Renacimiento 16. Cuando el Renacimiento conquistó el mercado #2
84%

16. Cuando el Renacimiento conquistó el mercado #2

Es decir, Serlio se erigió en el defensor de la correcta arquitectura renacentista, de modo que aquellos que quisieran estar en la verdadera vanguardia clásica habrían de contar con su opinión.

Con esta actitud, logró que los funcionarios franceses pusieran en marcha su partida a la corte de Francisco I.

Serlio se trasladó junto con su familia a Fontainebleau en diciembre de 1541, donde fue nombrado pintor y arquitecto del rey, ese Fontainebleau que vimos más arriba como se había convertido en la residencia favorita de Francisco I .

Pero Francisco I solo estaba consiguiendo artistas de segunda fila. Serlio lo era, y prueba de ello es que solo dos años después de llegar a Fontainebleau hubo de dejar el puesto de responsable de las obras del palacio al maestro francés Gilles Jamin.

Afortunadamente, Serlio logró nuevos mecenas, como el cardenal Hipólito II d’Este, hermano del duque de Ferrara Hércules II, para quien diseñó la villa del Gran Ferrara, donde Serlio desarrolló el orden rústico, una forma de construir los fustes de las columnas, en el que los tambores lisos se intercalaban con piezas de acabado rústico.

Curiosamente, este orden rústico terminaría por convertirse en una de las señas de identidad de la arquitectura clásica francesa.

Mientras trabajaba para el cardenal Hipólito II, Serlio no abandonó su labor editorial.

En 1545 aparecieron los libros I y II, en italiano y francés, impresos por Jean Martin y dedicados al rey Francisco I.

Como decíamos antes, estos dos primeros libros hablaban sobre la geometría y la perspectiva de una forma, en principio, más sesuda que los libros III y IV, que tenían un carácter más divulgativo.

Para 1547, Serlio publicó el libro V, de nuevo en versión bilingüe, esta vez con el impresor parisino Michel de Vascosan. En esta ocasión, el nuevo ensayo estuvo dedicado a Margarita de Angulema, reina consorte de Navarra y hermana de Francisco I, y quien había financiado en parte esa publicación.

El libro V versaba sobre el diseño de templos, tanto los de la Antigüedad como los del mundo cristiano.

Serlio hizo un ejercicio de geometría muy interesante.

Hemos de pensar que para 1547 las obras del Vaticano estaban en marcha.

Acababa de morir Antonio da Sangallo el Joven, siendo sustituido como director de los trabajos por Miguel Ángel.

Serlio, aunque lejos en Francia, era consciente del debate que se estaba desarrollando en el Vaticano.

De ahí que en su libro V optara por resolver ese debate con diferentes plantas geométricas.

Así, presentó templos circulares, en cruz griega, hexagonales, octogonales, antes de mostrar iglesias más ajustadas a la liturgia, con formas basilicales o de cruz latina.

Una vez más, Serlio se limitó a dar una solución estética, geométrica, sin entrar a analizar el problema espacial que podía suponer una iglesia de planta central.

Esa forma acomodaticia de trabajar permitió que los libros de Serlio se siguieran vendiendo bien y que el arquitecto apostara por publicar los volúmenes que aún le faltaban.

Pero sus condiciones de vida empeoraron a partir de 1547, pues en marzo de ese año, muy poco después de aparecer el libro V, murió Francisco I.

Serlio decidió trasladarse en 1550 desde Fontainebleau hasta Lyon, la capital francesa del libro impreso.

Es decir, como había hecho años atrás en Italia cuando se quedó sin mecenas, Serlio optó por ir directamente al principal mercado editorial de Francia y allí buscar el apoyo de los editores lioneses.

Aunque Serlio llevaba varios años trabajando un tratado sobre fortificaciones, al llegar a Lyon, su nuevo editor, Jean de Tournes, le invitó a hacer un ensayo más atrevido, el llamado Libro extraordinario , publicado en 1551, donde expuso hasta cincuenta soluciones para una entrada monumental.

Para los estándares personales de Serlio, muy apegados a la sobriedad vitruviana, la nueva propuesta resultó un tanto extravagante.

Pero es que el arquitecto boloñés entendió que sus formas vitruvianas empezaban ya a estar superadas y que era necesario apostar por la vanguardia, por la creatividad.

Es decir, con el Libro extraordinario Serlio echó por tierra lo que él mismo había estado defendiendo en los trece años previos sobre una arquitectura canónica.

Sin embargo, la venta del Libro extraordinario , así como la reedición de sus ensayos previos, tanto en Lyon como en Venecia, no bastaron para que Serlio pudiera mantener a su familia, por lo que en 1553 decidió regresar a Fontainebleau, donde, con unas condiciones materiales más austeras, se lanzó a la elaboración de dos libros más, el VI, dedicado a las residencias particulares, y el VII, sobre la restauración de monumentos.

