Réquiem de silencio (Lobo y Delgado 5) 4
8%

4

El apartamento estaba pegado al Paseo de La Concha.

El ventanal lo presidía todo. Más allá, la bahía se curvaba con una belleza difícil de explicar, la arena pálida de la playa, la Isla de Santa Clara flotando en mitad del agua, y el perfil del Igueldo recortado bajo un cielo de marzo que aún no terminaba de decidirse.

Las olas llegaban en filas tranquilas, sin prisa, y al romper dejaban una espuma fina que parecía borrar lo que tocaba.

Nora avanzó hasta la barandilla como si el ventanal tirara de ella.

Apoyó los antebrazos en la madera, notó como el frío se le colaba por las mangas y dejó que la mirada se le fuera a la curva perfecta de la bahía.

La Concha se abría limpia y callada, con esa calma que en el norte dura lo que tarda el viento en cambiar de idea.

El aire sabía a sal, como su Cádiz natal, y por un instante le pareció que todo estaba en su sitio, que el mundo podía ser solo eso, agua, arena y una luz indecisa.

Entonces se llevó las manos al vientre. Se trataba de un acto de comprobación, como quien palpa un bolsillo para asegurarse de que lleva las llaves.

Sintió el cuerpo distinto, más lleno y más frágil.

En Toledo había aprendido que su profesión conllevaba riesgos.

A veces demasiado altos. Y aunque no se lo hubiera dicho a Lobo, aunque lo hubiese guardado detrás de su ironía, a veces el miedo le subía desde el estómago y le apretaba la garganta.

¿Y si algo no iba bien? ¿Y si el destino, que tantas veces se divertía con ellos, decidía cobrar otra factura?

Oyó pasos a su espalda. Cuando Félix se colocó a su lado, Nora ya tenía el rostro en calma y el corazón bajo control. Miró el mar un segundo más .

—Bonito sitio, ¿eh, mi niño? —dijo al fin, ligera, como si lo que pesara dentro no existiera—. A ver si ahora me vas a decir que te vas a acostumbrar a trabajar con vistas y todo.

Félix no contestó de inmediato. Se quedó mirando la bahía con la boca cerrada, como si estuviera midiendo algo que no se veía desde fuera.

Se apoyó a su lado, dejando un palmo de distancia entre los dos, y aun así su mirada se fue directa —sin querer— a las manos de Nora sobre el vientre. Él apoyó la suya sobre las de ella.

—Todo irá bien —le susurró al oído.

Nora se separó despacio del ventanal y caminó hacia la mesa del salón, donde habían extendido la carpeta, la ficha y un puñado de fotografías. Lobo la siguió. Al llegar, se quedó de pie, apoyando una mano en el respaldo de la silla. Ella se sentó sin prisa. Luego levantó una de las tomas.

Era una polaroid con el marco blanco y la superficie ligeramente satinada.

Rebeca la había hecho cerca, a la distancia de un brazo, como si el mundo entero cupiera en un gesto rápido y en una risa a media luz.

El ángulo era imperfecto y por eso mismo resultaba más real.

La cama ocupaba casi todo el fondo, las sábanas revueltas, y el cabezal asomaba apenas, una línea oscura detrás de sus cuerpos.

Rebeca Loza salía en primer plano, en ropa interior, la piel expuesta. Tenía la sonrisa torcida, esa mueca de quien se sabe mirada y se divierte con ello, y el pelo derramado sobre la almohada en un desorden sedoso que le enmarcaba la cara.

A su lado, pegado a ella, un hombre medio incorporado, desnudo de cintura para arriba.

La postura sugería que acababa de girarse hacia la cámara, sorprendido.

La barba de dos días le oscurecía la mandíbula lo justo para hacerlo más real, más cercano, y los rizos oscuros caían desordenados.

Una mano grande, de dedos largos, descansaba sobre la sábana a la altura de la cadera de Rebeca.

Nora bajó la foto despacio y, con la otra mano, atrajo la ficha que Ainhoa les había dejado preparada.

—Gael Suárez… —levantó la mirada un instante hacia Lobo—.Treinta. Pianista acompañante. Repertorista del conservatorio.

