18. La biblioteca más grande de la cristiandad
La idea era construir esa biblioteca en Valladolid, que, como hemos visto, fue sede habitual de la corte durante la primera mitad del siglo XVI .
Al querer instalar la biblioteca dentro de un monasterio en mitad de la montaña, la idea de Pérez de Castro de un lugar abierto quedaba un tanto distorsionada, pues alejaba la posibilidad de facilitar la consulta de esa biblioteca por parte de los eruditos.
Fue entonces cuando Pérez de Castro comenzó a reunir una notable colección de manuscritos y libros, siguiendo las modas bibliófilas establecidas en las cortes renacentistas italianas.
Sin embargo, hemos de entender bien estas bibliotecas renacentistas, que era lo que Pérez de Castro quería que Felipe II estableciera en España.
En realidad, las bibliotecas habían sido una constante durante toda la Edad Media, de partida en los ámbitos monásticos, donde reunían por igual libros religiosos que de autores clásicos. Más tarde en las bibliotecas universitarias diocesanas y, por fin, en las casas nobles.
Las bibliotecas en realidad fueron creciendo según se fue expandiendo el uso del papel, a partir del siglo XI , desde el sur al norte de Europa.
El gran cambio en las bibliotecas del Renacimiento fue la irrupción de la imprenta de tipos móviles creada por Gutenberg en 1450, que permitió una reproducción masiva de los libros y, con ello, la posibilidad de crear bibliotecas de unas dimensiones hasta entonces desconocidas.
Que la bibliofilia ya no fuera el pasatiempo solo de reyes, abades y obispos, sino de cualquier erudito con afán por aprender y coleccionar textos, como el propio Pérez de Castro.
Con su memorial de 1556, Pérez de Castro soñaba con la mayor biblioteca de la cristiandad, formada por el monarca más poderoso, Felipe II, que podría así ofrecer a sus súbditos el centro de saber más amplio conocido, esa popularización de los libros.
Felipe II sí aceptó la idea de reunir la colección más ambiciosa, pero en El Escorial, bajo su supervisión, asegurándose de que el saber se hacía accesible, pero con cautela .
Una actitud cautelosa que no ha de sorprendernos, pues estamos en la segunda mitad del siglo XVI , cuando la lucha entre católicos y protestantes estaba en plena efervescencia y los libros heréticos eran perseguidos por doquier (obviamente, los católicos consideraban como heréticos unos libros y los protestantes otros).
La biblioteca había de instalarse en la fachada principal, sobre la entrada monumental, de acuerdo con las trazas modificadas por Juan de Herrera en 1572.
Ahí se habilitaron los pisos que habían de albergar la inmensa colección de libros, cuatro mil para 1575, comenzando por el salón principal o de los Frescos, además de otras estancias, como el salón Alto, por encima del salón de los Frescos, para los libros duplicados y los prohibidos, y el salón de Verano, destinado a los manuscritos.
Para conseguir esa gran colección de libros, Felipe II había hecho buscar en todos sus reinos, y uno de los encargados de esa recolección fue Benito Arias Montano, notable hebraísta que en aquellos años residía en Amberes, donde Felipe II le había encomendado una nueva edición de la Biblia, conocida como Biblia Regia, que había de mejorar la Políglota de Cisneros.
Esa mejora se haría al utilizar los textos originales en hebreo del Antiguo Testamento en vez de la versión latina de la Vulgata, ese texto canónico establecido por san Jerónimo en el siglo IV .
La edición de esa Biblia Regia fue realmente compleja, pues en el círculo papal de Roma se consideró que podía ser herética por ese rechazo a la Vulgata, una postura que también fue defendida por algunos teólogos españoles.
La actitud de Felipe II de defender su Biblia Regia se convirtió en una nueva fuente de enfrentamiento con el papado hasta que por fin, presentada esa Biblia Regia a la Inquisición, fue aprobada gracias al informe favorable de Juan de Mariana, que había sido nombrado censor jefe de la Inquisición para este asunto .
Cuando la edición de la Biblia Regia ya se había concluido en Amberes, Benito Arias Montano regresó a España en 1576 para ser el primer bibliotecario de El Escorial y poner un primer orden en esos cuatro mil volúmenes recibidos.
Todo este trabajo de catalogación se llevó a cabo al tiempo que se estaba construyendo y habilitando la propia biblioteca, siguiendo las trazas de Juan de Herrera, con especial protagonismo para la sala de los Frescos, de 54 metros de largo, 9 de ancho y 10 de alto, todo cubierto por una monumental bóveda de cañón, que fue donde se desarrolló lo más destacado del programa iconográfico.
