Réquiem de silencio (Lobo y Delgado 5) 9
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A primera hora de la mañana el Hotel de Londres y de Inglaterra se alzaba frente a la bahía con la fachada blanca, elegante, organizada a golpe de simetría.

Filas y filas de balcones estrechos repetían el mismo gesto hacia el mar extendido bajo una luz de invierno que no terminaba de decidirse entre el gris y el plata.

En lo alto, el rótulo rojo con el nombre rompía la neutralidad del conjunto y lo anclaba al lugar.

Lobo aparcó la Kombi en una calle lateral, lejos del paseo.

Bajó primero, apoyó el bastón en el suelo y dejó que el cuerpo se ajustara al cambio de terreno.

La humedad del Cantábrico se le pegó a la piel como una segunda camisa.

Nora salió después y se abrochó el abrigo mientras miraba hacia la Concha. El viento traía olor a sal.

Cuando llegaron a la puerta giratoria del hotel, el cristal devolvió por un instante sus siluetas superpuestas con la bahía.

Un cuerpo alto y desgarbado con gabardina, bastón en mano, junto a otro mucho más pequeño y compacto, abrigo con el cuello subido y unos rizos negros revoloteando por el viento.

Ella no pudo disimular una sonrisa ante la imagen.

El recibidor tenía alfombras que amortiguaban las pisadas y las lámparas, altas y doradas, daban una luz agradable. Una música suave, casi educada, flotaba desde algún altavoz escondido. El conserje los acompañó hacia un comedor acristalado.

Al llegar, el espacio se abrió como una boca luminosa.

Arcos blancos, molduras delicadas, lámparas de brazo con tulipas amarillas, y una hilera de mesas que daban al paseo.

Al otro lado del cristal, la Concha desfilaba con su calma engañosa.

La barandilla, los bancos, las personas caminando despacio.

Apenas un suspiro de voces y el tintineo de una cucharilla girando lentamente en una taza de porcelana.

El abogado estaba allí. Ocupaba una mesa pegada al ventanal, a la altura exacta para vigilar el pasillo de entrada.

Tenía delante una bandeja con bollería recién horneada, mantequilla en porciones envueltas en plata, mermeladas alineadas por colores, zumo de naranja.

Y, en el centro, una cafetera de plata pulida.

Mordía un croissant sin prisas, limpiándose las migas con una servilleta de lino. Traje azul grisáceo, bien cortado. Camisa blanca, corbata oscura sin alardes. Gemelos discretos. Cuando les vio aproximarse, se levantó.

—Investigadora Delgado. Investigador Lobo. Gracias por venir —dijo—. Con todos los respetos, les agradezco que hayan solicitado una reunión y no hayan intentado atajos que no proceden.

—Señor Santiesteban —Nora acompañó sus palabras con una ligera inclinación de cabeza.

Álvaro Santisteban apenas llegaba al metro setenta, y tenía una constitución extraña, difícil de encajar en un solo golpe de vista.

Los hombros, estrechos, casi tímidos bajo la americana; la cintura, en cambio, se abría hacia unas caderas amplias y unos muslos anchos que parecían pedir pantalón de otro corte.

Tenía el pelo castaño, tupido, peinado con disciplina hacia un lado, sin un cabello fuera de sitio y unas canas incipientes le adornaban las sienes.

Parapetado tras unas gafas de pasta que le venían grandes, tenía cierto aire de profesor.

Los ojos miraban con una mezcla de cálculo y prudencia.

La nariz, aguileña, le cortaba el perfil y reforzaba esa impresión de ave que observa antes de lanzarse.

El abogado señaló las sillas frente a él. Lobo colocó el bastón con cuidado para que no golpeara el suelo. Santisteban esperó a que el camarero se alejara antes de volver a hablar .

—Bien. Ya estamos. Díganme exactamente qué les ha dicho Morcillo y qué les ha pedido la señora Etxeberria —empezó—. Cuanta más precisión, menos malentendidos.

Nora fue directa al grano.

—El doctor Morcillo nos ha explicado por qué Celia no habla y por qué una visita puede desestabilizarla. Lo entendemos. También nos ha dejado claro que, aunque su tía nos contrate, usted es quien autoriza cualquier contacto. Hemos venido para eso. Para que nos dé el consentimiento.

Santisteban asintió como si ya conociera cada frase.

—Con todos los respetos, el doctor no se equivoca al ser prudente.

Celia es una paciente vulnerable, con un cuadro complejo, y con un historial mediático que la dejó convertida en una caricatura.

En estas condiciones, la curiosidad bienintencionada puede hacer daño.

Y el daño, una vez hecho, no se corrige con una disculpa.

Lobo sostuvo la mirada fija en el abogado.

—No venimos a satisfacer curiosidad, señor Santisteban. Venimos porque su silencio mantiene el caso congelado. Si Celia es la única que estaba allí, necesitamos verla. No para exprimirla. Para saber si hay margen de comunicación. Si hay cualquier cosa que no sea ese muro.

