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La Kombi dobló hacia la zona universitaria con ese traqueteo tan característico suyo.
A finales de marzo, Donostia empezaba a desperezarse.
En las ramas aún finas de los árboles asomaban brotes verdes, tímidos, y el aire olía a hierba mojada y a tierra removida, esa mezcla que solo aparece cuando la primavera asoma.
Entre el arbolado surgió el Musikene, el Centro Superior de Música del País Vasco, oscuro y afilado, con sus fachadas de paneles negros.
El edificio no parecía una escuela, sino una caja de resonancia gigante, un instrumento cerrado esperando manos.
Lobo aparcó sin prisa, mientras observaba la mole angular por el parabrisas.
A esa hora, la luz del mediodía le sacaba brillo a los marcos dorados y le dejaba al negro un reflejo intenso.
Le bastó eso para que el estómago le hiciera un gesto antiguo, dos años atrás había mirado esa misma fachada demasiadas veces en los medios de comunicación.
Y ahora estaba enfrente. Sacó la llave del contacto y tardó un segundo más de la cuenta en moverse.
—Vamos mi arma, que es para hoy —le recriminó Nora, con un ladrido de asentimiento de Luna.
—Deberías haberte quedado en Madrid.
—Anda Félix, no volvamos con esas, que un embarazo no es una enfermedad.
—No, pero ahora tienes otro corazón que palpita a ritmo de un caballo al galope en el interior de esa barriga.
Nora soltó una risita que no era risa del todo. Se giró lo justo en el asiento y le clavó los ojos con esa mezcla de desafío y cariño que a Lobo lo desarmaba completamente.
—Mira qué poeta te me has puesto, mi niño. Te va a dar algo .
—Ya me dio —dijo él, seco, y apagó el contacto del todo—. En Toledo me dio. Y desde entonces no me fío de este trabajo.
Nora dejó que el silencio se instalara un instante, sin prisas. Afuera, la fachada del Musikene devolvía una luz limpia, y el dorado parecía un engaño amable sobre tanta sombra. En el asiento de atrás, Luna cambió de postura y apoyó el hocico en la manta, atenta.
—No me lo recuerdes como si fuera mi culpa —dijo Nora al fin. No sonó ofendida. Sonó cansada de que el miedo se le colara a los demás por su piel.
Lobo se pasó una mano por la nuca, un gesto torpe.
—No es culpa tuya. Es… —buscó la palabra, y no le salió—. Es que yo estuve allí. E hice lo que hice…
Nora levantó la mano, no para cortarlo, sino para ponerla en medio, suave.
—Lo sé. Pero te lo digo claro. Si me dejas en Madrid, me dejas sola con la cabeza. Necesito acción y sentirme útil.
Dentro, el Musikene cambiaba de piel. La calle se quedaba atrás con su aire de marzo y su humedad amable.
Dentro, el sonido no rebotaba, se disciplinaba.
Había estudiantes cruzando con fundas negras al hombro, manos ocupadas en carpetas, ojos clavados en un punto que solo ellos entendían.
Nadie levantaba demasiado la voz. En los edificios de música la gente aprende pronto que el ruido es un pecado que se paga caro.
Al pasar junto a una puerta entornada, la música se les coló por los oídos.
Un cuarteto de cuerda ensayaba dentro. No se veía a los músicos.
Las primeras notas fueron suaves, casi un tanteo, y de pronto el motivo se desplegó con esa belleza que no admite distracciones.
Al final del pasillo, una placa pequeña junto a una puerta indicaba una sala de práctica reservada.
Lobo llamó una vez. No esperó respuesta. Giró el pomo y asomó la cabeza .
La sala era sencilla, casi desnuda. Un piano de pared, atriles apilados, una pizarra con marcas de tiza borradas a medias.
Ainhoa Etxeberria estaba de pie junto a la ventana, con la espalda recta y las manos recogidas a la altura del vientre.
Vestía un abrigo oscuro y un pañuelo claro.
El pelo, peinado con intención, mezclaba canas con dignidad.
Al volverse, la luz le perfiló el rostro y confirmó lo que Nora había intuido desde la distancia. Era una mujer hermosa aún.
Nora entró primero, con una educación natural, sin rigidez.
—Ainhoa Etxeberria —dijo, y le tendió la mano—. Encantada. Gracias por venir hasta aquí. Sé que no les gusta que les convoquen sin explicar demasiado por teléfono, pero… —su voz tenía una musicalidad educada, de alguien acostumbrada a escoger el tono—. Siéntense, por favor.
Había dos sillas plegables, donde tomaron asiento, y un banco corto junto al piano. Ainhoa no se sentó aún. Caminó despacio hasta el piano de pared y apoyó los dedos en la madera.
—Les he citado aquí porque tengo un compromiso en media hora en el centro de San Sebastián y quería que vieran esta sala —empezó—. Este edificio era para mis sobrinas una segunda casa.
Se volvió hacia ellos y por fin se sentó, con una elegancia cuidadosa, cruzando las piernas sin prisa.
—Ustedes han oído hablar de los Loza, del empresario, del apellido.
Pocos, en cambio, se acuerdan de mi hermana.
Se llamaba Maialen Etxeberria Aldaz. Y antes de casarse y de convertirse en “la señora de”, Maialen era Maialen.
