17. El Renacimiento de Felipe II de Tiziano Juan de Herrera
Los príncipes alemanes, por su parte, buscaban resarcirse de su derrota en la batalla de Mühlberg, recuperar los privilegios perdidos e imponer la Reforma luterana.
A la cabeza de los alemanes, Mauricio de Sajonia, quien había sido hombre de la máxima confianza de Carlos V, a quien ahora traicionaba.
Es más, Mauricio de Sajonia obligó al emperador a huir de forma humillante desde el Tirol hacia Austria, tal como vimos más arriba, hasta que acudió el duque de Alba al rescate de Carlos V.
Mientras tanto, el emperador, junto al duque de Alba, lanzó sus tropas contra las que Enrique II tenía acantonadas en la ciudad de Metz, dirigidas por el duque de Guisa. El sitio de Metz fue un fracaso y Carlos V hubo de retirarse a Bruselas .
Después, Carlos V dejó todas sus Coronas, la imperial a su hermano Fernando I y el resto a su hijo Felipe II, quien recibió también esa herencia envenenada de la tregua con los franceses.
Las tropas francesas dirigidas por el duque de Guisa se adentraron en Italia, pero fueron derrotadas sucesivas veces por el duque de Alba. El papa reaccionó amenazando con la excomunión a Felipe II por oponerse a los tejemanejes pontificios.
Ante los fracasos de Guisa en Italia, la guerra se trasladó entonces a la frontera de los Países Bajos donde las tropas reunidas por Felipe II, las suyas propias más las enviadas desde Inglaterra por su esposa la reina María I, quedaron bajo el mando del duque de Saboya.
Frente a él, el condestable de Francia, Anne de Montmorency, llegó con el grueso de sus hombres.
Los dos ejércitos se encontraron frente a la ciudad de San Quintín, en el valle del Somme.
El 10 de agosto de 1557, día de San Lorenzo, se produjo la batalla, y la derrota francesa fue total.
Miles de hombres de Enrique II quedaron heridos o murieron en el campo de batalla frente a unos pocos cientos de Felipe II.
La mayor parte de los oficiales franceses cayeron prisioneros, incluido Montmorency.
Enrique II trató de resarcirse de la derrota.
Formó un nuevo ejército al mando del duque de Guisa que envió de forma secreta sobre Calais, en la costa del canal de la Mancha, la última posesión inglesa en la Francia continental.
La idea era atacar directamente las propiedades de María I Tudor por su apoyo a Felipe II. Calais cayó el 7 de enero de 1558.
El duque de Saboya volvió a reorganizar el ejército de Felipe II y en julio de 1558 ese ejército, al mando del conde de Egmont, se presentó en Gravelinas, a 25 kilómetros de Calais, siendo los franceses derrotados de nuevo.
Se abrieron entonces las negociaciones de paz, rematadas en el castillo de Cateau-Cambrésis, en los Países Bajos españoles. Allí se firmó en abril de 1559 el tratado que puso fin a la guerra entre Francia y la Monarquía Hispánica.
Se restituyeron las fronteras en las zonas de Borgoña y los Países Bajos.
Francia, además, renunció a sus ambiciones en Italia.
Por otro lado, se acordó el matrimonio entre Felipe II (que había enviudado meses atrás con la muerte de María I Tudor en noviembre de 1558) e Isabel de Valois, la hija de Enrique II.
Festejando esta paz, el rey de Francia intervino en un torneo celebrado en París, donde sufrió un accidente que acabó con su vida en julio de 1559. Un mes después, en agosto, murió en Roma el papa Paulo IV.
En septiembre de 1559, Felipe II regresó a España, de donde había salido en julio de 1554 para casarse con María I.
Sus enemigos habían sido derrotados o habían muerto y parecía contar con nuevos aliados: en Inglaterra, su cuñada, Isabel I Tudor, de quien esperaba que fuera capaz de atemperar las tensiones religiosas entre católicos y anglicanos; en los Países Bajos, Guillermo de Orange, favorito de Carlos V y a quien Felipe II nombró estatúder, es decir, máximo responsable militar de aquellos territorios.
El rey Felipe volvía a España en el convencimiento de que aquella batalla de San Quintín había sido decisiva para el éxito de su reinado y quería conmemorarlo.
Para ello, tenía en su cabeza un ambicioso plan constructivo en el centro de España.
De partida, en el eje Toledo-Aranjuez, Toledo como capital y Aranjuez como Sitio Real de recreo y retiro.
Y, sobre todo, la gran reforma del alcázar real de Madrid y la construcción de un nuevo monasterio, el de San Lorenzo, por celebrarse a ese santo el día de la victoria de San Quintín.
Es cierto que sus aliados pronto le traicionaron y con el tiempo Isabel I de Inglaterra y Guillermo de Orange serán dos de sus enemigos más agresivos. Sin embargo, la idea de conmemorar San Quintín sí se materializaría en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial.
