10
El Kursaal quedaba a su espalda, plantado junto a la desembocadura del Urumea como dos rocas geométricas varadas en mitad de la ciudad.
Dos cubos de vidrio verdoso, casi traslúcido, que a esa hora recogían la luz del mediodía y la devolvían sin brillo.
Desde allí, el Paseo de la Zurriola se estiraba hacia el este en una línea limpia, una costura entre la ciudad y el Cantábrico.
A un lado, el rumor urbano; al otro, la playa abierta, ancha, todavía salpicada de cuerpos a pesar del viento.
El paseo estaba vivo. Patinadores con sudaderas grandes y mochilas colgando; parejas sentadas en el muro de piedra, hombros pegados, manos que se buscan sin prisa; surfistas descalzos con la tabla bajo el brazo, el neopreno enrollado hasta la cintura.
La espuma llegaba mansa, rompiendo a media voz, como si el mar aún no hubiera decidido qué humor traer.
Luna tiraba de la correa, olfateando el aire salado con esa intensidad que reservaba para los lugares nuevos.
Más adelante, el pequeño skate park aparecía como una cicatriz de hormigón entre la arena y el asfalto.
Rampas grises, barandillas pulidas por el roce, el golpe seco de las tablas contra el suelo.
Un grupo de chavales ensayaba trucos mientras otros miraban desde el borde, latas de bebida en la mano, capuchas subidas aunque no hacía frío.
El ruido de las ruedas se mezclaba con el oleaje de fondo, un ritmo irregular que llenaba el aire sin pedir permiso.
Lobo señaló un banco de madera cerca del límite del parque, orientado hacia el mar. Estaba vacío.
—Ahí —dijo.
Se sentaron sin hablar. Luna se echó a los pies de Nora, el hocico hacia la playa.
El viento traía olor a sal y a cera de tabla.
Detrás, la punta de Monpás cerraba la playa con su silueta verde y rotunda, y más allá, donde el paseo perdía nombre, el Cantábrico recuperaba su tono más oscuro, más hondo.
Nora se removió en el banco, incómoda. Se llevó la mano al vientre de forma automática y luego la apartó, como si no quisiera que Lobo lo notara. Pero él lo notaba todo.
—¿Estás bien?
—Perfectamente —respondió ella, aunque su mirada se había desviado hacia un chaval que pasaba con un cucurucho de patatas fritas—. Es solo que... ¿Tú sabes lo que daría yo ahora mismo por un trozo de tarta de queso de La Viña?
Lobo no dijo nada. Solo la miró.
—Un trozo pequeño —insistió Nora, alzando el pulgar y el índice para marcar una porción ridícula—. Así, blandita por dentro, con ese tostado de arriba que cruje un poco. Tibiecita. Con un café. O sin él, me da igual, solo la tarta.
—El médico fue claro.
—El médico es buen hombre, pero no ha probado esa tarta.
—Nora.
—Vale, vale. —Levantó las manos en señal de rendición—.
Ya lo sé. Azúcar no, harinas las justas, fruta sí pero sin pasarse, verduras, proteína magra y beber agua como si fuera un camello antes de cruzar el Sáhara.
Lo tengo aquí grabado. —Se dio un golpecito en la sien—.
Pero eso no quita que una servidora tenga derecho a soñar.
Lobo esbozó algo parecido a una sonrisa.
—Cuando nazca, te llevo a La Viña.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo .
Nora asintió despacio, satisfecha con el trato. Se recostó un poco en el banco y dejó que la brisa le moviera el pelo. Luna bostezó a sus pies.
—Eso sí, mi niño —añadió, sin mirarlo—, cuando vayamos, pienso pedir dos porciones. Una por mí y otra por los meses de sufrimiento.
Lobo no respondió. Pero la comisura de su boca se curvó un milímetro más.
El hombre que apareció a unos pocos metros en su dirección tendría treinta y tantos años y era muy grande.
Más incluso que Lobo. Metro noventa y muchos.
Bronceado. Llevaba la espesa melena negra echada para atrás y el pelo le llegaba bien por debajo de los hombros.
Sus facciones eran fuertes, viriles, una barba sin afeitar de varios días y en el mentón tenía un gran hoyuelo.
Vestía una gruesa sudadera gris, pantalones vaqueros amplios y sandalias sin calcetines.
Le acompañaba un gran perro. Les dirigió una rápida mirada. Los ojos grises eran curiosos e inteligentes. Un Tarzan con tal vez un buen coeficiente intelectual, pensó Nora. Se puso a su lado y les sonrió.
—Ainhoa tenía razón, esa gabardina y el bastón son inconfundibles.
Luna se incorporó al instante, el rabo tenso, olfateando el aire. Nora aflojó un poco la correa, dejando espacio sin perder el control.
—Tranquila, … —murmuró.
Gael bajó la mano hacia su perra.