Santisteban dejó el cuchillo de mantequilla en el plato, alineado con el borde. Luego sonrió apenas.

—Eso es una interpretación, investigador.

Ustedes creen que verla les dará “margen”.

Yo creo que puede darle a ella una razón más para cerrarse.

Seamos rigurosos. Celia lleva dos años sostenida en un mundo precario.

La rutina, el silencio, la previsibilidad.

Cualquier elemento nuevo puede entrar como una piedra contra un cristal.

Nora tomó la palabra .

—Si me permite una interpretación, su prudencia también es una forma de control. Y el control, cuando se estira demasiado, se parece a una jaula.

El abogado mantuvo la compostura. Pero el puente de las gafas volvió a moverse bajo el índice. Dos toques.

—No me gusta esa palabra, inspectora.

Santisteban dejó la servilleta sobre el regazo con una precisión excesiva y, antes de contestar, ajustó de nuevo el puente de las gafas. Dos toques.

—Con todos los respetos, ustedes confunden dos planos —respondió—.

El penal, que se alimenta de hechos, y el civil, que se alimenta de responsabilidades.

En el plano civil, Celia no es “la única que estaba allí”, como han dicho antes.

Celia es una adulta que no puede ejercer su autonomía con normalidad.

Eso obliga a articular apoyos, autorizar actos, documentar cualquier intervención.

Si no se hace así, no se protege a Celia, se la expone.

—Y aun así, la tía ha dado el visto bueno.

—Ainhoa ha sido el único pilar estable en esa familia desde que murieron los padres—admitió Santisteban—.

Y precisamente por eso me preocupa verla tan…

insistente. Está cansada. Está harta de notar que todo se decide lejos de ella.

Harta de pedir permiso para cosas que, en su cabeza, deberían ser simples.

La conozco desde hace años. Antes incluso del crimen.

Cuando fallecieron los padres de Rebeca y Celia, aquello no fue solo una tragedia familiar.

Fue un terremoto jurídico. Había bienes, sociedades, cuentas, una casa, seguros, inversiones.

Dos menores de edad y una tía que, de un día para otro, tuvo que sostenerlo.

Yo era el albacea y contador—partidor. Dicho en términos claros, yo era el encargado de ordenar la herencia, partirla conforme a la ley y al propio testamento, y evitar que el patrimonio se deshiciera entre trámites, urgencias y malas de cisiones.

No es un título honorífico. Es un mandato. Y conlleva responsabilidad.

Lobo asintió, despacio.

—Usted gestionó los bienes.

—Los gestioné y los protegí —corrigió Santisteban—.

Y trabajé con notaría, registro, bancos.

Coordiné la tutela de hecho en lo cotidiano, y el encaje formal cuando fue necesario.

Es por ello que tengo el deber de exigir garantías.

Y me da el papel de canalizar decisiones sensibles cuando la persona afectada no puede manifestar un consentimiento libre y estable.

Celia, hoy, no puede. Por eso el juzgado autorizó un marco de apoyos.

Por eso Mar de Bruma trabaja con protocolos.

Y por eso, cuando ustedes piden entrar, no basta con un “sí” emocional de Ainhoa.

Hace falta un “sí” articulado, documentado, con condiciones y con supervisión clínica.

Nora dejó que terminara sin interrumpirlo.

—No le pedimos que nos abra una puerta de par en par.

Le pedimos una rendija con su supervisión.

Si Celia no tolera nuestra presencia, nos vamos.

Si reacciona mal, paramos. Pero si existe una mínima posibilidad de contacto, y nadie la prueba por miedo a equivocarse, entonces sí que la están condenando.

Santisteban escuchó en silencio. Miró un instante el paseo detrás del cristal, la gente que caminaba como si no tuviera nada que perder. Volvió a ellos.

—Ainhoa me ha insistido, sí —dijo al fin—. Y no solo por tozudez. Me habló de Rebeca como no lo hacía desde hacía años. Esa llamada fue… persuasiva. Y me recordó mi obligación moral, aunque mi obligación legal sea otra.

El abogado inspiró despacio.

—De acuerdo —cedió finalmente, sin sonrisa—. Voy a autorizar una visita supervisada. Lo haré por la insistencia de Ainhoa, y lo haré porque, aunque me pese, hay un punto en el que proteger se parece demasiado a esconder. Pero vamos a dejar algo absolutamente claro.

Santisteban apoyó la mano sobre la carpeta, como si sellara un acuerdo.

—Si esa visita tiene un impacto negativo en Celia, si Morcillo me informa de cualquier retroceso clínico, por mínimo que éste sea, se acabó. Se olvidan de volver a pisar Mar de Bruma. No habrá segunda oportunidad. Porque mi firma en ese consentimiento es una responsabilidad, no una cortesía.