6
Delgado cerró la puerta de la Kombi con un gesto suave, como si no quisiera perturbar la magia del lugar.
La bruma avanzaba desde los pinos en ondas irregulares, se enroscaba en torno al portón y parecía aferrarse a la estructura de hierro con dedos invisibles.
A pocos pasos, la placa metálica con el nombre del centro brilló un segundo bajo la luz grisácea antes de volverse opaca otra vez.
Dio un rodeo breve por la tierra, examinando el perímetro con esa mezcla de curiosidad y alerta que la acompañaba desde que empezaba un caso.
Las primeras cosas no tardaron en llamar su atención.
Tras los setos altos, al fondo del jardín, se intuían vallas de contención pintadas en un verde oscuro que pretendía confundirse con la vegetación.
No eran bonitas ni ornamentales; eran funcionales, altas, discretamente reforzadas.
Lobo se acercó al pequeño poste metálico donde asomaba el timbre. Pulsó el botón con el pulgar y escuchó cómo el sonido se deshacía al instante, tragado por el viento húmedo del acantilado.
Al cabo de unos segundos, el intercomunicador crepitó. Una voz femenina.
—Instituto Mar de Bruma. ¿En qué puedo ayudarles?
—Lobo y Delgado —respondió él, acercándose un poco más al micrófono—. Teníamos cita.
El portón se movió despacio, tras un corto zumbido. La estructura de hierro se abrió apenas una ranura, y después se detuvo, firme, como si necesitara un esfuerzo adicional para convencerla de abrirse del todo.
Cuando cruzaron, Lobo sintió una ligera vibración bajo las botas. Era la grava del sendero principal, pero no solo eso, también estaba la resonancia del mar que golpeaba contra la roca bajo sus pies, un rumor profundo que subía por la ladera de acantilado.
A la izquierda, entre las hortensias hinchadas por la humedad, se escuchó el sonido seco de algo caído. Después, un murmullo acelerado. Nora giró la cabeza primero.
Una mujer de unos treinta y pocos, con el pelo negro recogido de cualquier manera y una sudadera, estaba de pie junto a un banco.
Su respiración era rápida, desordenada. Tenía los brazos tensos, el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante, como una atleta antes de arrancar.
A su lado, sobre la grava, yacía una taza rota.
Había restos de infusión sobre los pétalos de las camelias.
Dos auxiliares, que hasta entonces parecían parte del paisaje, ya se habían acercado en silencio. Movían las manos despacio, los hombros relajados. Pero la mujer no los miraba. Tenía la vista fija en un punto fijo, más allá del jardín, más allá de la bruma. Cuando habló, lo hizo con una voz ronca.
—No quiero entrar. No voy a entrar. No quiero —repitió, y la frase se fragmentaba como si cada palabra fuera un borde cortante—. No me llevéis allí. No otra vez.
Uno de los auxiliares, el más joven, avanzó un paso.
—Irma, mírame —dijo, con una paciencia entrenada—. Estamos en el jardín. Estás a salvo. Nadie te va a llevar a ningún sitio.
Ella retrocedió un palmo, los ojos abiertos, las pupilas temblorosas.
—Mentís. Siempre mentís. Siempre… —La respiración le falló. El temblor fue creciendo como un eco bajo la piel—. No quiero bajar. No quiero bajar.
La frase se quebró antes de llegar al final, y el cuerpo de Irma dio un latigazo inesperado.
Fue tan rápido que el auxiliar joven perdió el equilibrio un instante, obligado a retroceder un paso mientras levantaba los brazos para evitar un golpe directo.
El otro auxiliar, más corpulento, se movió en seguida.
La tomó por detrás y le sujetó los antebrazos con una firmeza medida. Aquello no la calmó. La desató.
La mujer lanzó un grito seco, en un tono que no parecía humano. Se arqueó hacia delante con una fuerza que ninguno de los dos esperaba. Torsión completa del torso, rodillas que golpearon la grava, un intento desesperado de zafarse.
—Cuidado, que muerde —advirtió uno de los auxiliares.
No lo había dicho en broma. Irma intentaba girar la cabeza para clavar los dientes en cualquier superficie cercana. La sudadera se deslizó por un hombro, revelando la contracción violenta de sus músculos, tensos como cables de acero.
El hombre más corpulento cambió el agarre con una rapidez asombrosa. La inmovilizó desde atrás, cruzándole los brazos por delante del pecho, mientras el más joven trataba de contener las piernas, que pateaban la grava con fuerza, levantando pequeñas nubes de polvo húmedo.
—Irma —dijo él, con voz grave, firme—. Estoy aquí. No te estamos bajando a ningún sitio. Respira conmigo. Respira.
Ella no escuchaba.
—¡Soltadme! ¡Soltadme! ¡No quiero bajar! ¡No quiero bajar! —Forcejeó tan fuerte que uno de los hombres tuvo que sujetarle la cabeza para evitar que se golpeara contra el tronco del árbol cercano.
Lobo dio un paso instintivo hacia adelante, preparado para intervenir si algo se descontrolaba. Delgado lo frenó con un leve roce en el brazo.
—Ellos saben lo que hacen.
La respiración de Irma era ahora un jadeo irregular, una mezcla de hiperventilación y terror puro.
—La tengo —murmuró el auxiliar mayor; veían el esfuerzo en sus sienes tensas—. Prepara la dosis .
El joven ya había sacado un estuche rígido del bolsillo del pantalón. Dentro, el brillo metálico de una jeringa precargada. Sus manos se movieron rápidas, expertas, mientras el cuerpo de la mujer seguía temblando sin control.
—Sujetad fuerte —advirtió.
Al intentar descubrir un tramo del muslo para aplicar la inyección, Irma lanzó un golpe de rodilla hacia arriba, tan violento que casi le partió el labio al auxiliar joven. Este se apartó a tiempo, maldijo en voz baja y volvió a intentarlo, apoyando todo su peso para controlar el movimiento.
—Joder, Irma… —susurró él, sin rabia, solo agotamiento—. No te queremos hacer daño, pero tienes que parar.
La mujer gritó otra vez, un grito largo, sostenido, que se quebró al final.
El auxiliar aprovechó la apertura de ese segundo.
La aguja entró con un pinchazo rápido. Irma quedó rígida al instante. Un temblor. Otro. Y luego, muy despacio, la tensión empezó a abandonarla. Primero en los hombros, después en las piernas, finalmente en los dedos que aún buscaban resistencia en el aire.
Irma seguía murmurando, palabras rotas, casi sin sonido:
—No quiero bajar… no quiero bajar…
Una mujer apareció entonces desde el sendero principal, impecable, como si la escena no la sorprendiera del todo. Observó a la paciente reducida, las manos de los auxiliares todavía temblorosas, la jeringa aún abierta sobre la grava.
—Llevadla a reposo —indicó con voz fría y exacta—. Y avisad a Morcillo.
Luego se volvió hacia Lobo y Delgado con una sonrisa cordial.
—Perdonen el incidente. A veces, el clima afecta.
Nora respiró hondo, incrédula.
—El clima —repitió, con una ironía que no intentó ocultar—. Claro.