—Ella manda. Se llama Linda. Es un bullmastiff. La única raza que se adiestró específicamente para atacar personas. En Inglaterra en el siglo XVIII los utilizaban contra los cazadores furtivos en los terrenos de los nobles .
El perro se acercó a paso lento hacia Luna. El saludo fue el de siempre. Dos círculos breves. Narices que se buscan. Un olfateo meticuloso, casi ceremonioso.
—Le agradecemos que haya aceptado vernos para hablar sobre Rebeca Loza —lanzó Nora.
El hombre se pasó la mano por la cabeza. Cambió su semblante serio por una pequeña sonrisa.
—Disculpen que hayamos quedado aquí. Ainhoa me avisó que vendrían al Musikene pero tengo el hombro hecho trizas—Se tocó el derecho, con cuidado—. Me lesioné haciendo surf. Una tontería. Un mal giro, una ola que no perdona.
—¿Cuánto tiempo lleva usted en la profesión? —preguntó Lobo.
—Estudié piano, claro. Con buena base, concursos, lo típico.
Durante un tiempo quise ser concertista.
Lo digo sin vergüenza, lo quise de verdad.
—Se encogió de hombros—. Luego entiendes que no basta con tocar bien.
Además, en los conservatorios te enseñan a tocar, pero no te enseñan a sobrevivir —continuó Gael—.
Yo empecé acompañando: pruebas de acceso, audiciones, clases particulares.
Pianista acompañante. Y tocas. Tocas lo que te pongan delante.
Un aria que no has visto nunca, un instrumento que entra tarde, un cantante que se ahoga.
Y aprendes a sostenerlo. Eso, con el tiempo, se convierte en un oficio.
Y el oficio si lo haces bien, te abre puertas que el virtuosismo no abre.
—¿Y ahí aparece la palabra “repertorista”? —preguntó Nora.
—Un repertorista es un acompañante con responsabilidades.
No solo tocas detrás, preparas. Enseñas.
Te pasas horas con un cantante trabajando respiraciones y fraseo; con un instrumentista, articulación y estilo; con un director, lectura y estructura.
En ópera, por ejemplo, eres el que conoce la partitura como si la hubiera escrito.
En un conservatorio superior, eres el que hace que el alumno llegue al ensayo real con la orquesta sin hundirse en el primer compás.
Nora observó a Linda, que vigilaba como un guardián. Luego volvió a Gael.
—¿Y en el Musikene qué hacía exactamente? Dígamelo como si yo no supiera nada de ese mundo.
—Al principio, lo básico, acompañar clases, exámenes, pruebas.
Luego ya me asignaron repertorio fijo: canto, instrumentos, alguna clase de dirección donde se trabajaban reducciones.
En un centro así, el repertorista es el que abre el aula antes que nadie y la cierra después.
El que está cuando el alumno cree que no puede más.
—¿Y así fue como como conoció a Rebeca Loza?
El semblante del hombre cambió. No mucho, apenas un parpadeo de más, un ajuste en la mandíbula. Se llevó la mano al hombro lesionado, aunque no parecía dolerle en ese momento.
—Rebeca. Sí. Claro.
Linda se había tumbado junto al banco, pero al oír el nombre alzó la cabeza un instante, como si detectara algo en la voz de su dueño. Luna la observaba desde su posición, inmóvil, atenta.
—La conocí en su segundo año —continuó Gael—. Dirección de orquesta. Vino a trabajar una reducción de Mahler conmigo. La Quinta. Un hueso.
Se quedó mirando el mar. Una ola rompió más fuerte que las anteriores y la espuma trepó unos metros por la arena antes de retroceder.
—Era buena —dijo al fin—. Muy buena. Tenía oído absoluto, memoria fotográfica para las partituras, un sentido del tempo que no se enseña. Sabía lo que quería antes de abrir la boca. Y cuando la abría... —Hizo una pausa. Se rascó la barba—. Digamos que no todos los profesores lo llevaban bien .
Nora ladeó la cabeza.
—¿Difícil?
—Exigente. Consigo misma y con los demás. No aceptaba medias tintas. Si algo no funcionaba, lo decía. Sin filtro. Eso en este mundillo... —Dejó la frase en el aire y se encogió de hombros.
El sol había empezado a bajar hacia el monte Urgull, tiñendo el agua de un naranja sucio. Los chavales del skate park recogían sus cosas. El ruido de las ruedas fue apagándose, sustituido por el murmullo constante del oleaje.
Lobo no había dicho nada en un rato. Observaba a Gael con esa quietud suya que incomodaba más que cualquier pregunta. El hombre cambió el peso de un pie a otro. Metió las manos en los bolsillos de la sudadera.
—¿Ustedes también creen que yo...?
—No creemos nada todavía —cortó Nora—. Solo queremos entender cómo era ella. Quién la conocía. Quién la quería.