Una pianista de verdad, de las que salen al escenario y consiguen que una sala llena deje de moverse.
Ganó concursos, tocó fuera, la llamaban para festivales.
Tenía ese tipo de talento que parece una bendición.
Luego conoció a Aítor Loza y durante unos años el matrimonio fue un cuento de hadas.
A Rebeca y a Celia les inculcó ese amor por la música desde bien pequeñitas.
Maialen las sentaba a su lado y les decía que ahí dentro de cada instrumento había un secreto, que la música no se tocaba solo con los dedos, también con la intención.
Rebeca, la mayor, tenía carácter. Lo tuvo desde niña.
Si algo se le resistía, volvía a ello con los dientes apretados y el orgullo por delante.
No pedía permiso ni para equivocarse. Repetía una y otra vez hasta que el error se cansaba primero.
Celia, en cambio, era otra cosa. Antes de tocar, escuchaba.
A veces se quedaba inmóvil frente al atril, los ojos fijos en un punto, como si esperara a que el aire dejara de moverse, a que el zumbido más pequeño se apagara, a que el mundo encajara por fin.
Cuando todo estaba en su sitio, entonces sí. Entonces sus manos se soltaban.
Ainhoa sostuvo la mirada un instante, pero fue el cuerpo el que la traicionó antes que las palabras. Se llevó la mano al pañuelo, lo ajustó en la garganta como si le faltara aire y, sin querer, se frotó el nudillo contra el lagrimal.
—Pero a mi familia… a esta familia… la persigue algo desde hace demasiado.
Ustedes verán, no soy una mujer de supersticiones, ni creo en maldiciones, pero hay una cadena de desgracias que no se puede llamar casualidad.
Primero fue el accidente de coche. Maialen y su marido murieron allí.
Rebeca tenía catorce años. Celia diez. Dos niñas que de un día para otro se quedaron sin padre, sin madre y sin el suelo bajo los pies.
Y, desde entonces, es como si todo hubiera quedado marcado.
Rebeca tuvo una adolescencia rebelde, de esas que parecen puro fuego pero yo creo que en realidad son puro miedo.
Celia no. Celia se recogió hacia dentro.
Siempre había sido callada, reservada, con esa manera suya de quedarse aparte como si el ruido le pesara más que a los demás; los médicos hablaron de rasgos del espectro, de una sensibilidad distinta, y la verdad es que encajaba.
Necesitaba rutinas, silencio, cosas en su sitio.
Se comunicaba poco, pero lo veía todo. Y la música…
la música fue su refugio, lo único que no le exigía fingir.
Lo demás, lo que debía sostenerlas, se había desmoronado a su alrededor de un día para otro .
Ainhoa cerró los ojos un segundo y aspiró despacio. Al exhalar, se recompuso el pañuelo, apoyó ambas palmas sobre sus rodillas y recuperó esa dicción limpia que no había abandonado en ningún instante.
—Y luego ocurrió lo que ya saben. Rebeca apareció muerta en la casa.
A partir de ahí, todo se volvió irreal. Celia dejó de hablar y la ingresaron en un psiquiátrico privado.
No había versión que consolara a nadie y tampoco había una persona “capaz” —como dicen los papeles— para responder por la propiedad.
La casa quedó en un limbo jurídico, diligencias abiertas, informes, el acceso restringido por orden judicial, y luego la tutela de Celia, la administración de sus bienes.
Yo era la tía, la que estaba más cerca, pero durante dos años la casa fue un lugar cerrado.
Su mirada se deslizó un instante hacia el piano.
—Hace apenas unos días, por fin, el juzgado me autorizó a entrar.
La casa era mía sobre el papel desde hacía tiempo, pero hasta ahora no había podido cruzar la puerta.
Por pura inercia, acabé en la biblioteca.
Allí estaba todo como lo recordaba, el olor a madera y papel, el polvo fino, los lomos alineados.
Me acerqué a la estantería donde Maialen guardaba sus libros favoritos y, sin pensarlo, cogí el que más releía.
El de siempre. El maestro y Margarita . Le gustaba porque decía que en esas páginas el bien y el mal bailaban sin pedir permiso y porque, según ella, la música se parecía a eso.
Al sacarlo, algo resbaló entre las hojas y cayó al suelo.
La mano de Ainhoa fue al bolso y, sin ceremonia, la deslizó hacia ellos.
—No sé si esto sirve para algo —dijo, y esta vez no buscó música en la voz, sino verdad—.
Podría tratarse de una casualidad guardada donde no tocaba.
Pero yo ya no tengo fuerzas para volver a la policía, para sentarme otra vez delante de un inspector nuevo y repetir nombres, fechas, el mismo relato.
Si esa fotografía no conduce a nada, al menos lo habremos intentado.
Y si conduce… —se le endureció la mirada, por primera vez— entonces alguien tendrá que responder.
Se inclinó apenas hacia Nora, con una súplica sin dramatismo.
—Investíguenlo. No por mí. Por ellas. Porque esas niñas se merecen que se encuentre al asesino que les destrozó la vida.
Ahora debo marcharme a una reunión importante de la Fundación, ya he informado en el hospital de que esta tarde visitarán a Celia.
Junto a la fotografía les dejo un informe sobre quién es.