Réquiem de silencio (Lobo y Delgado 5) 2
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Lobo conducía con las dos manos bien colocadas, la vista fija en el asfalto. A ratos pasaba el pulgar por el borde del volante como si comprobara una línea invisible. En la guantera asomaba un bote pequeño de gel, y al lado, un paquete de toallitas.

En el asiento de atrás, Luna iba hecha un ovillo sobre una manta, entre microscopio, pizarras y material de Nora, con el hocico apoyado en las patas.

Era una labradora de esas que no conciben la vida sin su dueña.

Cada vez que la furgoneta bacheaba, levantaba una oreja, evaluaba el mundo con ese juicio silencioso que tienen los perros, y volvía a cerrarlo todo como si nada mereciera la pena.

De vez en cuando sacudía el lomo y el pelo suelto flotaba un segundo en el aire, diminuto, traicionero.

Lobo lo veía por el retrovisor y apretaba la mandíbula. Le gustaba la perra, incluso demasiado para su propio gusto, pero en su cabeza la lista de amenazas era larga y concreta. Parásitos, bacterias, garrapatas imaginarias que se agarraban a la tapicería.

—Deja de sufrir —dijo Nora sin girarse del todo, como si le leyera los pensamientos por el rabillo del ojo—. Luna está más limpia que muchos humanos. Y te quiere más, de eso puedes estar seguro.

Lobo resopló, un sonido corto .

—Que me quiera no la desparasita —murmuró —. Y no sólo es por mí.

—Ah, claro —Nora ladeó apenas la cabeza.

—Estoy preocupado, sí. —Apretó de nuevo la mandíbula y se le marcó la cicatriz en la mejilla izquierda—. Cinco meses, ya. Y yo no voy a estar tranquilo con pelos, saliva y bacterias imaginarias alrededor de ti.

—Mi arma —Nora suspiró, pero la sonrisa se le dibujó en los labios al mismo tiempo—. El bebé va a salir más duro que tú.

Como si entendiera cada palabra, Luna levantó la cabeza y ladró.

Nora sonrió de nuevo y se ajustó el cinturón, un punto más bajo de lo habitual.

Con el avance del embarazo, la barriga ya asomaba.

Se colocó la mano un instante sobre el vientre y miró por la ventanilla con una sonrisa dibujada en sus labios.

Le vino, sin pedir permiso, la primera ecografía.

Aquel “langostino” como ella misma lo había llamado, y ahora en la última, ya con nitidez, la imagen de aquella mano abierta.

Cada dedo perfectamente separado, como si el bebé estuviera saludando desde dentro.

Nora tragó saliva. Sintió un pinchazo en la nuez.

Una lágrima, pequeña y traicionera, le resbaló sin hacer ruido.

Se la limpió con el pulgar antes de que Lobo pudiera verla.

—Mira qué cosa más bonita—dijo, señalando con la barbilla un valle abierto donde la niebla se descosía en jirones—. Parece difícil que en una naturaleza tan soberbia se produjera el homicidio de Rebeca Loza.

Félix asintió con la cabeza y repasó mentalmente el caso por el que los habían contratado.

Él mismo estuvo obsesionado muchas semanas.

El crimen había sido muy debatido en los medios de comunicación cuando se produjo hacía ya dos años.

Se propagaron todo tipo de teorías en prensa y redes sociales, también en los magazines televisivos de las mañanas, donde se invitaban a expertos para que explicaran el comportamiento de Celia.

¿Cómo podía haberse roto de esa manera?

La joven no había abierto la boca desde el crimen. Y las especulaciones, sin ninguna respuesta, solo con más preguntas, se alargaron durante semanas.

¿Por qué se negaba a hablar? ¿Qué significaba esa actitud? ¿Qué ocultaba o a quién protegía?

Y, sobre todo, ¿por qué?

La muerte de la joven promesa directora de música del Musikene, arrancó los noticiarios durante varios días.

Se habló de la casa, de la familia de dinero, de la zona residencial en las laderas de Igueldo, con sus mansiones y jardines cerrados.

Se habló del disparo, del charco de sangre, de la cara desfigurada por el impacto del proyectil.

Se habló de Rebeca como se habla de los muertos mediáticos, con esa mezcla indecente de compasión y espectáculo, como si el dolor necesitara plató para existir.

Lo que vino después fue más largo y poco esclarecedor.

La investigación se abrió como se abren todas cuando se trata de un crimen mediático y existe una prisa tensa por conseguir una rápida resolución.

Pero faltaba lo esencial. El arma no apareció.

Sin arma, la escena quedaba coja, sin el objeto que suele fijar el relato y convertirlo en prueba.

Solo había una persona que podía decir qué había ocurrido de verdad, y esa persona se negó a hablar.

Celia Loza, la hermana menor, se convirtió en el centro del caso.

La encontraron viva, presente, sin lesiones aparentes, sin signos de lucha que explicaran el mutismo.

No respondió a preguntas básicas. No explicó ni qué había escuchado, ni qué había visto.

Los médicos hablaron de shock, de trauma, de colapso, de disociación.

Los tertulianos hablaron de frialdad. Y las redes, convertidas en jauría, la atacaron: monstruo o ángel, víctima o cómplice, según el día.

En la ciudad hubo quien dijo que a los Roza los perseguía la mala suerte.

No como un golpe aislado, sino como una sombra vieja, pegada al apellido, un maleficio que siempre acababa por cobrarse algo.

Sus padres habían muerto cuando ellas eran pequeñas, en un accidente de coche que aún se recordaba con esa mezcla de morbo y reverencia que despiertan los poderosos caídos.

Él, empresario importante; ella, la pianista famosa y cara amable de una familia impecable.

Dos niñas huérfanas, un imperio que siguió en pie y la sensación, desde entonces, de que el destino les había marcado con fuerza.

Celia fue enviada a un hospital privado a los pocos días. Afuera había cámaras. Cada intento formal de tomarle declaración se estrelló contra el mismo muro. No había vuelto a abrir la boca. Nadie la podía obligar a contar lo que su mente había cerrado con llave.

Cuando se les acabaron los hilos de donde tirar, la Ertzaintza pidió ayuda fuera. Se solicitó colaboración ciudadana. Lo anunciaron en ruedas de prensa, lo repitieron en radio, lo convirtieron en un rótulo fijo en los informativos.

Y aquello fue un caos.

Miles de llamadas. Videntes, bromistas, oportunistas que querían un minuto de fama.

Señalamientos por despecho, confesiones inventadas, pistas que se contradecían a los diez minutos.

El teléfono echaba humo y, cuanto más sonaba, menos se oía lo importante.

Al final, el ruido tapó al caso igual que la lluvia tapa las huellas en el barro.

Sin arma, sin sospechoso y sin testimonio útil, el sumario se fue enfriando.

La policía siguió trabajando meses, pero el caso se convirtió en un callejón sin salida.

No llegó a haber un acusado con indicios sólidos.

No hubo banquillo. No hubo juicio. Lo que hubo fue un archivo provisional, un “no se puede” vestido de lenguaje jurídico.

Y así quedó. Un crimen sin arma y con una testigo muda.