Réquiem de silencio (Lobo y Delgado 5) 17
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La Kombi enfiló de nuevo la carretera estrecha que subía hacia Jaizkibel.

El cielo era distinto por la tarde, más plomizo, con nubes bajas que se arrastraban sobre los pinos como animales cansados.

El Cantábrico rugía a lo lejos, invisible tras la ladera, pero su presencia se sentía en el aire húmedo que entraba por las rendijas de las ventanillas.

Nora iba callada, con la vista perdida en el paisaje. Lobo conducía con las manos firmes en el volante, el bastón apoyado entre los asientos mientras Luna dormitaba en la parte de atrás. Sus orejas se movían de vez en cuando.

El portón del Instituto Mar de Bruma apareció tras una curva cerrada.

Esta vez no tuvieron que esperar, estaba abierto.

Avanzaron por el sendero de grava. Los jardines seguían igual de cuidados, las hortensias resplandecientes.

Lobo aparcó junto a la entrada principal.

Antes de que pudieran bajar, un grito atravesó el silencio.

—¡No me toquéis! ¡Quitadme las manos de encima!

Desde donde estaban, vieron a dos auxiliares cruzando el jardín a paso rápido.

Llevaban a un hombre entre los dos, sujetándolo por los brazos.

Él forcejeaba, los pies por la grava, la bata gris que se retorcía con cada movimiento.

Tendría unos cincuenta años, el pelo canoso despeinado, los ojos muy abiertos con esa mirada de quien ya no distingue el mundo real de sus propios demonios.

—¡Me están envenenando! —gritó el hombre—. ¡Las pastillas están envenenadas! ¡Quieren matarnos a todos!

Un tercer auxiliar apareció por detrás con una jeringa en la mano.

Se acercó al hombre con movimientos precisos, casi mecánicos.

Ni siquiera dudó. El pinchazo fue rápido, limpio, en el muslo.

El paciente se tensó un instante, luego su cuerpo empezó a aflojarse como una marioneta a la que le cortan los hilos.

Lo llevaron hacia el interior del anexo. Sus pies ya no se arrastraban. Colgaban.

Nora y Lobo intercambiaron una mirada.

La puerta de la villa se abrió antes de que llamaran.

Y allí estaba él.

El doctor Unai Morcillo salió al umbral. La bata blanca perfectamente planchada, el pelo claro peinado hacia atrás, los ojos azul claro que parecían atravesar, no mirar. Ese parecido sutil pero inquietante con Leonardo DiCaprio hizo que Nora levantara imperceptiblemente una ceja.

Lobo se bajó de la furgoneta apoyando el bastón con un golpe seco contra la grava. Nora lo siguió, cerrando la puerta con suavidad. Luna se quedó junto al coche, expectante.

—Inspector Lobo. Inspectora Delgado. —Su voz era suave, modulada—. Gracias por venir con tan poca antelación. Marta me informó de su intención de retomar la conversación sobre Celia Loza.

—En efecto, el abogado Álvaro Santisteban y Ainhoa Etxeberria han autorizado una entrevista supervisada con Celia. Entendemos que el centro ya dispone de la documentación.

Morcillo entrelazó las manos a la altura del abdomen.

—Sí, la hemos recibido. Y he leído los términos con atención. El permiso existe, aunque debo señalar que la decisión final sobre el acceso a Celia recae en su equipo médico. La autorización familiar no invalida mi obligación de protegerla.

Nora dio un paso adelante.

—Doctor, se lo diremos con claridad. No pretendemos obligar a Celia a hacer ni decir nada que no quiera o no pueda. Pero necesitamos verla. Ella es la única persona que puede iluminar lo que ocurrió aquella noche. Y usted lo sabe, aunque no le guste la idea .

La expresión de Morcillo no cambió, pero sus ojos sí, un leve destello de algo parecido al cansancio, o a una preocupación demasiado arraigada.

—Conozco la importancia del caso —replicó con calma—, pero también conozco la fragilidad de mi paciente.

Celia es una estructura delicada. No es cuestión de voluntad, ni de valentía.

Es cuestión de no romper lo poco que aún se sostiene.

Cualquier estímulo inesperado podría provocar una desregulación. Y una regresión sería… devastadora.

—Las visitas no serán inesperadas —respondió Lobo—. Usted controlará el entorno. Elegirá la sala. Supervisará. Puede situarse junto a ella si lo ve necesario. Pero queremos verla hoy.

Morcillo respiró hondo, como si midiera cada palabra que diría después.

—Si accedo, solo será en condiciones estrictas. Uno de ustedes. No los dos. Celia no puede tolerar múltiples estímulos simultáneos sin sobrecargarse.

Nora levantó una mano, frustrada.

—¿Y cómo sabe eso si lleva dos años aislándola?

Morcillo la miró, y por primera vez su voz adquirió un matiz más frío.

—No la he aislado, inspectora. La he protegido.

—Doctor, no hemos venido a discutir sus métodos. Hemos venido a ver a Celia. La autorización está firmada. El abogado ha dado su visto bueno. La tía también. Puede supervisar la entrevista, puede estar presente, puede intervenir si considera que algo va mal. Pero vamos a verla.

Morcillo sostuvo la mirada de Lobo durante un momento largo, como si estuviera midiendo hasta dónde podía tensar la cuerda sin que se rompiera. Finalmente, exhaló por la nariz y asintió con un movimiento casi imperceptible .

—Está bien. Pero solo uno de ustedes. Y yo estaré en la sala.

Lobo miró a Nora. Ella entendió sin necesidad de palabras.

—Iré yo —dijo, con una voz más suave de la que había usado hasta entonces—. Soy mujer. Quizá eso la haga sentirse menos amenazada.

Morcillo pareció considerar la propuesta. Sus ojos azules se detuvieron en Nora, evaluándola como si pudiera leer en su rostro lo que pensaba hacer una vez dentro.

—De acuerdo —concedió al fin—. La acompañaré personalmente.

Pero le advierto una cosa, inspectora. Celia no es como los testigos a los que está acostumbrada.

No responde a preguntas directas. No tolera la presión.

Si intenta forzarla, se cerrará por completo.

Y si eso ocurre, la entrevista habrá terminado antes de empezar.

Nora asintió despacio.

—Entendido.

Morcillo se giró hacia el pasillo que conducía al anexo blanco.

—Sígame.