14
El bar ocupaba una esquina de la calle San Jerónimo, a dos pasos de la Parte Vieja.
La fachada era estrecha, con un toldo verde oscuro y un escaparate donde se amontonaban las botellas de txakoli junto a pizarras escritas con tiza.
Dentro, la barra de madera oscura brillaba bajo la luz cálida de las lámparas.
Sobre ella, una hilera de pintxos se exhibía como pequeñas obras de arte: anchoas del Cantábrico sobre tosta, txangurro gratinado, gildas atravesadas por palillos, croquetas doradas que desprendían un vapor suave.
El techo bajo, las paredes forradas de azulejos antiguos, el tintineo de los zuritos sobre la barra y el murmullo constante de las conversaciones creaban esa atmósfera densa y acogedora que solo tienen los bares que llevan décadas en el mismo sitio.
Lobo eligió una mesa al fondo, junto a la ventana.
Nora se dejó caer en la silla con un suspiro de alivio mientras Luna se acomodaba bajo la mesa.
Nada más tomó asiento, Lobo cogió la servilleta y empezó a frotar el plato con movimientos metódicos.
Luego pasó al tenedor, al cuchillo, a la cuchara.
Su expresión no cambió en ningún momento.
Nora lo observó con media sonrisa.
—¿Sabes que estamos en San Sebastián, no? Capital mundial de la gastronomía. Aquí los platos los lavan con agua bendita.
Lobo no respondió. Seguía con su trabajo de desinfección hasta que el metal brilló bajo la luz.
—No me convence —murmuró al fin, dejando los cubiertos alineados sobre la servilleta.
Nora puso los ojos en blanco y cogió la carta. Sus ojos recorrieron las opciones con una avidez que no intentó disimular. Kokotxas al pil—pil. Chipirones en su tinta. Bacalao a la vizcaína. Idiazábal con membrillo. Tarta de queso.
—Félix —dijo, bajando la voz como quien confiesa un pecado—. Mira esto. Míralo.
—Lo estoy mirando.
—No puedes pedirme que elija uno. Es inhumano.
—El médico fue claro. Nada de excesos. Ya sabes, control de peso, control de azúcar, control de sal.
—Ya, mi niño, pero es que esto no es un exceso. Esto es cultura. Patrimonio. Sería una falta de respeto no probarlo.
Lobo la miró sin parpadear.
—Nora.
—Vale, vale. —Levantó las manos—. Pero escúchame. ¿Y si pido varias cosas, pero poquito de cada una? Así no es un exceso. Es un muestrario. Una degustación. Eso es sano.
—Es lo mismo con otro nombre.
—No, no es lo mismo. Porque si como un plato entero de kokotxas y una chuleta, eso es exceso. Pero si como dos kokotxas, un chipirón, media croqueta y un trozo de queso así de pequeño... —juntó el pulgar y el índice hasta casi tocarse— ...eso es moderación. Moderación creativa.
Lobo suspiró. Luna gimió suavemente bajo la mesa, como si entendiera la batalla que se libraba por encima de su cabeza.
—Por favor —añadió Nora, con una voz que rozaba la súplica—. Llevo semanas comiendo como un conejo triste. Déjame disfrutar. Solo hoy. Luego vuelvo al pescado a la plancha, las verduras al vapor y al agua con limón. Te lo juro por la criatura.
Lobo la miró un momento más. Luego, muy despacio, apartó la carta y llamó al camarero con un gesto.
—Pondremos varios platos para compartir —dijo—. Pero las raciones pequeñas .
Nora sonrió con los ojos brillantes. El camarero se alejó con el pedido. Nora se recostó en la silla, satisfecha, acariciándose el vientre con gesto ausente.
—¿Sabes qué, Félix? Cuando nazca esta criatura, la voy a traer aquí. Y le voy a enseñar a comer bien desde el primer día.
