Réquiem de silencio (Lobo y Delgado 5)
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En las laderas de Igueldo, San Sebastián, la lluvia cae con paciencia sobre los setos recortados, resbala por los cristales de doble hoja y cuelga de los aleros como una amenaza que no termina de soltarse.
Más abajo, invisible pero presente, el Cantábrico empuja su bravura contra la bahía, un batido grave que llega incluso cuando las ventanas están cerradas.
Celia Loza está de pie en la sala de práctica en el primer piso, la que da al jardín trasero, donde la luz es más limpia cuando el día se digna a existir.
Ha elegido ese cuarto porque aquí el zumbido de la nevera no llega, porque el reloj de pared no entra en su oído como un alfiler y porque la lámpara halógena mantiene una intensidad constante.
Aun así, antes de tocar, levanta la barbilla y observa un punto en la pared.
La sombra, mínima, parece moverse sobre la pintura blanca.
Parpadea una vez, dos. Espera a que el parpadeo se alinee con su respiración.
En el atril, la partitura no está inclinada al azar.
Celia mide el ángulo sin pensar; sus manos lo hacen por ella.
Ajusta el tornillo milímetro a milímetro hasta que el borde superior queda paralelo a la línea de la ventana.
Si no está paralelo, la página parece caer, aunque esté quieta.
Y si parece caer, le sube un picor a la nuca, como un aviso.
El violín descansa sobre un paño de terciopelo azul oscuro que no suelta pelusas.
Odia las pelusas. Odia ese minúsculo roce en la yema de los dedos que otros ni notan y que a ella le asquea como un insecto atrapado.
Pasa el pulgar por el borde del paño, una, dos, tres veces, siempre tres.
Luego se limpia la mano en la pernera del pantalón, con un movimiento rápido, y coge el instrumento .
Lo apoya bajo la mandíbula y, sin apretar demasiado, busca el punto exacto de contacto.
Si el mentonero está un milímetro desviado, el hueso le protesta.
No es dolor, es algo peor, se trata de una insistencia constante, como el goteo de un grifo.
El arco, en cambio, es una ceremonia. Comprueba la tensión del pelo con un giro de muñeca que no mira, porque mirar lo estropea.
Cuando el arco está listo, hace una cosa que nadie le enseñó, alinea el tornillo con la veta de la madera.
Abre la partitura por una página marcada con una esquina doblada. La esquina doblada es su única concesión a la irregularidad. Todo lo demás está impecable.
Paganini. Capricho. El veinticuatro.
No es una elección para lucirse. No hay público. No hay aplausos. Es una elección porque esa música es una escalera empinada, si subes sin mirar abajo, te sostiene. Si dudas, te rompe. A Celia le gusta que la verdad sea así de clara.
Inspira por la nariz, despacio. El olor del salón es neutro con algo de libros y un fondo casi imperceptible de sal húmeda, como si la ciudad se colara por las rendijas. Bien. Los olores son trampas. El perfume dulce de Rebeca, por ejemplo, se le mete y le desordena el pulso. Hoy no está.
Coloca el arco sobre la cuerda y cuenta.
Uno. Dos. Tres. Cuatro.
Entra.
Las primeras notas saltan como chispas, limpias, afiladas, exactas. El tema aparece y se esconde, vuelve con otra máscara, cambia de registro, se retuerce. Celia no sonríe. Su boca permanece quieta, como si la música no pasara por ahí. La música le pasa por los dedos y por el estómago.
Uno—dos—tres—cuatro. Uno—dos—tres—cuatro .
Sus ojos no siguen las notas; siguen patrones.
El compás es una cuerda floja. Cada variación es un salto.
Sus dedos, finos y obstinados, caen donde tienen que caer.
Si se equivoca, lo sabrá antes de oírlo.
Lo siente en la piel. Un trino, rápido. Una doble cuerda, peligrosa. Un cambio de posición que exige fe.
El sonido del arco rasga el aire con una precisión que no admite impurezas.
Si alguien la viera, pensaría que es calma.
No lo es. Es control. En la mitad del pasaje, cuando el capricho empieza a pedir lo imposible, Celia hace un gesto minúsculo con la mano izquierda.
Frota el pulgar contra el índice, apenas un roce.
No deja de tocar. El roce es una válvula. El mundo queda fuera.
Abajo, en la planta inferior, se oye un sonido de alguien que entra. Celia no desvía la vista. No puede. Si mira, el arco se le deshilacha. Sigue.
Escucha voces altas.
Celia aprieta el arco sin querer, y la cuerda responde con una aspereza mínima, como una uña. La aspereza le recorre la columna. Corrige. Respira.
