12
La mañana llegó gris, con ese cielo bajo que parecía una sábana húmeda tendida sobre la ciudad. Nora mordisqueaba con tristeza una tostada integral con unas gotas de aceite de oliva mientras miraba por la ventana del apartamento. La Concha seguía ahí, perfecta, indiferente a todo.
—¿Lista? —preguntó Lobo desde el pasillo. Ya llevaba la gabardina puesta y Luna esperaba junto a la puerta, el rabo de lado a lado en un continuo movimiento.
—Un momento. —Ella dio un último sorbo al café descafeinado y arrugó la nariz—. Esto sabe a agua sucia con pretensiones.
Lobo no respondió. Se limitó a abrir la puerta y esperar.
El trayecto hasta la localidad de Pasaia fue corto. La Kombi bordeó la bahía, dejó atrás el puerto y enfiló la carretera con ritmo pausado. Nora iba callada, con la vista perdida en el paisaje.
—¿En qué piensas?
Se encogió de hombros antes de responder.
—En el coche caro. En el tipo que aparecía cuando las cosas iban mal.
Silencio. Solo el motor de la Kombi de fondo.
—Los problemas con dinero nunca son solo de dinero —dijo Félix al fin.
Nora asintió despacio, sin añadir nada más. Luna asomó el hocico entre los dos asientos y olfateó el aire que entraba por la rendija de la ventanilla. Lobo redujo la velocidad.
Pasaia apareció de golpe, encajado entre la ladera y el agua como un secreto bien guardado.
Las casas se apretaban unas contra otras, fachadas estrechas pintadas en colores vivos que el salitre había suavizado con los años sin quitarles la vida.
Verdes intensos, azules de barca, rojos que resistían.
Los balcones de madera, muchos con geranios asomando entre los barrotes, colgaban sobre callejones tan angostos que obligaban a caminar en fila.
El agua de la bahía lamía los muros de las casas más bajas, reflejando el color de las fachadas como un espejo roto.
Lobo aparcó la Kombi en un ensanche junto al muelle.
El olor llegó antes que la imagen, salitre, gasóleo, pescado que ya no estaba pero había dejado su huella en el aire.
Unas barcas pequeñas se mecían amarradas a los noráis, con las redes amontonadas en cubierta.
Una gaviota graznó desde un poste y otra le respondió desde algún tejado.
Nora bajó del coche y respiró hondo.
— Quillo , mira que preciosidad —dijo, mirando alrededor.
Lobo no respondió. Cerró la puerta y dejó que Luna saltara a la acera. La perra pegó el hocico al suelo, como si absorbiera todos los olores nuevos. Él consultó la dirección en el móvil y señaló un callejón que subía en pendiente desde el muelle.
—Por ahí.
Subieron en silencio. Las paredes de las casas casi se tocaban en lo alto, dejando apenas una franja de cielo gris.
El suelo era de piedra irregular, pulida por años de pasos y de lluvia.
De alguna ventana salía un rumor de radio, una voz en euskera que hablaba de mareas y capturas.
Un gato negro los observó desde un alféizar y desapareció al otro lado sin prisa.
La casa de Miren Aristegi estaba al final de la cuesta. Un portal estrecho, pintura verde, un buzón metálico con el nombre escrito a mano en una etiqueta amarillenta. Lobo pulsó el timbre.
Esperaron .
El silencio del callejón era interrumpido solo por el graznido lejano de las gaviotas, que revoloteaban sobre sus cabezas, y el chapoteo del agua contra los cascos de las barcas.
Luego, unos pasos al otro lado de la puerta.
Y el chasquido de una cerradura.
La puerta se abrió despacio, apenas una rendija. Un ojo castaño los observó durante un par de segundos antes de que la cadena se descorriera.
Miren Aristegi era menuda, con un cuerpo fibroso.
El pelo castaño, recogido en una coleta descuidada, dejaba al descubierto un rostro sin maquillaje, ojeras leves y una boca que parecía haber olvidado cómo sonreír.
Llevaba un jersey de lana que le quedaba grande, vaqueros desgastados y calcetines gordos de andar por casa.
—¿Sí?
—Buenos días. Soy Félix Lobo, investigador privado. Ella es Nora Delgado, mi compañera. ¿Podríamos hablar con usted un momento?
Miren frunció el ceño. Sus ojos bajaron hacia Luna, que esperaba sentada junto a la pierna de Lobo, y luego volvieron a subir.
—¿No será por lo de Rebeca?
Félix asintió.
—Ya hablé con la policía. Hace dos años.
—Lo sabemos —intervino Nora, con voz suave—. No somos policía. La familia de Rebeca nos ha contratado. Su tía, Ainhoa Etxeberria.
El nombre flotó en el aire. Miren se quedó inmóvil un instante, como si la palabra hubiera tocado algo dentro de ella. Luego bajó la mirada.
—Ainhoa —repitió en voz baja—. ¿Cómo está?
—Después de tanto tiempo le gustaría encontrar respuestas .
Miren se mordió el labio. Miró hacia el interior de la casa, luego otra vez a ellos. Parecía estar librando una batalla consigo misma.
—Pasen —dijo al fin, haciéndose a un lado.
El apartamento era pequeño pero luminoso.
La bahía de Pasaia entraba por un ventanal amplio y teñía las paredes de un azul suave.
Las partituras se amontonaban en una mesa junto a la ventana, al lado de un atril metálico y una taza de té a medio beber.
En el sofá, un estuche de violín abierto mostraba el instrumento como si acabara de dejarlo.
Olía a café recién hecho y a madera vieja.
Miren recogió unas revistas de una silla y les indicó que se sentaran. Ella se quedó de pie un momento, indecisa, y finalmente se dejó caer en el borde del sofá, cerca del instrumento. Sus dedos largos rozaron el estuche como si necesitara el contacto.
Luna se echó a los pies de Lobo, atenta.
—No sé qué puedo contarles que no haya contado ya —empezó Miren, cruzando los brazos sobre el pecho—. Pasó hace mucho tiempo. He intentado... seguir adelante.
—Lo entendemos —dijo Nora—. Y sentimos tener que remover esto. Pero a veces, con el tiempo, se recuerdan cosas que entonces no parecían importantes.
Miren asintió despacio, sin mirarlos directamente. Sus ojos estaban fijos en algún punto del suelo.
—Rebeca era mi mejor amiga. Nos quedábamos ensayando hasta las tantas, comíamos juntas, salíamos juntas. Era... era como una hermana.
—¿Podría describirla? —preguntó Lobo.
Miren soltó un suspiro largo.
—Brillante. Eso es lo primero que todo el mundo dice, ¿no? Y es verdad. Tenía un talento que daba miedo. Cuando dirigía, aunque fuera en un ensayo de clase, la sala cambiaba. La gente se callaba. Escuchaba. Obedecía. Tenía ese don.
—Pero —añadió Nora, dejando la palabra suspendida.
Miren levantó la vista por primera vez.
—Pero Rebeca también era complicada. Intensa. Vivía todo al máximo, lo bueno y lo malo. Cuando estaba arriba, el mundo era suyo. Cuando estaba abajo —Negó con la cabeza—. Era difícil estar cerca de ella en esos momentos.
—¿Qué la hacía caer?