Serlio no llegó a ver publicados estos libros, pues murió en 1557. Esos volúmenes VI y VII, así como aquel tratado sobre fortificaciones, el Castrametatio , en el que estuvo trabajando antes de publicar el Libro extraordinario , terminaron por aparecer décadas después.

En cierta medida, como le había ocurrido a Diego de Sagredo, el mayor éxito de Serlio le llegó años después de morir.

A pesar de que el arquitecto boloñés había entendido que una parte del público, en el siglo  XVI (y en la actualidad), quería un recetario sobre cómo se hacía el buen arte renacentista, ese público no quería un manual práctico.

Quería una serie de dibujos en la que cualquier artista pudiera elegir y combinar a su gusto en la seguridad de que al final tendría una obra formalmente clásica.

No importaba el espacio resultante si ese espacio funcionaba. Lo que importaba era que en un mundo donde los buenos príncipes católicos tenían que ser renacentistas copiar a Serlio era el camino más fácil para lograr ese Renacimiento.

Obviamente, consolidada la fórmula del tratado de arquitectura, muchos otros artistas se apuntaron a la idea de publicar sus propios tratados, entre los que destacaron dos arquitectos italianos: Vignola y Palladio.

El 1 de octubre de 1507, en Vignola, una localidad de la Emilia-Romaña, nació Jacopo Barozi, que terminaría por pasar a la posteridad como arquitecto con el nombre de su localidad, Vignola.

Un año después, en noviembre de 1508, en Padua, en la región del Véneto, nació Andrea di Pietro della Gondola, que también adquirió fama posterior como arquitecto y con el nombre de Palladio.

Para finales de los años 1530, cuando Vignola y Palladio comenzaron a estar activos, la mayor parte de los artistas del Alto Renacimiento ya habían muerto, salvo Miguel Ángel, que tuvo el privilegio de la longevidad.

Gracias a ello, Vignola y Palladio, más allá de los maestros que les formaron en su juventud, estuvieron claramente influenciados por ese Miguel Ángel maduro, más atrevido en todas sus creaciones artísticas, en pintura, escultura y, sobre todo, arquitectura.

Vignola, tras formarse como pintor en Bolonia, desde 1538, estuvo trabajando en Roma, pero no logró consolidarse.

Por eso, cuando en 1540 fue contratado por el Primaticcio para realizar los vaciados de una serie de esculturas del Vaticano que el rey Francisco I deseaba para su palacio de Fontainebleau, Vignola aprovechó para marcharse a Francia, a donde llegó en 1541, pasando a ser uno más de todos esos artistas italianos que acudieron a la corte francesa.

Fue justo ese año de 1541 cuando Palladio visitó por primera vez Roma. Desde joven, Palladio se había formado como albañil y cantero hasta que, trabajando en Vicenza, conoció al noble y diplomático Gian Giorgio Trissino.

En 1534, Trissino quiso reformar la villa familiar de Cricoli, a las afueras de Vicenza, donde gustaba de reunir a los eruditos con los que se codeaba.

Fue en esas obras de la villa de Cricoli donde Trissino conoció al joven cantero paduano de habilidosa mano y sobresaliente talento al que decidió apadrinar e, incluso, ponerle el nombre de Palladio con el que el cantero había de pasar a la posteridad.

Gracias al mecenazgo de Trissino, Palladio pudo viajar a Roma por primera vez en 1541 con objeto de estudiar las antigüedades clásicas y poder cotejarlas con el tratado de Vitruvio, que se convirtió en su libro de cabecera.

Durante los siguientes diez años, Palladio se dedicará a proyectar y construir varias villas en el entorno de Vicenza.

Desde muy pronto, Palladio mostró su gusto por un uso correcto de las formas clásicas, alejado de los atrevimientos de Miguel Ángel, a quien pudo llegar a conocer en sus viajes a Roma.

Palladio fue un hombre aficionado a las columnas canónicas y los frontones triangulares.

A composiciones muy equilibradas y simétricas, sin ningún atrevimiento bizarro.

Es más, ese gusto por la armonía le llevó a diseñar unas plantas muy simétricas para sus villas, por lo general, basadas en principios tripartitos.

Pensemos en una de las primeras, la Valmarana, iniciada en 1546.

La fachada se divide en tres cuerpos: el central, con el pórtico, y los dos laterales, con sendas ventanas.

A su vez el pórtico está formado por una serliana, es decir, un arco central y dos puertas laterales, de nuevo el sistema tripartito.

La distribución espacial se organizaba a partir de un eje central formado por el vestíbulo principal, un pasillo y una sala en la parte posterior.

Otra vez una organización tripartita, que en esa sala posterior se agudizaba al situar tres nuevas aberturas hacia el jardín trasero.

A cada lado de este eje central, las alas laterales también se articulaban a partir de tres habitaciones sucesivas.

Esa forma tan ordenada de proyectar a partir de los elementos clásicos básicos y unas plantas simétricas dominadas por la tripartición se convirtió en la marca distintiva de Palladio.