11
Gael soltó un resoplido breve, casi una risa.
—Quererla. Esa es la palabra.
Linda se incorporó y dio unos pasos hacia Luna. Las dos perras volvieron a olfatearse, esta vez más relajadas, reconociéndose ya. Gael las miró un momento, como si el gesto le diera tiempo para pensar.
—Rebeca era de esas personas que te atraen aunque sepas que no deberías acercarte —dijo, bajando la voz—. Tenía algo. No solo el físico, que también. Era la forma en que te miraba. Como si supiera exactamente lo que estabas pensando. Y lo usaba.
—¿Lo usaba?
—Sabía el efecto que provocaba. En los profesores, en los compañeros, en cualquiera. Y no le importaba. Jugaba con eso. —Se frotó el cuello—. No digo que fuera mala persona. Solo que... sabía moverse. Conseguía lo que quería.
El viento arreció un momento y Nora se subió el cuello de la chaqueta. Luna se apretó contra sus piernas buscando calor.
—¿Y usted qué quería de ella? —preguntó Lobo. La voz grave, directa.
Gael lo miró por primera vez a los ojos. Tragó saliva.
—Lo mismo que todos, supongo.
El silencio que siguió fue largo. Solo el mar, rompiendo una y otra vez con esa paciencia infinita que tienen las cosas que no necesitan respuesta.
—Tuvimos... algo —admitió al fin—. No fue largo. Unos meses. Ella marcaba los tiempos, yo los seguía. Como en un ensayo, ¿sabe? Solo que el repertorio lo elegía ella.
—¿Y cómo terminó ?
Gael se pasó la mano por la melena negra, despacio. Linda volvió a su lado y él le acarició la cabeza sin mirarla.
—Como terminan esas cosas. Un día simplemente dejó de buscarme. Sin explicaciones. Sin drama. Pasé de ser alguien a ser nadie. Otra vez el pianista que acompaña.
El graznido de una gaviota que planeaba sobre sus cabezas rompió el silencio. El sol ya rozaba la línea del monte y las sombras del paseo se habían alargado hasta casi tocar el agua.
—¿Le dolió? —preguntó Nora.
Gael tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó más ronca.
—Más de lo que me gustaría admitir.
Lobo dejó que el silencio se estirara. A veces el silencio era mejor que cualquier pregunta. Gael se removió, incómodo. Linda captó algo en su dueño y se levantó, pegándose a su pierna.
—¿Sabe qué es lo peor? —dijo Gael al fin, sin que nadie le hubiera preguntado—. Que yo no fui el único idiota.
Nora no se movió, pero sus ojos se afilaron.
—¿A qué se refiere?
Gael soltó un resoplido amargo. Se agachó para acariciar a Linda, evitando mirarlos directamente.
—Rebeca coleccionaba. Así lo llamaba ella.
Coleccionar. Como si fuéramos cromos. —La risa que escapó de su garganta no tenía humor—.
Yo tardé meses en darme cuenta. Me sentía especial, ¿saben?
El elegido. El que la entendía. El que la acompañaba en los ensayos hasta las tantas mientras los demás se iban a casa.
Una ola rompió con más fuerza. Luna alzó la cabeza, atenta al cambio de ritmo del mar.
—¿Y quiénes eran los otros? —preguntó Lobo.
Gael se incorporó despacio. Se frotó el hombro malo como si de pronto le doliera de verdad .
—Mire, yo no soy policía ni detective. No me dediqué a seguirla. Pero en un sitio como el Musikene todo se sabe. Los pasillos hablan. Las miradas hablan.
—Denos un nombre.
El hombre miró hacia el monte Ulía, que empezaba a oscurecerse contra el cielo. El viento había traído nubes bajas desde el oeste y el naranja del atardecer se había vuelto gris.
—Hubo un tipo —dijo, bajando la voz—. No era del conservatorio. Venía a buscarla a veces. Coche caro, pero él no iba a juego. Chaqueta de cuero, mandíbula apretada, mirada de los que no pestañean. Todo en él olía a problema.
—¿Cómo se llamaba?
—Nunca lo supe. Pero Rebeca cambiaba cuando hablaba de él. Se ponía... diferente. Nerviosa. Era otra cosa.
Nora frunció el ceño.
—¿Qué clase de otra cosa?
