16. Cuando el Renacimiento conquistó el mercado
M ientras Miguel Ángel daba rienda suelta a su creatividad, empecinado en ser el referente de los artistas de los siglos venideros, en paralelo surgió un singular mercado, el de los tratados, entendidos como compendios de soluciones para aquellos que quisieran imitar el Renacimiento italiano sin más afán.
El arzobispo Fonseca, además, le encargó a Sagredo la elaboración de un ensayo sobre las proporciones clásicas que se habían recuperado en la Italia del Quattrocento y vinculadas, en gran medida, con la nueva fama adquirida por el tratado de Vitruvio.
El resultado fue un libro titulado Las medidas del romano , en clara referencia al romano Vitruvio, conformado por treinta y ocho hojas ricamente ilustradas, en donde Sagredo comenzaba hablando de las proporciones antropométricas, daba unas nociones básicas de geometría, para pasar a analizar los elementos más representativos de la arquitectura clásica bien proporcionados, en esencia, capiteles y cornisas.
El libro se organizaba a partir de la conversación que mantenían Tampeso, que era quien explicaba las proporciones clásicas y que se ha identificado con el propio Diego Sagredo, y Picardo, que es quien desea aprender esas proporciones y que posiblemente evocaba al pintor León Picardo, que había trabajado con Sagredo en Burgos, un León Picardo apegado a las formas borgoñonas y que quizás por eso deseaba saber más del arte del Renacimiento.
Las medidas del romano fueron escritas directamente en castellano, que no en latín, como los tratados previos que vimos más arriba, en ese formato de diálogo muy didáctico, todo pensado para llegar al público más amplio.
Probablemente este marcado carácter divulgativo fue lo que permitió el éxito de Las medidas del romano . Para 1533 ya estaba traducido al francés por el editor Simon de Colines. Y para 1541 salió la versión portuguesa.
Sagredo no llegó a disfrutar de este éxito editorial, pues murió en 1528, pero su impacto en el mercado de la divulgación del arte fue tal que muy pronto le surgió competencia, comenzando con los tratados de Serlio.
Aunque habitualmente se considera que Serlio nació en Bolonia en 1475, es posible que viniera al mundo diez años después. Pero es que la vida de Serlio está llena de oscuridades.
Se formó como pintor y grabador primero en Bolonia y más tarde en Pésaro, especializándose en dibujos de arquitectura y perspectiva, lo que le permitió entrar a trabajar a partir de 1522 en el taller de Baldassare Peruzzi, notable arquitecto seguidor de Bramante.
Peruzzi fue a trabajar a Roma en 1523 llevándose a Serlio con él. Pero en abril de 1525 Serlio había regresado a Roma, cesando su colaboración con su maestro Peruzzi.
Aquí entramos en uno de los debates historiográficos más peliculeros en torno a Serlio.
¿Un solo año le bastó para recapitular toda la información que en los años siguientes publicaría sobre Roma y sus ruinas?
Es cierto que, gracias a Peruzzi, Serlio tuvo acceso a los archivos de arquitectura del Vaticano.
Pero también sabemos que Peruzzi estaba reuniendo una gran cantidad de dibujos, además de realizar nuevos diseños, quizás con la idea de publicarlos en el futuro.
¿Aprovechó Serlio esta recopilación de su maestro?
Se le ha llegado a acusar incluso de plagio a Serlio.
¿Pudo ir más lejos e, incluso, sustraerle algún dibujo a Peruzzi?
Peruzzi murió en 1536 sin haber vuelto a tener ninguna relación con Serlio.
Es cierto que por medio sucedió el saqueo de Roma de 1527.
Peruzzi fue capturado por las tropas españolas y hubo de pagar un fuerte rescate para ser liberado y poder huir a Siena.
Todo indica que, en esa precipitada salida, Peruzzi perdió casi todo el trabajo gráfico que había estado reuniendo.
Por tanto, si Serlio le copió algo, no podríamos saberlo, pues los supuestos originales se perdieron.
Peruzzi regresó a Roma cuando la situación se calmó, a partir de 1530. Serlio nunca volvió a la Ciudad Eterna.
Cuando se produjo el saqueo de Roma de 1527, Serlio estaba en Bolonia, desde donde se trasladó poco después a Venecia a comienzos de 1528.
Allí se presentó ante el Senado de la Serenísima República de Venecia como profesor de arquitectura, reclamando su protección para la serie de grabados en cobre que estaba realizando sobre los cinco órdenes de la arquitectura, así como varias vistas urbanas antiguas de gran formato .
De esta manera, Serlio quería entrar en el mercado de arte veneciano, un mercado que no era fácil para los recién llegados.
En esos años de finales de la década de 1520, el arte veneciano estaba en manos de una serie de artistas notables.
La arquitectura y la escultura las dominaba Jacopo Sansovino, recién regresado de Roma, precisamente por el saqueo.