Juan de Herrera también diseñó la gran estantería, compuesta por cincuenta y cuatro libreras, fabricadas en maderas nobles y ensamblada por el equipo del italiano Giuseppe Freccia, que llevaba trabajando en el mobiliario de El Escorial desde 1575.
Con todo, la decoración de la biblioteca se demoró algunos años, pues no la comenzó Pellegrino Tibaldi hasta enero de 1589.
¿Quién fue el responsable del programa iconográfico que Tibaldi pintó en esa bóveda de la biblioteca?
En la crónica de la construcción del monasterio redactada por fray José de Sigüenza dentro de su Historia de la orden de San Jerónimo , fray José se atribuyó la mayor parte de ese programa iconográfico.
Obviamente, bajo la supervisión de Felipe II, quien tenía a fray José como un consejero muy cercano.
Sin embargo, es posible que aún fuera mayor la influencia que ejercía sobre el rey Benito Arias Montano.
Es más, el propio fray José de Sigüenza se declaraba discípulo de Arias Montano, de modo que el peso de las ideas del maestro, que se retiró de El Escorial en 1586, sobre el discípulo debió ser notable y el programa iconográfico que pudo establecer Arias Montano fue el que defendió más tarde fray José.
Como decíamos antes, Arias Montano se había visto envuelto en la polémica de la edición de la Biblia Regia por preferir los textos hebreos originales del Antiguo Testamento frente a la versión latina de la Vulgata.
Recordemos que cuando Arias Montano editó esa Biblia Regia fue en los años posteriores al concilio de Trento, cuando había una tendencia dentro de la Iglesia católica que abogaba por un dogmatismo a ultranza y esas supuestas liberalidades de Arias Montano al cuestionar la Vulgata fueron mal vistas.
Solo que Felipe II apoyó a Arias Montano en ese sordo conflicto que el rey español mantenía con los papas de Roma por ver quién defendía el correcto catolicismo.
A comienzos de 1589, el papa Sixto V relanzó un programa para volver a editar la Biblia Vulgata, una tarea que remataría el papa Clemente VIII en 1592.
Es en esos años en los que los papas ofrecen una biblia canónica, en oposición de la Biblia Regia de Felipe II, cuando se está pintando la Biblioteca de El Escorial.
Con el programa iconográfico de la biblioteca escurialense, donde había cabida para los saberes clásicos junto con los cristianos, el rey se mostró aún combativo defendiendo esa apertura de espíritu que tuvo Arias Montano al considerar las otras fuentes del saber antiguo como complemento a los padres de la Iglesia cristiana.
Pudiera pensarse con esto que los papas de Roma de esos finales del siglo XVI eran más intransigentes que Felipe II.
Después de todo, esa unión de los saberes clásicos y los saberes cristianos había sido una de las características del arte de los papas, pero de los papas de comienzos del siglo XVI , tal como demuestran las pinturas de Rafael y, sobre todo, la bóveda de la Sixtina de Miguel Ángel.
¿Estaban renegando los papas tridentinos de ese maridaje de clásicos y cristianos?
¿Rechazaban el Renacimiento de Julio II o León X?
¿Era Felipe II quien había quedado como último defensor de ese Renacimiento?
En cierta medida así fue. Pero no solo por un debate teológico, que se dio, sino por esa enemistad entre los papas, que aún aspiraban a ser la autoridad máxima de la cristiandad latina frente al monarca más poderoso de su época, que impedía esa autoridad máxima de los papas.
La bóveda de El Escorial está dividida en nueve tramos. El tímpano, situado a los pies de la biblioteca, donde se encuentra la filosofía. Siete tramos sucesivos en la bóveda, representando cada una de las artes liberales. Por fin, el tímpano de la cabecera, donde se pintó la teología.
Cada una de las nueve iconografías señaladas, la filosofía, las artes liberales y la teología, por debajo, tenían historias vinculadas con el motivo principal.
En el caso de las artes liberales, dos escenas, una a cada lado de la bóveda.
Pero, además, en las artes liberales se insertaron los retratos de una serie de sabios relacionados con ellas.
Tibaldi siguió, por tanto, un programa predefinido mostrándolo a través de esas formas miguelangelescas de bellezas tan perfectas como irreales.
La encarnación de la filosofía quedó potenciada al estar rodeada de cuatro de los más grandes sabios de la Antigüedad: Sócrates, Platón, Aristóteles y Séneca.
Por debajo, una representación de la Escuela de Atenas, que indudablemente está asociada a esa otra Escuela de Atenas del Vaticano.