Gael tardó en responder. Linda gimió suavemente y él le rascó detrás de las orejas para calmarla. O para calmarse a sí mismo.
—Rebeca tenía un problema —dijo al fin—.
Con el juego. Las tragaperras, el casino, las apuestas online.
Lo ocultaba bien, pero si la conocías, veías las señales.
Los altibajos de humor. Los mensajes a deshoras.
Las veces que desaparecía sin explicación y volvía con los ojos enrojecidos.
—Hizo una pausa—. Y ese tipo aparecía siempre después de las rachas malas.
El skate park estaba vacío ya. Solo quedaban un par de latas rodando con el viento y el eco de las ruedas que ya no estaban.
—¿Está diciendo que le debía dinero? —preguntó Nora.
—Estoy diciendo que Rebeca no era lo que parecía. Y que ese hombre... —Gael se detuvo. Tragó saliva—. Una vez la vi discutir con él en el aparcamiento. Ella estaba nerviosa, no paraba de agitar las manos. Hasta que él le sujetó del brazo. No con cariño .
Lobo intercambió una mirada rápida con Nora. Luna se había puesto de pie, como si el tono de la conversación la hubiera alertado.
—¿Se lo contó a alguien? —preguntó Lobo—. ¿A la policía?
Gael negó con la cabeza.
—Cuando murió, yo estaba destrozado. Y asustado. Pensé que si abría la boca... —No terminó la frase—. Además, ¿qué iba a decir? ¿Que mi ex tenía un amante misterioso y un problema con el juego? Suena a resentido. A despechado. A sospechoso.
El mar había oscurecido del todo. Ya no era naranja ni gris. Era negro, con crestas blancas que brillaban un instante antes de deshacerse.
—¿Quién más sabía esto? —preguntó Nora—. ¿Alguien cercano a ella?
Gael asintió despacio.
—Había una chica. Íntima de Rebeca. La única persona con la que se abría de verdad. Estudiaban juntas, compartían piso un tiempo. Si alguien sabe quién era ese hombre, es ella.
—¿Nombre?
—Miren. Miren Aristegi. —Lo dijo como quien suelta un peso—. Trabaja ahora en la Orquesta de Euskadi. Violín segundo. No sé si querrá hablar, pero si Rebeca confió en alguien, fue en ella.
Lobo se levantó del banco. Luna se pegó a su pierna, lista para moverse. Nora hizo lo mismo, un poco más despacio, con la mano rozando el vientre sin darse cuenta.
—Gracias por su tiempo —dijo Lobo.
Gael asintió. Parecía aliviado y agotado a partes iguales. Linda tiró suavemente de la correa, queriendo irse.
—Una cosa más —añadió Gael, cuando ya se alejaban—. Rebeca me dijo algo una vez. Unas semanas antes de morir.
Se detuvieron. El viento silbaba entre las estructuras del skate park .
—Una vez me dijo que estaba metida en algo gordo. Que cuando saliera de aquello, iba a cambiar de vida. Irse lejos. Empezar de cero. —Su voz se quebró un poco—. Nunca supe a qué se refería. Pero creo que tenía miedo. Rebeca, que no le tenía miedo a nada, tenía miedo.
El silencio que siguió fue espeso, cargado.
Luego Gael se dio la vuelta y echó a andar hacia el paseo, con Linda a su lado. Su enorme silueta se fue empequeñeciendo contra el cielo oscurecido hasta que desapareció entre las farolas que empezaban a encenderse.
Nora se quedó mirando el punto donde había desaparecido.
—¿Tú le crees? —preguntó.
Lobo tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó grave, rasposa.
—Creo que nos ha contado lo que le conviene contar.
Luna gimió suavemente. El mar seguía golpeando la arena con esa paciencia infinita que tienen las cosas que saben esperar.
—Miren Aristegi —dijo Nora, pronunciando el nombre como si lo memorizara.
—Y el hombre del coche caro —añadió Lobo.
Nora asintió. Se subió el cuello de la chaqueta y empezó a caminar hacia la Kombi.
—Vamos. Me muero de hambre y no puedo comer nada de lo que me apetece.
Pero antes de alejarse del todo, se giró una última vez hacia el mar. El viento le apartó el pelo de la cara.
—Félix —murmuró.
—¿Sí?
—Rebeca quería huir de algo. Y alguien se aseguró de que no pudiera hacerlo.