar es lo único que sabe hacer cuando el mundo no tiene sentido.

La tía Ainhoa entra.

La puerta se cierra.

Rebeca se queda de pie en el recibidor. No se mueve. Tiene la mano en el pomo y la mano tiembla. Celia lo ve. El temblor es pequeño, casi invisible, pero ella ve las cosas pequeñas. Siempre las ha visto.

Rebeca se gira.

Su cara está rara. No es la cara de Rebeca. Es una cara vacía, como las casas cuando la gente se va de vacaciones y deja las luces apagadas. Los ojos miran pero no ven. La boca está abierta pero no sale nada.

Rebeca camina hacia ella. Los pasos son raros, desiguales, como si hubiera olvidado cómo se anda. Se arrodilla en el suelo, entre las piezas del puzzle, y abraza a Celia.

—Bichito.

La palabra suena rota. Como la nota de sol que se quedó flotando en el aire.

Aprieta demasiado fuerte.

Celia siente los huesos de Rebeca contra los suyos. Siente el corazón de su hermana latiendo muy rápido, tan rápido que parece un pájaro atrapado en una caja. Siente el temblor de su cuerpo, pequeñas sacudidas que no tienen sonido. Y huele algo salado, aunque no ve lágrimas.

—Yo voy a cuidarte —dice Rebeca, pero la voz no suena como la voz de Rebeca. Suena como la voz de alguien que está muy lejos y habla a través de un cristal—. Pase lo que pase. Yo siempre voy a cuidarte.

Celia no entiende lo que ha pasado. No del todo. Pero entiende que algo se ha roto. Algo grande. Algo que no se puede arreglar.

El puzzle se queda en el suelo. Las hojas rojas y naranjas, esparcidas entre sus rodillas. Seiscientas ochenta y ocho piezas que ya nunca van a encajar.

Celia nunca volvió a tocarlas.

El puzzle sigue en una caja, en el fondo de un armario que ya no existe, en una casa donde ya no vive nadie. Pero a veces, cuando el suelo se inclina y el tiempo deja de funcionar, las ve. Hojas rojas. Hojas naranjas. Flotando en un bosque que nunca llegó a existir.

Sus ojos seguían fijos en ese punto, en esa curva suave donde otra vida latía. Y entonces, muy despacio, sus labios se movieron.

No llegó a decir nada. Fue más bien un susurro, un fragmento de sonido ininteligible.

Nora solo asintió, muy suavemente, y puso su propia mano sobre la de Celia, cubriéndola con cuidado, sin presionar.

Afuera, más allá del ventanal, el mar rompía contra los acantilados. Pero dentro de aquella sala, por primera vez en mucho tiempo, algo se había movido.

Algo pequeño. Algo frágil.

Pero algo.