18
Nora siguió al doctor Morcillo por el pasillo del anexo blanco.
Las paredes no tenían cuadros, ni carteles, ni nada que distrajera la vista.
Solo esas puertas numeradas a intervalos regulares, todas cerradas, todas iguales.
El doctor caminaba delante sin volverse, con andar pausado y seguro.
Nora lo observaba de reojo, intentando descifrar algo en la rigidez de sus hombros, en la inclinación de su cabeza.
A mitad del corredor, un ruido hizo que Nora se detuviera.
Un golpe sordo. Luego otro. Y después, una voz amortiguada que decía algo incomprensible, repetido como un mantra roto.
Morcillo ni siquiera aminoró el paso.
—Terapia ocupacional —dijo, sin girarse—. Algunos pacientes necesitan liberar tensión física. Es parte del tratamiento.
Nora no respondió. Pero algo en su estómago se tensó.
Llegaron al final del pasillo, donde una puerta doble de cristal esmerilado separaba el anexo de otra ala del edificio.
Morcillo se detuvo y sacó una tarjeta del bolsillo de la bata.
La pasó por un lector y la cerradura emitió un chasquido suave.
—La sala de música terapéutica está al fondo —explicó, empujando la puerta—. Es donde Celia pasa la mayor parte de su tiempo cuando no está en su habitación. Es el único espacio donde parece estar presente.
Cruzaron el umbral y el ambiente cambió de inmediato.
La luz ya no era blanca y fría, sino más cálida, filtrada por unos ventanales amplios que daban directamente al acantilado.
El mar se extendía al fondo, gris y agitado, con olas que rompían contra las rocas en explosiones silenciosas.
Desde dentro no se oía el rugido, pero se intuía, se sentía en la vibración sorda que subía por el suelo .
El pasillo aquí era más corto, con solo tres puertas. Dos estaban cerradas. La tercera, al fondo, estaba entreabierta.
Morcillo se detuvo a unos metros de ella y bajó la voz.
—Antes de entrar, necesito que entienda algo. Celia no va a mirarla. No va a hablarle. Probablemente ni siquiera reconozca su presencia. Eso no significa que no la perciba. Lo percibe todo. Demasiado. Por eso se protege.
Nora asintió, sintiendo cómo el aire se espesaba a medida que se acercaban.
—¿Está ahí dentro ahora?
—Sí. Es su hora de práctica. —Morcillo hizo una pausa—.
Aunque a veces no toca. A veces solo mira.
Hay mañanas en las que entra en la sala, coge el violín y toca durante horas sin parar, como si la música fuera lo único que la mantiene anclada a este mundo.
Otras veces se queda de pie frente al ventanal, con el instrumento a su lado, sin tocarlo, sin moverse, mirando el mar como si buscara algo en el horizonte que ninguno de nosotros puede ver.
Se acercaron a la puerta. A través de la rendija, Nora pudo ver parte de la sala, el suelo de madera clara, una silla vacía, un atril sin partituras. Y más allá, el ventanal enorme, con el Cantábrico que se extendía hasta el horizonte.
Morcillo empujó la puerta con suavidad. El movimiento fue tan lento que apenas hizo ruido.
Y entonces Nora la vio.
Celia Loza estaba de pie junto al ventanal, inmóvil, con la espalda ligeramente encorvada hacia adelante como si el peso de algo invisible la empujara hacia el suelo.
Llevaba un jersey de lana gris demasiado grande para su cuerpo, un cuerpo que parecía haberse ido consumiendo con el tiempo hasta quedar en lo esencial, huesos finos, hombros estrechos, clavículas que asomaban bajo la tela como ramas secas.
Los pantalones oscuros le quedaban holgados en las caderas y caían sin forma hasta unos pies descalzos, pálidos, con las venas azuladas dibujándose bajo la piel traslúcida.
No había color en sus mejillas. No había nada en ella que dijera que estaba viva, salvo los ojos gris verdoso que miraban el mar sin parpadear, fijos en un punto del horizonte que solo ella podía ver.
A su izquierda, apoyado contra la pared, descansaba un violín. El barniz brillaba tenuemente bajo la luz gris de la tarde. El arco estaba a su lado, sobre una mesita baja, colocado con una precisión milimétrica que hablaba de rituales, de repeticiones, de un orden que solo ella entendía.
Nora contuvo la respiración.
Había algo en la quietud de Celia que dolía. Como si su cuerpo estuviera allí pero su mente hubiera huido a un lugar donde nadie podía seguirla.
El mar golpeaba en silencio al otro lado del cristal.
Y Celia no quitaba la vista del horizonte.
Como si esperara algo que nunca iba a llegar.
O como si intentara olvidar algo que nunca podría dejar atrás.
Morcillo se colocó junto a la puerta, con los brazos cruzados, observando. Su presencia era una sombra fría en el borde de la escena.
Nora dio un paso hacia el interior de la sala. El suelo de madera crujió suavemente bajo su peso, un sonido que pareció amplificarse en aquel espacio. Celia no se movió. Seguía de pie junto al ventanal, los ojos fijos en algún punto donde el mar y el cielo se fundían en una misma línea gris.
—Celia —dijo Nora, con voz suave, manteniendo la distancia—. Me llamo Nora. Nora Delgado. He venido porque tu tía Ainhoa nos pidió ayuda. Quiere saber qué pasó aquella noche. Y yo creo que tú también quieres que alguien lo sepa.
Nada .
Celia no giró la cabeza, no movió las manos, no dio ninguna señal de haber escuchado.
Su cuerpo permaneció inmóvil, como si estuviera hecho de la misma piedra que los acantilados de abajo.
Solo el leve movimiento de su respiración, el subir y bajar casi imperceptible de los hombros, indicaba que seguía viva.
Nora dio otro paso. Morcillo, desde la puerta, apretó con fuerza sus brazos cruzados, pero no dijo nada.
—No vengo a obligarte a nada, Celia. No voy a hacerte preguntas que no quieras responder. Solo quería conocerte. Verte. Saber que estás bien.
El silencio se extendió como una mancha de aceite. Nora sintió el peso de cada segundo, la densidad del aire, la sensación de hablar con una pared que respiraba pero no escuchaba. O que escuchaba demasiado y por eso se había cerrado.
Probó otra vez.
— Tu tía me ha hablado mucho de ti, Celia.
Me ha contado cómo eras antes de que todo esto pasara.
Me ha dicho que cuando tocabas el violín, la gente dejaba de respirar.
Que había algo en la forma en que movías el arco, en cómo cerrabas los ojos y te perdías dentro de la música, que hacía que el mundo se detuviera un momento.
Nora hizo una pausa, observando la nuca inmóvil de Celia
El silencio siguió intacto, pero Nora creyó percibir algo.
Un movimiento mínimo en los dedos de Celia, un temblor casi imperceptible que recorrió su mano derecha. Pero no fue un gesto de apertura. Fue lo contrario. Los dedos se cerraron en un puño, las uñas clavándose en la palma.
—Celia, yo solo quiero…
No terminó la frase.
Celia se giró de golpe. Sus ojos, que hasta entonces habían sido dos pozos vacíos que miraban el mar, se clavaron en Nora con una intensidad que la hizo retroceder un paso.
No había rabia en esa mirada, no exactamente.
Había terror. Un terror antiguo, enterrado, que de pronto había encontrado una grieta por la que asomarse.
Negó con la cabeza.
Y entonces se movió.