16
Nora se quedó en silencio un momento. Luego miró a Lobo. Él tenía la mandíbula apretada, esa expresión que ponía cuando algo no le cuadraba.
—Espera un momento —dijo Nora, alzando una mano—.
Me estás diciendo que Gael Sáenz, el repertorista del Musikene, el tipo que nos recibió ayer en la playa de Zurriola con su perrazo y su cara de buen chico, no solo era amante de Rebeca sino que además le suministraba cocaína.
Y que eso nunca salió en ningún informe, en ninguna declaración, en ningún documento del caso.
—Eso es exactamente lo que te estoy diciendo.
—¿Y cómo es posible que algo así no aparezca en ningún sitio? Estamos hablando de un asesinato sin resolver. La policía tuvo que investigar su entorno, sus hábitos, sus relaciones. ¿Nadie se dio cuenta de que la víctima tenía un problema con las drogas?
Amara soltó una risa amarga.
—La policía vio lo que le dejaron ver. Y la familia Loza, o quien moviera los hilos por detrás, se encargó de que ciertos detalles quedaran enterrados.
Rebeca era la hija de buena familia, la estudiante brillante, la futura estrella de la dirección de orquesta.
Ese era el relato que convenía. Una chica con adicciones y una colección de amantes y adicciones no encajaba en esa historia.
—Cuando hablamos con Gael —dijo Lobo—, nos dio la impresión de que estaba resentido. Herido en su orgullo porque Rebeca lo dejó. Pero en ningún momento mencionó nada de esto. Nos habló de otros hombres, del tipo del coche caro, de los problemas con el juego. Pero de la droga, ni una palabra.
Amara levantó la barbilla .
—Espera, lo del coche caro. ¿Qué significa “tipo del coche caro”? Porque Rebeca, por lo que me contaron, no siempre iba sobrada. Con las apuestas tenía rachas en las que el dinero se le evaporaba y empezaba a pedir, a aplazar, a prometer lo que fuera con tal de seguir jugando.
Lobo sostuvo su mirada.
—Gael no dio muchos detalles. Solo que le constaba que ese hombre rondaba cuando Rebeca tenía problemas.
Amara dejó escapar un suspiro lento, como si atara cabos que no le gustaban.
—Entonces no suena a amante ni a capricho.
Suena a prestamista. Y los de verdad no se manchan las manos por romanticismo.
Prestan dinero rápido, con una sonrisa, y luego te pasan la factura con intereses que no salen en ningún papel.
Si Rebeca estaba enganchada al juego, es muy probable que acabara en manos de uno de esos prestamistas que se creen intocables.
La mujer se quedó pensativa.
—Claro que no dijo nada de la droga —añadió Amara, ya enlazando con lo otro—. Porque eso lo incrimina. Si admite que le pasaba droga a Rebeca, automáticamente se convierte en sospechoso. Un amante despechado es una cosa. Un camello que perdió a su mejor clienta es otra muy distinta.
Nora cruzó los brazos sobre el pecho.
—¿Crees que pudo matarla?
Amara tardó en responder. Se apartó de la mesa y caminó hacia la ventana, mirando el callejón estrecho que bajaba hacia el puerto.
—No lo creo. Gael es de esos que ladran mucho, pero muerden poco.
Pero los cobardes también matan, sobre todo cuando se sienten acorralados.
Y si Rebeca amenazó con delatarlo, o si le debía dinero que no podía pagar, o si simplemente lo humilló una vez más de la cuenta...
—dejó la frase en el aire y se volvió hacia ellos—.
Lo que sí os digo es que no os fieis de él.
Ni de él ni de ninguno de los hombres que pasaron por la vida de Rebeca.
Todos tienen algo que ocultar. Todos tienen motivos para mentir.
Luna se removió a los pies de Lobo, inquieta. El sol de la tarde había bajado y la luz que entraba por la ventana tenía ese tono anaranjado de las horas finales.
—¿Hay alguien más con quien podamos hablar? —preguntó Lobo—. Alguien que conociera a Rebeca desde otro ángulo. Que no fuera amante, ni compañero del conservatorio, ni parte del mundillo musical.
Amara se quedó pensativa unos segundos. Sus dedos tamborilearon sobre el alféizar de la ventana.
—Hay una persona —dijo al fin, con un tono más bajo, casi confidencial—. Algo que tampoco salió a la luz, porque Rebeca lo mantenía en secreto. Ni siquiera su hermana lo sabía, que yo sepa.
—¿De qué se trata?
—Rebeca iba a terapia. Llevaba más de un año visitando a una psicóloga, una mujer que tiene consulta aquí en San Sebastián, cerca del Boulevard.
Se llama Elena Zubieta. Rebeca no quería que nadie lo supiera porque le daba vergüenza.
Pensaba que admitir que necesitaba ayuda era una señal de debilidad, y ella no podía permitirse parecer débil ante nadie.
