Réquiem de silencio (Lobo y Delgado 5) 48
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El despacho de Álvaro Santisteban ocupaba la cuarta planta de un edificio noble en la calle Easo, una de esas fincas señoriales de fachada de piedra y portal con suelo de mármol donde el portero todavía saludaba con una inclinación de cabeza y los ascensores conservaban paneles de madera barnizada.

Lobo y Nora subieron sin pedir cita. Habían decidido que la sorpresa formaba parte del plan. Llamaron al timbre y la recepcionista, una mujer joven de gesto profesional, los miró con esa cortesía que tienen los empleados acostumbrados a filtrar visitas no deseadas.

—¿Tenían cita?

—No —dijo Lobo—. Pero el señor Santisteban va a recibirnos.

—Lo siento, en este momento está ocupado y...

—Dígale que somos Lobo y Delgado. Que es sobre Celia Loza. Y que es urgente.

La recepcionista dudó un segundo. Luego cogió el teléfono y marcó la extensión. Habló en voz baja, escuchó, asintió, colgó.

—Pueden pasar. Última puerta a la derecha.

El pasillo estaba enmoquetado en un gris ratón que absorbía los pasos. Las paredes mostraban grabados antiguos enmarcados con discreción, mapas náuticos, vistas de San Sebastián del siglo XIX.

La última puerta a la derecha estaba abierta. Santisteban los esperaba de pie detrás de su escritorio, una mesa de roble macizo que ocupaba casi un tercio del despacho. Llevaba un traje azul marino impecable, camisa blanca, corbata granate. Las gafas de montura fina en su sitio.

—Investigadores, qué sorpresa. Pasen, por favor .

No les tendió la mano. No sonrió. Solo señaló las dos butacas frente al escritorio y volvió a sentarse en su sillón de cuero. Detrás de él, un ventanal daba a los tejados del centro de Donostia. Más allá, la torre de la catedral del Buen Pastor se recortaba contra un cielo de marzo encapotado.

Se sentaron. Lobo apoyó el bastón contra el reposabrazos. Nora cruzó las manos sobre el vientre.

—¿En qué puedo ayudarles?

—Celia ha hablado —dijo Lobo, sin preámbulos.

Santisteban no movió un músculo. Pero algo cambió en sus ojos.

—Disculpen. ¿Cómo dice?

—Ha hablado. Después de dos años de silencio, ha hablado.

—Eso es imposible. El cuadro clínico de Celia es muy claro y...

—Sus cuadros clínicos no nos interesan, señor Santisteban —cortó Nora—. Lo que nos interesa es lo que nos ha contado. Y lo que nos ha contado le incumbe a usted directamente.

Santisteban se recostó en su sillón. Cruzó las manos sobre el escritorio, los dedos entrelazados con esa pulcritud administrativa con la que hacía todo.

—Con todos los respetos, lo que esa pobre chica les haya podido contar en su estado debe ser tomado con extremada cautela.

Lleva años bajo medicación, su percepción de la realidad está profundamente alterada, y cualquier declaración por su parte carece de validez clínica y, desde luego, jurídica.

Si han venido a contarme una fantasía construida por una paciente psicótica, les recomiendo que vuelvan por donde han venido.

—Celia no es psicótica —dijo Lobo—. Nunca lo ha sido. Y lo que nos ha contado no es una fantasía. Es un relato detallado de lo que ocurrió la noche que murió su hermana. Detalles que solo podía conocer alguien que estuviera allí.

—Sigan.

—Nos ha contado que aquella noche había un hombre en la casa. Un hombre que discutía con Rebeca. Un hombre al que Rebeca insultaba y comparaba desfavorablemente con el doctor Morcillo. Un hombre que en un momento de la discusión perdió el control y abofeteó a Rebeca.

Santisteban no respondió. Pero el doble toque al puente de las gafas se produjo.

—Y nos ha contado que ese hombre era usted, señor Santisteban.

—Eso es una calumnia gravísima.

—Es lo que Celia nos ha dicho. Y nos lo ha confirmado señalando una fotografía suya.

—La palabra de una enferma mental contra la mía. Vamos a ver hasta dónde llegan ustedes con eso en un juzgado.

—Hay más —dijo Nora.

Santisteban giró la cabeza hacia ella. La cortesía profesional había desaparecido. Lo que quedaba era una expresión más fría, más afilada, más pendiente de cada palabra.

—¿Más qué?

—Más detalles. Celia bajó las escaleras con un arma.

Una pistola pequeña, calibre treinta y ocho, que Rebeca le había enseñado meses antes, escondida detrás de un libro verde en la balda más alta de la biblioteca.

Las obras completas de Bach. Le dijo: "Bichito, si alguna vez pasa algo, aquí lo tienes.