—¿Qué es exactamente un repertorista?

Nora pasó la hoja con el pulgar, buscando el párrafo que Ainhoa había dejado más ordenado. Leyó con voz clara, sostenida, y al mismo tiempo iba mirando la fotografía, encajando rasgos como si montara un puzzle sin querer verlo completo.

—El que ensaya con todos. El que acompaña a cantantes e instrumentistas. El que prepara repertorio, corrige entradas, marca respiraciones.

Nora pasó a la siguiente línea. Lobo se inclinó un poco más, atento.

—Rebeca lo conocía del conservatorio. Decía que era agradable, que tenía gracia y que siempre estaba disponible cuando ella quería ‘despejarse’.

Nora tragó saliva, bajó la mirada y continuó.

—El hombre de la foto es él. También os dejo esto. Hace un tiempo Gael tuvo un lío con una alumna. Lo supe por comentarios en el conservatorio.

—En el Musikene, esta mañana, nos dijeron que estaba de viaje por motivos profesionales —dijo Félix, sin añadir nada más—. Una pena.

Nora cerró la carpeta y la dejó sobre la mesa, entre los dos.

—Y tendremos que volver en dos días —remató.

La carretera se estrechó al dejar atrás la curva larga del valle.

A partir de ahí, la ladera de Jaizkibel comenzaba a inclinarse hacia el Cantábrico con una determinación antigua, como si quisiera empujar a cualquiera que subiera de vuelta al mar.

La Kombi avanzó despacio, el motor con ese ronroneo que Lobo reconocía bien.

A los lados, los pinos se alzaban densos, afilados contra un cielo que se cerraba sin prisa, gris.

La bruma empezaba a trepar por el suelo, primero como un hilo fino que se colaba entre los matorrales, luego como una manta baja que iba tragándose las raíces, los troncos, la carretera misma. Nora se inclinó hacia el parabrisas.

—Joder… —susurró, apenas audible—. Parece que estemos subiendo a un sitio que no quiere que lo encuentren.

La Kombi avanzó un poco más y la luz cambió.

No es que oscureciera, era que la niebla filtraba el día, lo hacía más espeso, como si el tiempo allí arriba fuera otro.

El Cantábrico no se veía, pero se oía. Un rumor grave, constante, subiendo desde abajo como un órgano tocado desde el fondo de una cueva.

Lobo aferró el volante con una mano y bajó un punto la velocidad. Luna, desde atrás, emitió un ladrido apagado. El camino se retorció una vez más, una curva ciega, bordeada de helechos mojados, y, al salir, la bruma se abrió en un claro súbito.

No duró más de un par de segundos, pero bastó para que vieran la silueta. Lobo detuvo la Kombi unos metros antes del portón, incapaz de evitar que la mirada se le fuera arriba, hacia la mole silenciosa que ocupaba la ladera.

El Instituto Mar de Bruma no era grande, pero imponía.

La villa señorial, levantada entre 1910 y 1930, se alzaba con su fachada clara, casi marfil bajo la luz apagada del norte.

Las galerías acristaladas recorrían las plantas superiores como un mirador antiguo, respirando una melancolía difícil de ubicar.

Contraventanas verdes, recién pintadas, se abrían y cerraban como párpados discretos.

Había algo de casa de veraneo abandonada, algo de refugio bien mantenido y algo más profundo .

A su derecha, pegado como una sombra deliberada, surgía el anexo contemporáneo, un volumen blanco, geométrico, casi sin ventanas. Liso. Hermético.

A Lobo le recordó un quirófano con piel de museo.

Delgado bajó de la furgoneta y cerró la puerta con suavidad. El aire olía a sal, a tierra mojada y a algo metálico que subía desde el acantilado. El portón de hierro negro estaba apenas adornado con una placa sobria.

Instituto Mar de Bruma .

—Vale… —murmuró Nora —. Dime que no soy la única a la que esto le recuerda a la peli de Shutter Island .

Alzó la barbilla hacia las galerías acristaladas.

—Entre la bruma, la casa señorial y ese anexo blanco ahí pegado, solo falta DiCaprio con el expediente en la mano.