Renacimiento 17. El Renacimiento de Felipe II de Tiziano Juan de Herrera #2
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17. El Renacimiento de Felipe II de Tiziano Juan de Herrera #2

Detrás de la iglesia, se colocaría la Casa del Rey, que, al estar pegada al templo, podía permitir a Felipe II seguir la misa desde el dormitorio, una idea que, como vimos, ya había desarrollado Carlos V en el monasterio de Yuste.

El arquitecto Paciotto no criticó esta disposición general, pero sí censuró la traza de la iglesia, que calificó de pesadilla. En su lugar, el italiano propuso una nueva planta, que era una réplica de la que Antonio da Sangallo había diseñado para San Pedro del Vaticano.

Felipe II optó por seguir con Juan Bautista y su traza universal, aunque le hizo cambiar la planta de la iglesia, aceptando esa de Paciotto copiada de Sangallo.

Dado que Juan Bautista tenía un carácter demasiado perfeccionista que hacía que los trabajos avanzaran lentamente, Felipe II le pidió que se centrara exclusivamente en dar trazas y que contratase a otros especialistas que le apoyasen en la dirección de los tajos.

Fue así como en febrero de 1563 llegó a El Escorial el treintañero Juan de Herrera.

El 23 de abril de 1563 se colocó la primera piedra del monasterio y a partir de ahí las obras comenzaron a avanzar a buen ritmo, incluso cuando el rey anunció en 1564 que duplicaría el número de monjes, lo que obligó a Juan Bautista a modificar las trazas, duplicando la altura de los edificios.

Tras varios días gravemente enfermo, el 20 de mayo de 1567 falleció en Madrid Juan Bautista con poco más de cincuenta años.

Su muerte podía haber supuesto un gran problema para las obras de El Escorial, pero su traza ya estaba consolidada y, sobre todo, había formado correctamente a quien había de sucederle en el puesto, Juan de Herrera .

En el momento en que murió Juan Bautista, las obras habían avanzado por el ángulo sureste del convento, donde destacaba el patio de los Evangelistas.

Los alzados de las crujías de ese patio seguían el modelo que Bramante había establecido como canónico en Santa María della Pace, lo vimos más arriba, a comienzos del siglo  XVI : pilares para sostener los arcos de los pórticos de esas crujías y columnas adosadas contra esos pilares para sostener los entablamentos que quedaban por encima de los arcos.

Un sistema que se repite en las galerías superiores.

Juan Bautista se alineaba así con los dogmas de ese Alto Renacimiento, pero veremos como cuando Juan de Herrera asuma la dirección de la obra pareció dar un paso atrás.

Solo que Felipe II no eligió a Juan de Herrera como el inmediato sucesor de Juan Bautista, probablemente porque el rey quería que fuera un italiano o alguien completamente imbuido del arte italiano, como el desaparecido Juan Bautista, quien siguiera los trabajos.

Las obras quedaron entonces en manos del Bergamasco, un notable pintor de origen lombardo que había llegado a España en 1566 para trabajar para Álvaro de Bazán (uno de los militares de confianza de Felipe II) en el palacio del Viso del Marqués.

El rey le hizo llamar y el Bergamasco se hizo cargo brevemente de las obras de El Escorial, siendo su proyecto más destacado la gran escalera del convento, que un siglo más tarde sería decorada por Luca Giordano.

Pero Felipe II no debió quedar del todo convencido del trabajo del Bergamasco, pues tras la escalera le va a encargar ya solo proyectos decorativos, que tampoco pudo realizar porque el italiano murió en 1569.

Fue entonces cuando Juan de Herrera empezó a ganar puntos para convertirse en el director de las obras.

Nacido en 1530 en la localidad cántabra de Roiz, con solo diecisiete años Herrera decidió seguir la carrera militar, lo que le llevaría a viajar por los Países Bajos, Alemania e Italia, regresando a España en el séquito de Carlos V cuando el emperador quiso retirarse en Yuste.

Desde 1558, entró al servicio de Felipe II, donde destacó por sus dotes como delineante y sus conocimientos de ingeniería, lo que le permitió entrar a formar parte, como veíamos antes, del equipo de Juan Bautista de Toledo, junto al que enriqueció sus conocimientos de arquitectura.

Sin embargo, Felipe II en un primer momento no estaba del todo convencido de las capacidades de Juan de Herrera.

De ahí que entre 1570 y 1572 el rey le encargara al barón Gian Tomasso de Martirano que realizase un singular tour por buena parte de Italia, buscando quién podía realizar unas mejores trazas, en concreto para la iglesia escurialense.

El tour comenzó en Génova, donde Martirano buscó la opinión de Galeazzo Alessi. En Milán, solicitó la de Tibaldi, notable pintor que años después terminaría por trabajar en El Escorial.

En Florencia Martirano convocó a la Academia del Diseño, donde, entre otros, se pronunciaron el arquitecto y escultor Bartolomeo Ammannati y también Vincenzo Danti, quien llegó a diseñar una planta ovalada, siguiendo los modelos que Vignola ya estaba desarrollando en Roma.