" Esas fueron sus palabras exactas. Celia las recuerda perfectamente.

—Eso no demuestra nada.

—Cuando Celia llegó a la puerta de la cocina, le vio a usted a punto de pegarle a Rebeca otra vez.

Y le apuntó. Y apretó el gatillo. Pero no tenía experiencia con armas, le temblaban las manos, falló el tiro.

La bala impactó en Rebeca, en la cara. Su hermana cayó al suelo.

Y mientras Celia se quedaba paralizada por el shock, usted hizo lo que mejor sabe hacer.

—Esto es absurdo.

—Recogió el arma con un pañuelo —continuó Nora, sin pausa—.

Luego se acercó a Rebeca, le tomó el pulso con dos dedos en el cuello, y confirmó que estaba muerta.

Y luego se dirigió a Celia, que seguía allí, paralizada, y le dijo: "Tú no has visto nada.

Tú no has bajado. Tú has estado arriba todo el rato. "

Santisteban se había puesto pálido. Las manos seguían entrelazadas sobre el escritorio, pero los nudillos se le habían blanqueado por la presión.

—Y antes de irse —añadió Lobo—, le puso la mano en la cabeza. Le dijo "mejor así, bichito". Y se fue.

—Cállense.

—Y a partir de ese momento, usted se aseguró de que Celia no pudiera hablar nunca.

La internó en una clínica donde controlaba al psiquiatra a través de los fondos de la Fundación de Ainhoa.

Bloqueó cualquier visita externa que pudiera comprometerle.

Cuando los avances de Celia con Nora empezaron a poner en riesgo su silencio, presionó al doctor Morcillo para aumentar la medicación ansiolítica.

Y cuando supo que Celia había mostrado terror ante su presencia en la habitación de la clínica, en lugar de preguntarse qué le pasaba a la paciente, decidió que había que sedarla más.

—Cállense de una vez.

—La pistola sigue en su poder —dijo Nora—.

O eso, o la hizo desaparecer hace tiempo.

Y la deuda de Rebeca con los prestamistas de Madrid, que usted saldó tres días antes de su muerte con doscientos mil euros sacados de la sociedad patrimonial Loza, tampoco era un acto de generosidad.

Era un movimiento para controlarla. Para tenerla agradecida.

—¡Cállense!

El grito rebotó contra las paredes del despacho.

Santisteban se había puesto de pie, con las manos apoyadas en el escritorio y los ojos desencajados detrás de las gafas.

La fachada del profesional impecable se había agrietado en cuestión de minutos, dejando ver al hombre que había debajo.

Un cobarde acorralado, con miedo, con rabia, con la conciencia de que todo lo que había construido durante años se le desmoronaba entre los dedos.

Se quedó así varios segundos, jadeando. Luego se dejó caer otra vez en el sillón. Se quitó las gafas. Se frotó los ojos con el pulgar y el índice de la misma mano.

—Yo no la maté.

Las palabras salieron pequeñas. Casi infantiles.

—Lo sabemos —dijo Lobo—. La mató una bala que disparó Celia por error.

Pero usted fue la causa de que esa bala se disparara.

Y todo lo que vino después, los dos años de silencio de Celia, su internamiento, el dinero que movió, las presiones a Morcillo, la muerte indirecta de Gael... todo eso lo provocó usted.

—Yo no tuve nada que ver con la muerte de Gael.

—Indirectamente, sí. Su pánico al saber que estábamos investigando le hizo recaer en la heroína. Era un hombre frágil.

Santisteban negó con la cabeza, despacio, como si la negación pudiera deshacer algo.

—Yo solo quería protegerme. Tengo familia. Tengo dos hijos. Una mujer que no se merece esto. Una carrera de veinte años. ¿Saben lo que va a pasar cuando esto salga? ¿Saben lo que van a chismorrear? ¿Lo que van a decirles a mis hijos en el colegio? ¿A mi mujer en el club? ¿Mis clientes?

—Lo sabemos —dijo Nora—. Y le tiene que dar igual .

—Que fácil es decirlo.

—No es fácil. Pero es justo. Rebeca está muerta. Celia ha pasado dos años hundida en un silencio que usted le impuso. Gael ha muerto. Y todo eso pesa más que su matrimonio, que sus hijos, que su club y que su despacho.

Santisteban volvió a ponerse las gafas. Las manos le temblaban tanto que tardó dos intentos en colocarlas bien. Cuando lo consiguió, miró a Lobo.

—¿Qué van a hacer?

—Ya lo hemos hecho. La Ertzaintza está en camino. Nos hemos asegurado de que tuvieran toda la información antes de venir.

—Han...

—Una investigadora privada no detiene a nadie.

