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Encontrarla no fue difícil. Bastaron veinte minutos con el móvil, un par de búsquedas en YouTube y tres vídeos para entender quién era Amara Kinte.
En la pantalla, su presencia llenaba el encuadre sin esfuerzo.
Trenzas doradas cayendo sobre los hombros, aros grandes que brillaban con cada gesto y una voz grave.
Hablaba del caso Loza como quien habla de una herida propia, con rabia contenida.
—Esta mujer sabe cosas —murmuró Nora, sin apartar la vista de la pantalla.
Lobo asintió. En el vídeo, Amara mostraba fotografías de Rebeca, recortes de prensa, capturas de declaraciones oficiales. Y siempre volvía al mismo punto: Celia. La hermana que no hablaba. La testigo que nadie escuchaba.
—Vamos a buscarla —dijo Lobo.
El Casco Viejo los recibió con su bullicio de media tarde.
Turistas que arrastraban los pies entre bares, camareros que esquivaban cuerpos con bandejas en alto y el olor a pintxos mezclándose con el salitre que subía desde el puerto.
Lobo y Delgado avanzaron por la calle Fermín Calbetón, torcieron por un callejón estrecho y desembocaron en Narrika.
El edificio era antiguo, con balcones de hierro forjado y una fachada que pedía a gritos una mano de pintura.
La puerta azul oscuro estaba entornada. Lobo empujó con el dorso de la mano y asomó la cabeza al portal.
Escaleras estrechas, peldaños gastados por décadas de pisadas, un olor tenue a humedad y a café reciente.
Subieron al primer piso con Luna mientras la perra olfateaba cada rincón con interés. Antes de que pudieran llamar, la puerta se abrió .
Amara Kinte apareció en el umbral.
Era más alta de lo que parecía en los vídeos, con unas curvas que la chaqueta vaquera no conseguía disimular.
Llevaba una camiseta de algodón con un estampado africano que se ajustaba al contorno generoso del pecho, vaqueros oscuros que marcaban las caderas y zapatillas blancas.
Las trenzas doradas le caían por la espalda, los aros grandes oscilaban suavemente con cada movimiento, y los labios, gruesos y carnosos, se curvaron apenas mientras los evaluaba con una mirada que no pedía disculpas.
—¿Quiénes sois?
Su voz era exactamente igual que en los vídeos. Profunda, directa, sin rodeos.
—Félix Lobo. Investigador privado. Ella es mi compañera, Nora Delgado.
Amara no se movió del umbral. Sus ojos oscuros pasaron de Lobo a Delgado, luego bajaron a Luna, y volvieron a subir.
—¿Investigadores privados? ¿Y qué queréis de mí?
—Hablar del caso Loza —dijo Nora—. Nos han dicho que llevas años investigándolo.
Algo cambió en la expresión de Amara. Un destello de interés, quizá de desconfianza, quizá de ambas cosas.
—¿Quién os lo ha dicho?
—Miren Aristegi.
El nombre flotó en el aire un momento. Amara apretó los labios, como si tuviera algo que decidir. Luego dio un paso atrás y abrió la puerta del todo.
—Pasad.
El estudio era pequeño pero ordenado con su propia lógica.
Un par de focos LED apuntaban a una pared de ladrillo pintada de blanco.
Sobre una mesa de madera reciclada descansaban un trípode, un micrófono suspendido de un brazo metálico y un portátil con la pantalla encendida.
En una esquina, un panel de corcho cubría casi toda la pared, lleno de notas, recortes de prensa, fotografías y capturas de pantalla conectadas por hilos de colores.
En el centro, dos rostros: Rebeca, sonriente en una foto de graduación, y Celia, con la mirada perdida en una imagen tomada desde lejos.
Nora se acercó al panel sin poder evitarlo.
—Llevas tiempo con esto.
—Dos años —respondió Amara, cruzándose de brazos—. Desde que cerraron el caso sin resolver nada. Desde que metieron a Celia en esa clínica y todo el mundo decidió olvidarse de ella.
—¿Por qué te importa tanto? —preguntó Lobo.
Amara lo miró directamente a los ojos.
—Porque nadie más parece que le importe.
Porque una chica fue asesinada y su hermana lleva dos años encerrada sin que nadie sepa qué pasó de verdad.
Porque la policía cerró el caso cuando dejó de salir en los periódicos y a los periodistas les interesó más el morbo que la justicia.
—Hizo una pausa—. Y porque sé lo que es que nadie te escuche.
Lo que es gritar y que el mundo siga caminando como si no existieras.
Luna se tumbó a los pies de Lobo, atenta.
—Nos ha contratado Ainhoa Etxeberria —dijo Nora—. Quiere saber qué pasó aquella noche.
Amara soltó una risa breve, sin humor.
—Ainhoa. La tía que apareció cuando ya no quedaba nadie más. La que firmó los papeles con el abogado para internar a Celia y luego desapareció —se paró, dubitativa—. Hasta hoy.
Nora asintió.
—Consiguió acceder a la casa de las hermanas hace poco. Después de todo el papeleo legal, los permisos, las trabas administrativas. Encontró unas fotos.
Amara alzó una ceja .
—¿Qué clase de fotos?
Ella sacó el móvil del bolsillo, buscó en la galería y le tendió la pantalla a Amara.
Amara estudió la imagen unos segundos. Luego soltó una carcajada que resonó en el pequeño estudio.
—Gael Sáenz. El repertorista guaperas. —Negó con la cabeza, todavía sonriendo—. Pobre idiota. Se creía especial.
—¿Lo conoces?
—Sé quién es. Y sé que no fue el único. —Amara le devolvió el móvil a Nora—. Rebeca coleccionaba hombres como quien colecciona sellos. Los usaba, los exprimía y cuando se aburría pasaba al siguiente. Era como si nunca tuviera suficiente. Como si buscara algo que ninguno de ellos podía darle.
Hizo una pausa. Sus dedos largos juguetearon con uno de los aros mientras su mirada se perdía un momento en el panel de corcho.
—Pero Gael era un caso aparte. No se limitaba a darle cariño, atención, esas cosas que dan los amantes normales.
Gael le pasaba droga. Cocaína, sobre todo.
A veces pastillas, a veces otras cosas, dependiendo de lo que Rebeca necesitara para seguir funcionando a ese ritmo que llevaba.
Ensayos hasta las tantas, conciertos, fiestas, más ensayos, noches sin dormir.
Ella lo ocultaba bien, hay que reconocerlo.
De cara a la galería era la estudiante modelo, la futura directora de orquesta, el orgullo del conservatorio.
Pero por detrás había otra Rebeca. Una que necesitaba esa ayuda química para no derrumbarse.
—¿Por eso no te cae bien?
—No lo trago porque va por ahí haciéndose el mártir.
El pobre enamorado al que Rebeca dejó tirado.
El corazón roto que todavía sufre por ella.
Me da asco, la verdad. Porque no era ningún inocente.
Sabía perfectamente lo que hacía. Le daba a Rebeca lo que ella pedía, la mantenía enganchada, y a cambio se sentía importante.
Se sentía necesario. El único que conocía su secreto, el único que podía darle lo que nadie más le daba.
Era un camello con buena cara y dedos de pianista, eso es lo que era. Nada más.