Lobo no dijo nada pero pensar en el nacimiento le hizo sentir un bienestar difícil de explicar.
La expresión de Nora cambió enseguida, como si el paréntesis gastronómico hubiera terminado y la realidad volviera a ocupar su sitio.
—¿En qué piensas? —preguntó Lobo.
—En las hermanas Loza. En lo que hemos ido descubriendo estos días.
—Se recostó en la silla, cruzando las manos sobre el vientre—.
Cuando Ainhoa nos contrató, yo tenía una imagen muy clara de Rebeca.
La víctima perfecta, ¿sabes? Joven, guapa, brillante, con un futuro enorme por delante.
La clase de persona cuya muerte parece un desperdicio cósmico.
Pero ahora... ahora esa imagen se ha ido resquebrajando con cada conversación que tenemos.
Lobo asintió despacio.
—Al parecer, coleccionaba hombres. Además, tenía problemas con el juego. No es exactamente el perfil que salió en los periódicos.
—Ni el que recordaba yo del caso. Cuando ocurrió, hace dos años, los medios hablaban de ella como si fuera una especie de ángel truncado.
La joven directora de orquesta con un talento extraordinario, la huérfana que había superado la tragedia de perder a sus padres, la hermana mayor que cuidaba de Celia.
Nadie mencionó nada de esto. Ni las apuestas, ni los amantes, ni la forma en que usaba a la gente.
—Porque nadie quiso mirarlo. O porque alguien se encargó de que no se mirara.
Ella frunció el ceño, pensativa .
—Lo que me pregunto es cuánto de todo esto tiene que ver con lo que les pasó de niñas.
Perder a tus padres en un accidente de coche cuando tienes catorce años...
eso te marca para siempre. Y Celia tenía solo diez.
Diez años, Félix. A esa edad ni siquiera entiendes bien lo que significa la muerte.
Solo sabes que un día tus padres estaban ahí y al siguiente ya no están.
Y que el mundo, ese mundo que creías seguro, se ha convertido en un lugar donde las cosas desaparecen sin avisar.
—Cada una lo gestionó a su manera —dijo Lobo—. Rebeca hacia afuera. Fuego, rebeldía, intensidad. Necesitaba sentir que controlaba algo, aunque fuera destruyéndose a sí misma. Celia hacia adentro. Silencio, rutinas, música. Un refugio donde el ruido del mundo no pudiera alcanzarla.
—Y mira cómo acabaron las dos. Una muerta.
La otra encerrada en una clínica, sin hablar desde hace dos años.
—Nora negó con la cabeza—. A veces pienso que el accidente de sus padres fue solo el primer golpe.
Y que todo lo que vino después, las decisiones de Rebeca, las deudas, los hombres, lo que sea que pasó aquella noche, todo eso fue la onda expansiva.
El daño que se propaga mucho después de que la bomba haya explotado.
Lobo se quedó en silencio un momento, con la mirada perdida en algún punto de la barra.
—¿Qué impresión te dejó Gael? —preguntó al fin.
Nora resopló.
—El guaperas resentido. Eso es lo que parece a primera vista.
Un hombre herido en su orgullo porque la mujer que creía suya resultó tener otros planes y otros amantes.
Pero hay algo más, Félix. No sé qué es exactamente, pero lo noto.
Cuando hablaba de Rebeca, cuando describía cómo lo dejó, cómo pasó de ser alguien a ser nadie...
había rabia, sí. Pero también había algo más.
—¿Crees que sabe más de lo que dice ?
—Creo que todos saben más de lo que dicen.
Gael, Miren, probablemente hasta Ainhoa.
Este caso es como una de esas muñecas rusas.
Cada vez que abres una, hay otra dentro.
Y en el centro, en lo más profundo, está Celia.
La única que vio lo que pasó aquella noche.
La única que podría contarnos la verdad.
—Si es que puede contarla.
—O si quiere. —Nora se mordió el labio—.
Morcillo nos dejó claro que forzarla sería un error.