El arco vuelve a encontrar la cuerda como si nada. Pero las palabras atraviesan la madera. Una risa corta, la de Rebeca, demasiado alta para ser alegría. Después la voz del hombre, más baja. Celia no entiende todo. Entiende el pulso. La música tiene un pulso.
La discusión de abajo también.
Uno—dos—tres—cuatro.
Un golpe. No suena como un portazo.
Sigue tocando. No porque quiera. Porque si se detiene, la casa entra completa, con todos sus ruidos.
Abajo, Rebeca grita algo. Una frase larga, rápida.
Al final hay una palabra que Celia reconoce por el filo con que cae, aunque no la haya pronunciado ella nunca.
Una burla. Una humillación. La respuesta del hombre llega de inmediato, más fuerte .
En el cuarto, el arco de Celia dibuja una línea torcida.
La cuerda chilla una fracción de segundo, una impureza que le lastima los oídos.
Celia se queda helada ante el ruido, como si lo hubiera cometido ella, como si hubiera ensuciado la casa.
Vuelve a empezar el compás desde el principio.
Es lo que hace cuando se equivoca, regresar al punto exacto donde todavía hay orden.
Uno. Dos. Tres. Cuatro.
Pero abajo el orden ya no existe.
Hay gritos. Hay golpes. Hay arrastre de algún mueble.
Celia deja de tocar. No es una decisión.
Es como cuando una luz se apaga y el cuarto se queda en otro mundo.
El arco se le queda suspendido, a un dedo de la cuerda.
La mano izquierda no sujeta ya el mástil, lo toca como se toca un animal que podría morder.
Escucha su respiración, demasiado alta. Escucha su corazón, demasiado rápido.
La lluvia afuera se convierte en un ruido distante, casi dulce.
El problema está dentro. Da un paso hacia la puerta.
Se detiene. Vuelve al atril y endereza la partitura un milímetro, como si eso pudiera arreglar lo demás. Parpadea. Espera.
No llega la calma.
Celia baja el arco muy despacio. No sabe en qué momento ha decidido hacerlo.
Solo nota que el brazo deja de obedecer a la música y obedece al ruido.
Abajo se oye un nuevo golpe. Luego otro.
No son iguales. El segundo es más fuerte, más seco, como cuando algo de cristal se rompe contra el suelo.
Después llega un grito ahogado, de Rebeca, un grito que Celia nunca le ha oído antes.
Aprieta el violín contra el cuello como si fuera un salvavidas.
Frota el pulgar contra el índice. Una, dos, tres veces.
Las voces vuelven. La de Rebeca está rota, llorosa, pero también afilada.
Insulta. Las palabras suben por la escalera como cuchillos.
La otra voz es grave, contenida, mide cada palabra antes de soltarla.
Esa voz la conoce. Decide bajar. Algo que no es ella, o que es ella, pero desde un lugar más profundo.
Deja el violín en la mesa, con cuidado, alineado con el borde, y sale de la sala.
Baja las escaleras, como si caminara dentro de un sueño ajeno. La barandilla está fría y esa frialdad le sirve de cuerda. Se agarra a ella y baja despacio, contando sin querer los peldaños. El pasillo huele igual que siempre y al mismo tiempo huele distinto.
Al alcanzar la planta baja se detiene un momento.
La puerta de la biblioteca está abierta.
Entra sin pensar, como si sus pies recordaran un camino que su cabeza ya ha olvidado.
Cuando sale, se ajusta el jersey contra el cuerpo.
Avanza por el pasillo hacia el salón. Los ruidos siguen allí. Las voces. Llega a la puerta.
Y entonces el silencio. De repente. Total.
Dura un segundo. Dos. Una eternidad.
En ese hueco, la casa parece flotar. Celia se queda quieta en el umbral.
Espera a que el mundo vuelva al compás. No vuelve.
Le entran demasiadas cosas a la vez y no puede ordenarlas.
La escena delante de ella existe, pero existe como detrás de un cristal empañado.
No puede decir cuánto tiempo pasa así. Podría tratarse de minutos. O de horas.
Entonces el estruendo de un portazo.
Lo primero es el charco. Sangre roja, espesa, que se extiende sobre la madera con una calma viscosa.
Rebeca está junto al charco, de lado, con el pelo pegado a la mejilla.
Y la cara no es su cara. La mitad está abierta, deshecha, como si alguien hubiera borrado los rasgos.
Todo está demasiado cerca, demasiado real.
Celia intenta pronunciar su nombre. La boca se le mueve, pero no sale nada.
Retrocede un paso. Otro. Sube las escaleras sin saber cómo, sin sentir las piernas.
Llega a la sala de música. Recoge el violín.
Lo aprieta con fuerza. La casa se queda quieta.
Y en esa quietud, ella cae a un abismo negro mientras empieza a tocar mentalmente de nuevo la melodía.