Pero iba religiosamente, una vez por semana, a veces dos cuando las cosas se ponían feas.
Nora descruzó los brazos.
—¿Cómo sabes tú eso si era un secreto?
—Porque llevo dos años detrás de este asesinato.
—¿Has hablado con esa psicóloga?
—Lo intenté. Me mandó a paseo, educadamente, pero con firmeza. Secreto profesional, me dijo. No podía confirmar ni negar que Rebeca hubiera sido su paciente. Pero la forma en que me lo dijo, la forma en que sus ojos cambiaron cuando mencioné el nombre, supe que estaba en lo cierto.
Lobo y Nora intercambiaron una mirada. Había algo ahí, una puerta que nadie había abierto todavía.
—Elena Zubieta —repitió Nora, grabándose el nombre.
—Elena Zubieta —confirmó Amara—. Si alguien sabe qué demonios pasaba dentro de la cabeza de Rebeca, qué la atormentaba, de qué huía o a quién temía, es ella. El problema es conseguir que hable. Pero vosotros sois investigadores profesionales. A lo mejor tenéis más suerte que yo.
Lobo se levantó despacio, apoyándose en el bastón. Luna se incorporó con él, lista para moverse.
—Gracias por la información —dijo, sin calidez, pero con respeto—. Nos has dado mucho en qué pensar.
Amara asintió. Luego, antes de que llegaran a la puerta, añadió:
—Una cosa más. Tened cuidado con los hombres de Rebeca.
Gael. Todos van a intentar venderos su versión de la historia, y todas esas versiones van a estar diseñadas para protegerlos a ellos, no para encontrar la verdad.
Si queréis saber qué pasó de verdad, buscad a las mujeres.
A Miren, a Elena, incluso a Celia si conseguís llegar a ella.
Las mujeres fueron las que sostuvieron a Rebeca cuando se caía.
Y las mujeres son las que guardan los secretos que importan.
La puerta se cerró tras ellos.
En el callejón, el aire olía a salitre y a algo más. A preguntas sin respuesta. A verdades enterradas que empezaban a removerse. Bajaron las escaleras en silencio, Luna delante, el hocico pegado a los peldaños gastados.
Cuando llegaron al portal, Nora se detuvo un momento para ajustarse la chaqueta. Miró a Lobo de reojo, con esa media sonrisa que él conocía demasiado bien. La sonrisa que precedía a los comentarios que prefería no escuchar .
—Oye, Félix.
—¿Qué?
—Se te iban los ojos con la senegalesa.
Lobo se quedó inmóvil, con la mano en el pomo de la puerta. Su tez pálida, esa piel que rara vez veía el sol y nunca cogía color, empezó a teñirse de un rojo suave que le subía desde el cuello hasta las mejillas.
—¿Qué dices? —respondió él, sin mirarla—. Estaba atento a lo que nos contaba. Tomando nota mental. Es mi trabajo.
—Ya, ya. Nota mental. —Nora amplió la sonrisa—. Pues la nota mental te ha durado un buen rato, mi niño. Sobre todo, cuando se ha dado la vuelta para ir a la ventana. Ahí la nota mental se ha convertido en un ensayo de varias páginas.
Lobo abrió la puerta del portal con más fuerza de la necesaria. El aire fresco del callejón le dio en la cara, pero no le quitó el color.
—No sé de qué me hablas.
—Félix, que te conozco. Que sé perfectamente cuándo estás escuchando y cuándo estás mirando. Y ahí arriba, en ese estudio, había momentos en los que no estabas escuchando.
Luna salió al callejón y se quedó esperando, al rabo en alto. Lobo agarró con fuerza el bastón y echó a andar sin responder. Nora lo alcanzó en tres zancadas y se colocó a su lado con cierta agilidad que el embarazo todavía no le había quitado.
—Oye, que no me enfado —dijo ella, con un tono más suave—. Lo entiendo perfectamente. Esa mujer tiene un cuerpo que quita el sentido. Las curvas, los labios, esas trenzas doradas cayéndole por la espalda... Si yo fuera hombre, también se me irían los ojos. Demonios, siendo mujer casi se me han ido.
Lobo suspiró, un sonido largo y profundo que parecía salirle del alma .
—Elena Zubieta —dijo, cambiando de tema con la sutileza de un elefante en una cristalería—. Mañana a primera hora.
—Mañana a primera hora —confirmó Nora, sin dejar de sonreír—. Hoy volvemos a Mar de Bruma.
Luna ladró suavemente, como si estuviera de acuerdo. O como si también hubiera notado que a Lobo se le habían ido los ojos más de la cuenta.
Echaron a andar hacia la Kombi, las sombras del callejón alargándose a su espalda.
—Félix —dijo Nora, justo antes de llegar al coche.
—¿Qué?
—Que te queda bien el rojo en las mejillas. Deberías sonrojarte más a menudo.