Réquiem de silencio (Lobo y Delgado 5) 5
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La sala estaba casi vacía a esa hora. Afuera, el mar golpeaba contra el acantilado con un ritmo grave, irregular, que vibraba en el suelo y le subía por los tobillos como un pulso ajeno.

Celia entró despacio, sin mirar a nadie, sin comprobar si la puerta quedaba abierta o cerrada. Caminó directa hacia el violín.

El instrumento descansaba sobre la mesa, perfectamente alineado con el borde, tal y como ella lo había dejado la tarde anterior. Ese detalle la calmó. Lo primero fue colocar la funda unos centímetros más a la derecha, hasta que el borde coincidió con la línea del dibujo del parquet.

Luego se sentó.

Tomó el violín. El tacto cálido de la madera bajo los dedos la situó en un lugar que conocía mejor que cualquier habitación del mundo. Aún así, tuvo que respirar dos veces antes de levantar el arco. Una, dos. La tercera ya no era necesaria.

Comenzó a tocar.

La melodía era conocida. El Adagio de Albinoni.

Pero para ella no era música, eran líneas.

Curvas. Patrones que se repetían y regresaban, como si el sonido dibujara un mapa en el aire.

Las notas largas eran territorios seguros.

Las cortas, pequeñas rocas donde apoyar los pies.

El cuerpo se le aflojaba al seguir ese orden secreto que otros llamaban arte y que para ella era, simplemente, respiración.

A mitad del primer compás algo cambió. Fue un detalle mínimo, una vibración distinta en la segunda cuerda.

Nadie más lo habría notado. Ella sí. Celia paró en seco.

No porque sonara mal —no sonaba mal—, sino porque la sensación le rompió el mapa durante un instante.

La habitación se movió un poco. El aire se volvió demasiado grande .

La imagen llegó sin avisar.

Un golpe. Otro. Un ruido metálico desde abajo, como un objeto chocando contra el suelo.

No era recuerdo completo, solo fragmentos.

Luz temblando en el pasillo, la sensación del arco que se le resbalaba de los dedos, el olor a barniz de la escalera.

Su cuerpo respondió antes que el pensamiento.

Apretó el violín contra el cuello, fuerte, tanto que dejó de sonar.

El pulgar comenzó a frotar el índice. Una vez. Dos. Tres. Cuatro.

El silencio se hizo enorme.

No sabía cómo detener la imagen. Nunca sabía. No había palabras allí dentro, solo esa presión detrás del esternón, como si algo quisiera salir pero no encontrara el camino.

Respiró.

Contó mentalmente. Una… dos… otra más.

El patrón funcionó. Siempre funcionaba si nadie hablaba, si nadie tocaba, si la luz no cambiaba de golpe. Cuando el mundo volvió a estar quieto, colocó el arco de nuevo en la cuerda. Ajustó el punto exacto donde debía caer. Repitió el gesto hasta que los músculos recordaron.

Luego tocó otra vez, más despacio.

La música volvió a construirle un pasillo por el que caminar sin caerse. No pensó en el hospital. No pensó en la noche. No pensó en Rebeca. Pensar solo hacía ruido. Ella necesitaba lo contrario.

Al llegar al último compás, dejó que el sonido muriera por sí solo. Nadie aplaudió. Nadie tenía que hacerlo. A fin de cuentas, no tocaba para que la oyeran.

Cuando el sonido desapareció, Celia mantuvo el arco levantado un instante más, como si aún necesitara asegurarse de que el aire no iba a romperse otra vez.

No bajó la mirada. No la movió. Solo escuchó.

El silencio no era silencio. Tenía capas, pequeñas ondas que resonaban en la sala vacía.

Ella podía distinguirlas. Siempre podía.

Su respiración empezó a regularse, lenta, mecánica. Era el único engranaje que todavía obedecía.

El violín seguía apoyado contra su clavícula. A veces, después de tocar, lo dejaba a un lado enseguida; otras, como aquel día, lo mantenía pegado al cuerpo porque separarlo le producía una sensación rara, como si soltara algo que la sostenía.

La sala olía a madera húmeda y a un desinfectante suave que nunca terminaba de disiparse.

Ese olor llevaba semanas acompañándola, y aunque no le gustaba, había aprendido a aceptarlo.

Era parte del lugar. Parte del hueco donde su mente había decidido quedarse.

Un sitio pequeño, sin riesgo, sin preguntas.

No abrir.

No mover.

No recordar.

La secuencia aparecía y desaparecía como un pulso enterrado, no como palabras reales.

Se quitó el violín del hombro con la misma delicadeza con que otros acarician a un ser querido.

Lo colocó sobre la mesa, alineado exactamente con el borde.

Después volvió a ajustar la funda, apenas dos centímetros, casi el mismo gesto que había hecho al entrar.

A veces repetía movimientos sin darse cuenta.

Otras veces, repetía para asegurarse de que el mundo seguía en su sitio.

Se quedó de pie unos segundos. Inmóvil. La música, aunque ya no sonaba, seguía flotando dentro, como un pasillo en penumbra que aún podía recorrer sin miedo. No había nada más allí. Ni voces. Ni miradas. Ni preguntas.

Ese era el equilibrio que podía sostener.