Pero si en el Vaticano toda la filosofía clásica se resumía en un solo cuadro, el único de todas las estancias de Rafael dedicado a los sabios de la Antigüedad, en El Escorial la filosofía clásica se contaba por capítulos y la Escuela de Atenas era solo uno de ellos, centrado, además, en el debate entre los académicos platónicos defensores del idealismo y los estoicos comprensivos con la vida material.
Partiendo, por tanto, de la filosofía como base del conocimiento, había que desarrollar este a través de las artes liberales, ese compendio también de origen clásico y bien articulado a lo largo de la Edad Media en dos conjuntos de saberes, el triviu m , que versaba sobre la elocuencia para explicarse correctamente, y el quadrivium , que apelaba a la lógica de los razonamientos.
Unas artes liberales que vimos como también habían sido representadas en los apartamentos Borgia del Vaticano casi un siglo atrás, con lo que Felipe II volvía a hacer un guiño hacia los papas del Alto Renacimiento.
El trivium de El Escorial partía de la gramática, con referencia a la confusión de las lenguas en la torre de Babel, para pasar por la retórica del Hércules Gallicum que invita a abrir los oídos a quien quiera entender, y llegar así a la dialéctica, mostrando a Zenón de Elea, considerado inventor de esta disciplina.
En el quadrivium , se comenzaba por la aritmética, con referencias tanto a los sabios hebreos como a los gimnosofistas de la antigua India, quienes más allá de su ascetismo eran conocidos por sus juegos lógicos.
Tras la aritmética, la música, con la inevitable referencia no solo al rey David, sino también al mito de Orfeo tratando de sacar a Eurídice del inframundo tras dormir al can Cerbero. A continuación, llegaba la geometría, recordando a Arquímedes y su muerte a manos de los soldados romanos.
El viaje por las artes liberales terminaba en la astrología, entendida como el estudio del cielo como paso previo a conocer a Dios, en donde tienen cabida por igual los sabios del antiguo Egipto que Dionisio el Areopagita por su estudio de las jerarquías celestes, aunque hoy sabemos que ese trabajo es de otro autor antiguo, conocido como el Pseudo-Dionisio.
Toda esta sabiduría adquirida a través de las artes liberales quedaba supeditada, sin embargo, a la fe cristiana, representada en la teología, rodeada por los padres de la Iglesia latina y reforzada por el correcto dogma establecido a través de los concilios.
Sin embargo, aquí Felipe II logró un último giro en su rivalidad con los papas de su tiempo. A la hora de representar un concilio, en vez de hacer pintar el de Trento, finalizado poco antes y del que el rey era un ferviente defensor, prefirió que se mostrase el concilio de Nicea.
Toda una declaración de intenciones. Es cierto que en Nicea se había condenado a Arrio por su desviación de la verdadera fe como en Trento se había condenado a los protestantes.
Pero la clave es que Nicea estuvo presidido por el emperador Constantino por encima de los papas, con lo que Felipe II enviaba un claro mensaje a los sumos pontífices de su tiempo sobre quién tenía la verdadera autoridad.
De este modo, el mensaje final quedaba claro: en el debate sobre quién representaba el verdadero catolicismo, Felipe II se presentaba como su verdadero defensor, a modo de un Constantino redivivo, un catolicismo que, además, no renegaba de su pasado clásico, incluso hasta los sabios más antiguos, como los egipcios de los tiempos de los faraones, tenían su espacio.
De esta manera, cuando Tibaldi terminó de pintar los frescos de la Biblioteca de El Escorial en 1591, Felipe II había superado las aspiraciones de los papas de comienzos del siglo XVI , Julio II y los papas Medici, y sus humanistas cristianos, incluido Erasmo.
En El Escorial se habían reunido todos los saberes, los clásicos y los cristianos; en las pinturas de las bóvedas y en los libros de las estanterías, y todo bajo el gobierno del buen príncipe católico, Felipe II, convertido en el modelo del perfecto caballero cristiano por el que tanto pelease su padre, el emperador Carlos V.
El Escorial fue así la culminación de los ideales renacentistas, unos ideales que comenzaron en la Florencia del 1400 reclamando ser una civilización superior a la de los bárbaros del norte, apelando a su pasado imperial romano.
Un Renacimiento que para 1500 ya se había convertido en el arte de los papas, herederos de los emperadores romanos, de ahí la necesidad de apelar al lenguaje clásico, pero sobre todo representantes de Dios en la Tierra, por lo que ese arte clásico quedaba sometido a las necesidades de la Iglesia católica .
El Renacimiento no fue el arte de un humanismo antropocéntrico.
No buscó romper con el catolicismo. Se convirtió en su principal bandera.
Por eso el más católico de los reyes del siglo XVI , Felipe II, había de ser, también, el más renacentista.
Y su principal obra, El Escorial, la culminación de ese Renacimiento.