Además, el barón Martirano logró que Palladio remitiese su propia propuesta desde Venecia para El Escorial. El tour terminó en Roma en el verano de 1572, donde Martirano consiguió contar con la opinión y la propuesta de Vignola.

Todas estas ideas fueron remitidas a España, donde las recibió Felipe II en febrero de 1573, quien, tras recabar tantos pareceres, sentenció con un «ya son venidas las trazas que se esperaban de Italia para esa iglesia y no creo habrá mucho que tomar de ellas».

En ese tiempo, Juan de Herrera había comenzado la construcción de la Casa del Rey, organizada en torno a un patio central, llamado de los Mascarones.

Este patio se articula a partir de dos niveles.

En el pórtico inferior, Juan de Herrera colocó columnas de orden toscano sosteniendo arcos de medio punto.

Pero no hizo el ejercicio de añadir una columna adosada que soportara el entablamento posterior.

Es decir, no siguió ese principio de vertebración de los órdenes que había hecho canónico Bramante y que vimos que Juan Bautista de Toledo seguía.

Parecía que Juan de Herrera daba un paso atrás al seguir el modelo que a comienzos del siglo  XV había establecido Brunelleschi en el hospital de los Inocentes de Florencia.

Pudiéramos pensar que Herrera desconocía la evolución del lenguaje renacentista.

En realidad, lo que el arquitecto buscaba era desnudar la construcción de todo aditamento innecesario.

Probablemente, una sobriedad arquitectónica buscada por Felipe II, que, en otros terrenos, como la pintura, el mobiliario, la jardinería, se mostró más atrevido.

Para comprender ese gusto por la sobriedad arquitectónica de Felipe II hemos de entender la relación que mantuvo con los papas de Roma.

No con el papado como símbolo de la autoridad máxima de la Iglesia católica, que no solo no cuestionaba, sino que imitaba en su programa artístico con esta obsesión por seguir los principios del Alto Renacimiento.

Solo que Felipe II, siendo un ferviente católico, tuvo sus altercados con determinados papas.

El caso más conocido es el que explicamos antes con Paulo IV, papa entre 1555 y 1559, que se alió con Enrique II de Francia para combatir contra el rey español.

Tras la muerte de Paulo IV, su sucesor, Pío IV, papa entre 1559 y 1565, trató de mejorar la relación con Felipe II. Más cuando este fue el papa que terminó el concilio de Trento en 1563 y necesitaba el favor de los monarcas católicos para desarrollar todos los principios tridentinos.

Pero, muerto Pío IV en 1565, su sucesor, Pío V, fue más reticente a la primacía que Felipe II tenía sobre buena parte de Italia, lo que llevó a continuas negociaciones entre los dos soberanos, gracias a las cuales lograron la victoria de Lepanto sobre los turcos en 1571, sin dejar de ser unos acuerdos construidos a base de continuas tiranteces.

Esta tensión se mantuvo con el heredero de Pío V, Gregorio XIII, papa de 1572 a 1585. Gregorio XIII había sido legado apostólico en España en 1565 y conoció en persona a Felipe II, una relación, en principio cordial, que le valió para que el rey español apoyara su candidatura al papado.

A partir de ahí, Gregorio XIII heredó la suspicacia de sus antecesores por el predominio español en Italia y más cuando en 1580 Felipe II se hizo con la Corona de Portugal, con lo que su autoridad sobre la cristiandad occidental llegó a su cumbre.

Es en esos años de tiranteces entre Felipe II y los sucesivos papas cuando se estaba construyendo El Escorial.

El rey quiso aprovechar su nuevo monasterio para lanzar una proclama arquitectónica con la que reivindicaba un catolicismo exento de esa parafernalia excesiva en la que habían incurrido los papas y que había provocado, a la larga, la Reforma protestante.

Es más, en la construcción de la iglesia, Felipe II pudo darse el gusto de demostrar como él era capaz de aceptar el modelo correcto de San Pedro del Vaticano, el de Sangallo, perfectamente ajustado a la liturgia católica, mientras los papas se enfangaban con la planta central de Miguel Ángel, inútil para esa liturgia.

La obra de la basílica arrancó en 1574. En el extremo oriental, se situó el presbiterio, una nave única bajo bóveda de cañón a la que se accedía por una escalinata monumental.

A cada lado de esa nave, sendas tribunas, donde se colocaron los cenotafios, monumentos funerarios conmemorativos, de Carlos V y Felipe II, obra de Pompeo Leoni, ensamblados en su ubicación actual en 1587.

Con esta solución, Felipe II lograba superar el problema planteado en San Pedro del Vaticano cuando Julio II quiso instalar su mausoleo en el crucero, rompiendo ese espacio longitudinal necesario para toda iglesia .

Al colocar los cenotafios a cada lado del presbiterio no se interrumpía la liturgia, pero los reyes, Carlos V con su familia y Felipe II con la suya, de forma simbólica quedaban por la eternidad al lado del altar, en una posición preminente.