Que su silencio no es una decisión, es un mecanismo de supervivencia.
Pero tiene que haber alguna manera de llegar a ella.
Algún camino que no la rompa pero que nos permita entender qué demonios pasó en esa casa.
Lobo iba a responder cuando el camarero apareció junto a la mesa con una bandeja llena de platos pequeños.
El aroma llegó antes que las palabras. Anchoas brillantes sobre tostas de pan, kokotxas en una salsa verde que burbujeaba suavemente, chipirones negros como la tinta que los bañaba, croquetas doradas y crujientes, una tabla con queso idiazábal y membrillo cortado en láminas finas.
—Aquí tienen —dijo el camarero, distribuyendo los platos con precisión—. Las raciones pequeñas, como pidieron.
Nora contempló la mesa con los ojos muy abiertos.
—Dios mío —murmuró—. Esto es lo más bonito que he visto en semanas.
Lobo observó los platos sin cambiar de expresión. Luego cogió su servilleta y, con gesto metódico, limpió el borde del que tenía más cerca.
Ella puso los ojos en blanco.
—Félix, por favor. Deja de torturar la vajilla y come.
Él no respondió. Pero cogió el tenedor y pinchó una kokotxa. La sostuvo a la altura de los ojos, girándola despacio bajo la luz de la lámpara. La textura era gelatinosa, temblorosa, con una capa de salsa verde que goteaba hacia el plato. Lobo frunció el ceño .
—¿Qué demonios es esto exactamente?
Nora, que ya se había llevado una a la boca y masticaba con los ojos cerrados de puro placer, tardó un momento en responder.
—Kokotxas. La parte inferior de la cabeza de la merluza. Justo debajo de la mandíbula. Es como una especie de papada del pescado, si quieres verlo así. Toda gelatina y colágeno. Por eso tiene esa textura tan suave, tan sedosa. Se deshace en la boca sin necesidad de masticar apenas.
Félix miró la pieza que colgaba de su tenedor con renovada desconfianza.
—La papada de un pez.
—La papada más cara y cotizada de todo el Cantábrico, mi niño. Hay restaurantes con estrella Michelin que matan por servir esto. Y tú la tienes ahí, mirándola como si fuera un bicho raro.
—Es un bicho raro. Es la mandíbula de un animal, de un pez para ser más exactos.
—Es un manjar. Un tesoro gastronómico. Generaciones de cocineros vascos han perfeccionado esta receta durante siglos.
El pil—pil, esa salsa que ves ahí, se hace ligando el aceite con la gelatina natural de la kokotxa, moviendo la cazuela sin parar hasta que emulsiona.
No lleva huevo, no lleva nata, no lleva nada más que aceite, ajo, guindilla y paciencia.
Es pura alquimia, Félix. Arte en estado líquido.
Lobo seguía con el tenedor en el aire.
—¿Y se supone que tengo que comerme la papada gelatinosa de un pez muerto porque unos cocineros llevan siglos haciéndolo?
—No. Te la tienes que comer porque está buenísima y porque si no lo haces, me la como yo. Y el médico me ha prohibido los excesos.
Lobo bajó la mirada hacia el tenedor. La pieza seguía allí, temblorosa, brillante, completamente ajena al escrutinio al que estaba siendo sometida. Respiró hondo, como quien se prepara para saltar al vacío, y se la llevó a la boca.
Masticó despacio.
Ella lo observaba con la atención de un científico ante un experimento crucial.
—¿Y bien?
Lobo tragó. Su expresión no cambió, pero algo en sus ojos se suavizó un milímetro.
—No está mal.
Nora soltó una carcajada.
—¿No está mal? Acabas de probar una de las joyas de la gastronomía española y lo único que se te ocurre es "no está mal". Eres un caso perdido, Félix Lobo.
Él pinchó otra kokotxa sin responder. Nora sonrió y atacó los chipirones.