13
Miren tardó en responder. Se frotó las manos como si tuviera frío.
—Rebeca necesitaba sentirse viva. Siempre. El conservatorio, los conciertos, los aplausos, eso la llenaba. Al menos durante un tiempo, pero luego necesitaba más. Más intensidad. Más riesgo.
—¿Riesgo?
—Hombres —dijo Miren, casi en un susurro—. Rebeca coleccionaba hombres. No por maldad, no crean. Era más bien como si buscara algo que nunca encontraba. Se enamoraba rápido, intensamente, y luego se aburría. Pasaba al siguiente. Dejaba un rastro de corazones rotos y ella seguía buscando.
Nora intercambió una mirada rápida con Lobo.
—¿Algún nombre que recuerde?
Miren soltó una risa breve, sin humor.
—¿Por dónde empiezo? Hubo profesores, compañeros, gente de fuera. Rebeca no distinguía. Si alguien le interesaba, iba a por él.
—Nos han hablado de Gael Sáenz —dejó caer Lobo.
El rostro de Miren se tensó apenas, un parpadeo más largo de lo normal.
—Gael. Sí. El repertorista.
—¿Qué puede decirnos de él?
Miren se recostó en el sofá, cruzando las piernas. Sus dedos seguían cerca del estuche del violín.
—Gael era uno más. Guapo, eso sí. Muy guapo, con ese cuerpazo que vuelve loca a cualquier mujer. Y lo sabía. Se creía especial porque Rebeca le dedicaba tiempo, porque ensayaban juntos hasta tarde. Pero no era el único. Nunca fue el único .
—Él nos dijo que Rebeca tenía problemas con el juego —dijo Nora—. Casinos, apuestas, tragaperras.
Miren se quedó callada un momento. Sus ojos se movieron hacia la ventana, hacia el agua de la bahía que brillaba bajo el sol de media mañana.
—Gael siempre fue un resentido —dijo al fin—. No soportó que Rebeca lo dejara. Que hubiera otros. Que él no fuera suficiente.
—Entonces, ¿lo del juego es mentira?
—No he dicho eso.
El silencio se alargó demasiado. Luna levantó la cabeza, atenta al cambio de tono.
—Rebeca tenía sus demonios, ¿quién no? —continuó Miren, eligiendo las palabras con cuidado—.
El juego era uno de ellos. Pero no era como Gael lo pinta.
No era una adicta desesperada que debía dinero a medio mundo.
Era más bien una forma de vivir. Como todo lo demás.
Necesitaba la adrenalina, la emoción de apostar, de ganar o perder.
Le daba igual el dinero. Le importaba la sensación.
—¿Y cuándo perdía? ¿No tuvo problemas económicos?
—A Rebeca le gustaba apostar, sí. Ya les he dicho que le daba emoción. Pero de ahí a tener problemas de dinero —negó con la cabeza—. Si hubiera tenido deudas serias, me habría enterado. Y no, nunca hubo nada de eso.
Lobo dejó pasar unos segundos mientras acariciaba la cabeza del águila del bastón.
—¿Alguien más se interesó por la muerte de Rebeca? ¿Aparte de la policía?
Miren se quedó callada un momento. Sus dedos tamborilearon sobre el brazo del sofá, nerviosos.
—Al principio vino mucha gente. Periodistas, curiosos, buitres de todo tipo.
Querían saber, querían fotos, querían declaraciones.
Yo cerré la puerta y no abrí durante semanas.
Pero hubo una persona que no se rindió. Una mujer.
Volvió una vez, y otra, y otra. Me dejaba notas en el buzón, mensajes en el móvil.
No de forma agresiva, ¿saben? Más bien, insistente. Como si de verdad le importara.
—¿Quién era?
—Una de esas que hacen vídeos en internet.
Youtuber , influencer , no sé cómo lo llaman ahora.
Ese mundo no me interesa. Sí, tal vez no encaje con mi edad, pero yo me paso el día con partituras y ensayos, no tengo tiempo para redes sociales ni para esas cosas.
Pero esa mujer, era diferente. No buscaba el morbo.
O al menos eso parecía. Decía que quería justicia.
Que había demasiadas preguntas sin respuesta.
Que alguien tenía que seguir buscando cuando la policía dejara de hacerlo.
—¿Recuerda cómo se llamaba?
Miren frunció el ceño, haciendo memoria.
—El nombre exacto no lo sé. Pero no es alguien que pase desapercibida, se lo aseguro.
Es senegalesa. Alta, guapa, con unas trenzas largas doradas que le llegan casi a la cintura.
Habla con una voz muy... no sé cómo explicarlo, muy firme.
De esas voces que hacen que la gente escuche.
Tiene un canal donde habla de crímenes sin resolver, de injusticias, de casos que todo el mundo ha olvidado.
Y el de Rebeca se convirtió en una especie de obsesión para ella.
—¿Por qué dice obsesión?
—Porque no lo soltó. Después de que la policía cerrara el caso, ella seguía haciendo vídeos.
Seguía buscando. Entrevistó a gente del conservatorio, habló con vecinos, removió todo lo que pudo.
Y desde el momento en que Celia acabó internada en esa clínica, también se metió en eso.
Decía que había algo que no cuadraba. Que una chica no se queda muda de la noche a la mañana sin motivo.
Que alguien estaba protegiendo algo o a alguien.
Nora se inclinó un poco hacia adelante.
—¿Usted habló con ella ?
—Lo intentó. Varias veces. Pero yo no quise.
—Miren bajó la mirada hacia sus manos—. Ya había pasado por el calvario de la policía, de las preguntas, de tener que repetir lo mismo una y otra vez.
No quería más. Solo quería olvidar y seguir con mi vida.
Así que no le abrí la puerta. Le dije que me dejara en paz y al final lo hizo.
Pero siguió investigando por su cuenta. De eso estoy segura.
—¿Sabe cómo podemos encontrarla?
—Búsquenla en internet. En YouTube, en Instagram, donde sea. Con esa descripción no creo que les cueste mucho. Y si de verdad quieren saber qué pasó con Rebeca, hablen con ella. Lleva desde la muerte de Rebeca metida en esto. Probablemente sepa cosas que ni yo sé.
Luna se movió a los pies de Lobo, inquieta. El sol había cambiado de posición y las sombras del apartamento se habían alargado.
—Una última cosa —dijo Nora—. ¿Cree que esa mujer encontró algo?
Miren tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó más baja.
—Yo creo que, si no hubiera encontrado nada, habría dejado de buscar hace tiempo. Y no lo ha hecho.