Con todo, había un plan más ambicioso. El Escorial no solo celebraría la victoria de San Quintín, sino que había de mostrar al mundo que Felipe II era el más destacado rey católico de toda la Europa occidental y que, por tanto, había de levantar un edificio renacentista digno de ese catolicismo.
A su regreso a España, en el verano de 1559, Felipe II acudió a Valladolid, para comienzos de 1560 trasladar la corte a Toledo, donde ya acudió con su nueva esposa, Isabel de Valois. El verano de 1560 el rey lo pasó en Aranjuez, donde encargó una serie de obras para ampliar el Real Sitio.
Pero, al final, en el verano de 1561, Felipe II decidió instalar la corte en el alcázar de Madrid y desde allí buscar la ubicación para su nuevo monasterio real.
Junto a Aranjuez, en esos años de su vuelta a España, los lugares donde el rey se encontraba más confortable fueron el palacio de Valsaín, en la cara norte de la sierra del Guadarrama, y el monasterio jerónimo de Guisando, en la cara sur de la sierra, eligiendo al final el sitio de El Escorial, también en la cara sur del Guadarrama, para ese monasterio real, que quedaba así muy cerca de Madrid.
Recordemos que la idea de un monasterio real como lugar de recogimiento de los monjes a la vez que residencia regular de los reyes era una larga tradición hispana, cuyo capítulo previo a este de El Escorial había sido el retiro de Yuste habilitado para Carlos V y que vimos más arriba.
Elegido el emplazamiento, había que seleccionar al arquitecto que llevara a cabo la obra. Entre los más veteranos, estaban Alonso de Covarrubias, quien había sido maestro mayor de la catedral toledana desde 1534, pero sobre todo arquitecto real al servicio de Carlos V desde 1537.
Una situación similar era la de Luis de Vega, quien había fungido en gran medida como arquitecto principal de Carlos V y que había sido el responsable de las obras del palacio real de Valladolid, el del Pardo, las primeras obras en Aranjuez y Valsaín, la remodelación de los alcázares de Sevilla o la adecuación del alcázar de Madrid.
A la sombra de Luis de Vega se había formado su sobrino Gaspar de Vega, nacido hacia 1523, y que había trabajado junto a su tío desde 1543 en los alcázares de Madrid, Toledo o Sevilla.
Gaspar de Vega, además, acompañó al príncipe Felipe en su estancia en Inglaterra y los Países Bajos hasta que regresó a España en 1556 cruzando Francia para hacerse cargo de las obras de Valsaín.
Otro arquitecto notable en esos mediados del siglo XVI fue Francisco de Villalpando, cuñado de Gaspar de Vega.
Nacido a comienzos del siglo XVI en la tierra de Zamora, Villalpando aparece activo antes de 1540 en Valladolid y desde 1541 en Toledo.
Además, en 1552, Villalpando había publicado su traducción de los libros III y IV del arquitecto boloñés Serlio, una traducción dedicada al por entonces príncipe Felipe, si bien es posible que Villalpando, como todos los otros arquitectos citados (Covarrubias, los Vega), nunca hubiera estado en Italia.
De ahí que cuando Felipe II eligió al arquitecto que había de proyectar y dirigir la construcción de su monasterio de El Escorial descartó a todos los que hemos enumerado y optó por un maestro relativamente desconocido: Juan Bautista de Toledo, un español que sí había trabajado durante muchos años en Italia.
De esta manera, Felipe II se garantizaba que su monasterio, que había de ser el epítome del Renacimiento católico de origen italiano, lo proyectaba un arquitecto que conocía esa arquitectura italiana de primera mano.
Juan Bautista nació hacia 1515. No sabemos nada de su infancia y la primera información que tenemos de él es cuando trabajaba ya en Italia a partir de 1534, donde parece que formó parte primero del equipo de Antonio da Sangallo el Joven en el Vaticano, para después seguir a las órdenes de Miguel Ángel cuando este asumió la dirección de las obras de San Pedro a la muerte de Sangallo.
En 1549, Juan Bautista se encontraba en Nápoles, donde trabajó al servicio de los sucesivos virreyes, incluido el duque de Alba, que fue quien recomendó a Juan Bautista de Toledo al rey Felipe II, quien ordenó en 1559 que el arquitecto se trasladase a España.
Allí, Juan Bautista comenzó a trabajar primero en el Sitio Real de Aranjuez y desde 1561 en el diseño del monasterio de El Escorial.
Aunque Felipe II había elegido personalmente a Juan Bautista para la construcción del monasterio, hizo que otros maestros verificasen los proyectos que presentaba el arquitecto.
Así, la llamada traza universal de El Escorial, realizada en 1562, fue corregida por el arquitecto italiano Francesco Paciotto, recién llegado de los Países Bajos, donde había trabajado para la gobernadora Margarita de Parma, medio hermana de Felipe II .
En esa traza universal, la iglesia se situaba en medio. Al sur se situaría el convento. Al norte, un colegio-seminario, adelantándose así Felipe II a las disposiciones del concilio de Trento que reclamarían la existencia de esos seminarios en todo el orbe católico.