Eso lo hace la policía. Pero la información que les hemos pasado, sumada al testimonio de Celia, a la confesión del doctor Morcillo sobre las presiones que sufrió, a los movimientos bancarios documentados y a las declaraciones de Marta Larrauri, debería ser suficiente para que un juez pueda juzgarlo.

Santisteban se quedó mirando el escritorio. Sus dedos, esos dedos que tantas veces habían firmado contratos y movido fortunas, ahora estaban quietos sobre la madera, derrotados.

—¿Cuánto tiempo tengo?

—El que tarden en subir.

Como si lo hubieran ensayado, en ese momento sonó el timbre de la recepción. Voces masculinas. Pasos firmes por el pasillo enmoquetado. Dos agentes de la Ertzaintza aparecieron en la puerta del despacho, uniformes oscuros, gestos serenos pero inequívocos.

—¿Álvaro Santisteban Aramburu?

—Soy yo.

—Tiene que acompañarnos .

Santisteban se levantó despacio. Se ajustó la chaqueta con un gesto automático, como si fuera a una reunión más.

Cogió el reloj de la mesa y se lo puso en la muñeca.

Miró el despacho una última vez, como si quisiera memorizarlo, o despedirse de él, o convencerse de que de verdad lo estaba dejando atrás.

Uno de los agentes le puso las esposas. El metal hizo clic contra las muñecas.

—Tiene derecho a guardar silencio. Cualquier cosa que diga...

Santisteban no escuchó el resto. Tenía los ojos fijos en algo que solo él podía ver. Quizá la cara de su mujer. Quizá los rostros de sus hijos. Quizá la imagen de Rebeca aquella noche, cayendo al suelo con la mejilla destrozada. Lo sacaron del despacho.

Lobo y Nora se quedaron solos durante unos segundos. El silencio era denso, cargado de todo lo que acababa de pasar.

Nora se levantó con esfuerzo y se apoyó en el reposabrazos.

—Vámonos, mi niño. Aquí ya no pintamos nada.

Lobo asintió. Cogió el bastón y se levantó también. Antes de salir, echó un último vistazo al despacho. A la mesa de roble. A los grabados de la pared. Al ventanal con vistas a la torre del Buen Pastor.

Veinte años de construir una reputación. Un instante para derrumbarla.

Salieron al pasillo. La recepcionista los miró con los ojos muy abiertos, sin saber qué decir. No le dijeron nada. Bajaron en el ascensor de madera barnizada. Cruzaron el portal de mármol. Saludaron al portero con un movimiento de cabeza.

Y cuando salieron a la calle Easo, el sol de marzo había empezado a romper las nubes y la luz se derramaba sobre el adoquinado como si lavara algo. La ciudad seguía su ritmo, ajena a todo lo que acababa de ocurrir cuatro pisos más arriba .

—¿Sabes qué, Félix? —dijo Nora, mientras caminaban hacia la Kombi.

—¿Qué?

—Que me muero de hambre. Y esta vez vamos a comer lo que yo diga.

Lobo no respondió. Pero la comisura de su boca se curvó un milímetro. Un gesto que Nora conocía demasiado bien,

Caminaron unos pasos más en silencio. Luna los vio desde la furgoneta y empezó a mover la cola contra el cristal. Antes de cruzar la calle, Nora se detuvo. Se llevó las dos manos al vientre, y se quedó un instante con la vista fija en un punto indefinido del adoquinado.

—Félix.

—¿Sí?

—¿Tú crees que va a ser niño o niña?

—No lo sé.

Nora levantó la vista hacia él.

—Pero sea lo que sea, mi niño, le vamos a llamar como nos dé la gana. Y de pequeño, hasta que decida que ya no quiere, le vamos a llamar bichito.

Lobo la miró.

—Bichito —repitió, despacio.

—Bichito. Porque esa palabra no se la queda él. Esa palabra es de las hermanas. Y ahora va a ser nuestra. Y de la criatura.

Lobo asintió. Le puso una mano sobre las que ella tenía en el vientre. El bebé respondió de inmediato, con un golpe suave que los dos notaron.

—Bichito —dijo él otra vez.

Cruzaron la calle hacia la Kombi. Luna ladró una vez, breve, como si los saludara.

El sol acabó de abrirse paso entre las nubes y la luz cayó sobre los tejados de Donostia con una claridad nueva, casi imposible.

Lejos de allí, en Mar de Bruma, Celia descansaba por primera vez sin apretar los puños, sin temblar, sin huir de sus demonios.

Aún quedaban médicos, un juicio y una condena que quizá no la nombraría como a una asesina, sino como a una muchacha quebrada por una noche imposible.

Pero, por primera vez en mucho tiempo, también quedaba algo parecido a un futuro.