Renacimiento 17. El Renacimiento de Felipe II de Tiziano Juan de Herrera #5
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17. El Renacimiento de Felipe II de Tiziano Juan de Herrera #5

Por encima, el cuadro de El martirio de San Lorenzo , santo a quien se dedicaba todo el convento y cuyo sacrificio humano quedaba en paralelo con el sacrificio de Jesús.

San Lorenzo murió en el siglo  IV cuando se negó a entregar las riquezas de la Iglesia al emperador romano, pues las había dado antes a los pobres.

Es más, fue condenado por querer «burlarse de Roma».

Obviamente, la Roma imperial, pero un juego de palabras al que Felipe II supo sacarle partido. La Roma imperial de la leyenda era el equivalente a la Roma de los papas ambiciosos, como Paulo IV o Pío V. Y los mártires como san Lorenzo eran los verdaderos cristianos.

Este eje principal, que del saber humano de la biblioteca llevaba al sacrificio religioso del perfecto católico con la mediación de los buenos reyes católicos, se completó con otros tres programas iconográficos más específicos situados, respectivamente, dentro de la biblioteca, en la sala de las Batallas y en el claustro del convento.

La sala de las Batallas, inicialmente conocida como la galería del Rey, fue una gran estancia habilitada dentro del palacio, situado al norte de la iglesia, y que era empleada para recibir a los embajadores.

En sus paredes, se pintaron una serie de victorias militares de las tropas españolas. La escena más larga fue la reproducción de la batalla de la Higueruela, triunfo obtenido por Juan II de Castilla sobre los musulmanes.

Otras batallas representadas son las de San Quintín o la conquista de las islas Terceras y las Azores durante las campañas de anexión de Portugal.

Lo interesante de todas estas pinturas es que, frente al manifiesto interés demostrado por Felipe II en el resto del monasterio de alcanzar un cuidado estilo miguelangelesco, aquí las representaciones son menos idealizadas.

En realidad, parecen el dibujo propio de un tebeo, un cómic, donde aparecen todos los personajes involucrados y las acciones que acometieron, donde se prima la narración de los hechos de forma muy didáctica por encima de cualquier afán artístico.

Porque, en efecto, eso era lo que se buscaba, poder impresionar con un relato detallado de las batallas a esos diplomáticos que se acercaban hasta El Escorial.

De esta manera, Felipe II demostraba su capacidad para apostar por diferentes estilos pictóricos, dependiendo del fin que buscase en cada caso.

El Tiziano más fino para sus pinturas privadas.

Los seguidores de Miguel Ángel para la obra religiosa pública.

Incluso, su gusto por los flamencos y, en concreto, por el Bosco, para sus reflexiones espirituales personales.

O solicitar a los artistas renacentistas de El Escorial que, para una obra en concreto, esta de la sala de las Batallas, trabajaran con esos acabados más ingenuos .

Porque estos frescos de la sala de las Batallas los llevaron a cabo Nicolás Granello y Fabrizio Castello, hijastro e hijo, respectivamente, del Bergamasco, formados junto a su padre en las modas renacentistas, pero que en esta sala supieron ajustarse a las solicitudes del rey.

Otra área con unos acabados muy específicos fue el claustro del convento, al que solo tendrían acceso los monjes del monasterio y, por tanto, donde era posible una iconografía religiosa más sutil que la que se ofrecía en la iglesia.

Son cincuenta y cuatro frescos, realizados en su mayoría por Tibaldi, aunque contó con el apoyo de otros artistas, como Cincinato. Se trata de la historia de la Redención, que comienza con el nacimiento de la Virgen y concluye en El Juicio Final .

Sería interesante detenerse en cada uno de estos frescos, donde se hizo un estudio que podemos denominar arqueológico del mundo antiguo en el que vivió Jesús.

Pero vamos a centrarnos al menos en las escenas vinculadas con Pilatos.

La primera, cuando el gobernador romano se lava las manos y en el fondo, claramente, se ve el Panteón de Roma.

La segunda es el Ecce Homo, cuando Pilatos presenta a Jesús, ya agresivamente castigado, frente a la muchedumbre de Jerusalén.

De nuevo, no estamos en Jerusalén, pues al fondo se sigue viendo el panteón.

Podríamos creer que Tibaldi, pensando en el templo de Jerusalén, ha decidido representarlo como el panteón.

Probablemente, no es así. Felipe II debió pensar que la mejor forma de representar la ciudad de los que condenaban a Cristo era mostrando Roma, de nuevo esa Roma de los papas ambiciosos que ponían en riesgo el catolicismo.

Esa obsesión por que la Roma del  XVI era el lugar de condenación se vuelve a hacer evidente en el horizonte urbano que se ve tras el prendimiento de Cristo.

Recordemos, Felipe II no ataca a la Iglesia católica.

Él es su principal defensor. Pero sí a los malos papas con los que él mismo ha tenido que enfrentarse .

Obviamente, este tipo de sutilidades teológicas solo se las permitió en el interior del convento, donde podía compartir con los monjes la necesidad de regenerar la Iglesia católica dentro de los principios de Trento.

Pero si hubo un lugar donde esta supeditación de todas las ideas, de todos los saberes al triunfo de la verdadera Iglesia quedó aún más claramente plasmado fue en la decoración de la biblioteca, sin duda, uno de los proyectos más ambiciosos dentro del monasterio de El Escorial.