En pintura, el taller de Tiziano era omnipresente.
Es posible que Serlio llegara a Venecia no para competir con esos artistas ya consagrados, sino llamado por la notable industria de impresión que se había desarrollado en la ciudad. Habiendo conocido el éxito de Las medidas del romano de Diego de Sagredo, Serlio quiso publicar sus propios tratados.
El primer libro apareció en 1537 en la imprenta de Francesco Marcolini, con una introducción en la que Serlio explicó que aquella era una obra ambiciosa, que habría de tener hasta nueve volúmenes y ese que aparecía, en realidad, era el cuarto volumen, según el plan que tenía en su cabeza.
¿Por qué empezó por el libro número IV y no por el número I? Porque Serlio quiso hacer una versión ampliada y enriquecida de Las medidas del romano de Sagredo, centrándose en la explicación de las proporciones clásicas, que es de lo que hablaba el volumen IV.
Los volúmenes I y II versarían sobre matemáticas y los problemas de la representación arquitectónica.
El tercero, sobre la arquitectura antigua.
Serlio, a la vista del éxito de Sagredo, prefirió apostar sobre seguro.
Si el público quería textos sobre proporciones clásicas, eso es lo que le daría.
Ya habría tiempo para esos tres libros primeros, demasiado teóricos o alejados de lo que la moda mandaba.
En ese volumen IV sobre las proporciones clásicas, Serlio dejó establecidos los cinco órdenes que habían de volverse canónicos en los siglos siguientes: los tres más habituales, el dórico, el jónico y el corintio, al que añadió el toscano, brevemente citado por Vitruvio, y el compuesto, un orden que Serlio explicó que había visto en la arquitectura romana (quizás en el Coliseo), pero que más parece una interpretación forzada de un corintio más alambicado.
Cuando Serlio estableció esos cinco órdenes clásicos, lo que explicó era que había cinco formas de establecer las proporciones entre las partes del elemento vertical soportante con las partes del elemento horizontal soportado.
¿Cómo establecer la proporción de cada una de esas formas?
En principio, por el capitel que remataba la columna.
Cinco capiteles diferentes, cinco tipos de proporciones.
Lo llamativo es que, desde ese momento, se consideró que un determinado capitel, por ejemplo, el corintio, solo podía tener una forma concreta de hacerse.
Nada más lejos del mundo de la Antigüedad romana, en la que, si bien el corintio podía ser la suma de unas volutas con unas hojas de acanto encima, en el momento de hacer esos capiteles había grandes diferencias entre los distintos edificios.
No había una forma única de hacer un corintio.
Había una idea de qué era un corintio y luego cada arquitecto la resolvía como deseaba.
Pero a partir de Serlio la obsesión fue que todos los capiteles del mismo orden de todos los edificios que utilizaran ese orden debían ser idénticos.
Aún más, desde el momento en que Serlio estableció los cinco órdenes, aquellos autores que vinieron después de él, no se atrevieron a negarlo.
Serlio había visto dos corintios distintos, recordemos, algo muy normal en el mundo romano.
Decidió que uno era un corintio y el otro un compuesto.
Nadie quiso llevarle la contraria. Ese tipo de juegos intelectuales según el cual si alguien con supuesta autoridad afirma algo los que le sucedan lo aceptarán sin cuestionarlo, aunque vaya en contra de la realidad hasta que, por fin, de tanto aceptarlo se convierta en la nueva realidad .
Esta petulancia serliana funcionó. Su cuarto libro, originalmente en italiano, sobre las reglas generales de la arquitectura a partir de los cinco órdenes de acuerdo con la doctrina de Vitruvio fue un éxito y en muy pocos años fue traducido a varios idiomas (francés, alemán, neerlandés, español…).
Sin embargo, este relativo éxito no fue suficiente para Serlio. Hablamos de relativo éxito, porque cuando un libro se vendía mucho es que había logrado quizás vender unos mil ejemplares. Las ganancias para el editor y el escritor eran interesantes pero no suficientes para una vida desahogada.
Serlio había dedicado el libro IV al duque de Ferrara, Hércules II, pero no se ganó el mecenazgo de este, de modo que el arquitecto tuvo que seguir a la búsqueda de protectores, solo que decidió aumentar la apuesta.
Así, cuando en marzo de 1540 vio la luz el libro III, que versaba sobre los edificios de la Antigüedad, se lo dedicó al rey Francisco I.
Si los príncipes italianos no le apoyaban, era momento de apelar a aquellos otros que podían reclamarle desde fuera de Italia.
En el preámbulo de este libro III, Serlio se empeñó en mostrar que su trabajo trataba de resaltar los valores de la arquitectura vitruviana con los ejemplos que había tomado de la Antigüedad y como esos valores se habían plasmado en las construcciones de los arquitectos contemporáneos, como el templete de San Pietro in Montorio, que también incluyó entre los monumentos dibujados.