Renacimiento 15. El último Miguel Ángel #3
81%

15. El último Miguel Ángel #3

De partida, había de rematar el palacio Farnesio, la residencia de la familia del papa Paulo III, que ya había proyectado y construido en parte Antonio da Sangallo el Joven.

Así, Miguel Ángel se encontró con un edificio muy avanzado, en donde la fachada se organizaba en tres niveles superpuestos, cada uno con su orden.

No había sitio para el orden colosal tan querido de Miguel Ángel, pero este lo resolvió construyendo una cornisa con un voladizo gigantesco. De este modo, si bien el orden colosal no aparecía en forma de gigantescos fustes, sí quedó presente gracias a esa cornisa volada.

Algo parecido le ocurrió con la gran obra de San Pedro del Vaticano, donde, pese a la lentitud de su construcción, ya estaba avanzada.

En el origen de este proyecto, Bramante había propuesto una cruz griega inserta dentro de un cuadrado.

El centro de la cruz griega estaría rematado por una cúpula de grandes dimensiones.

El proyecto de Bramante se vio alterado por Rafael y Sangallo cuando incorporaron un tramo en el lado de la cruz donde había de estar la fachada principal.

Miguel Ángel consideró que Rafael y Sangallo habían traicionado el proyecto inicial de Bramante, de planta central, y, por tanto, perfecto, neoplatónico, más allá de que el propio Bramante no tenía esas ideas neoplatónicas, como ya vimos más arriba, de modo que Miguel Ángel decidió replatonizar el Vaticano.

Para ello, volvió a la planta de cruz griega dentro de un cuadrado, sin más añadidos, todo cubierto por la cúpula más grande que pudiera imaginarse, lo que le llevó a reforzar los cuatro pilares que habían de soportar esta cúpula.

Del Vaticano de Miguel Ángel, en esencia, lo que se conserva es esa gigantesca cúpula que no llegó a ver construida, pues la completó Giacomo della Porta en 1590 .

En cuanto a la planta neoplatónica, desapareció al construirse la gran nave oriental que le añadió Maderno a comienzos del siglo  XVII . Después de todo, la basílica de San Pedro es una Iglesia católica que, por tanto, necesitaba de esa planta longitudinal para celebrar la liturgia.

Con todo, Miguel Ángel no cesó en su empeño de imaginar iglesias con plantas formales que buscasen la centralidad.

Así, en 1559, para la iglesia de San Juan de los Florentinos, presentó varios diseños en donde combinaba dos cruces griegas que se cortaban en diagonal.

Esta obra nunca se llevó a cabo y la que sí realizó Giacomo della Porta optó por una planta basilical, que realizó en 1602.

En la basílica de Santa María la Mayor, los cardenales Guido y Alejandro Sforza le pidieron en 1562 a Miguel Ángel un diseño para la capilla familiar.

El maestro propuso un espacio de planta rectangular oblicua, más ancha que larga, rematada en sus lados por ábsides elípticos, mientras el espacio para el altar mayor sería un cuadrado.

En ese mismo año de 1562, Miguel Ángel recibió el encargo de levantar la iglesia de Santa María de los Ángeles en el interior de las termas de Diocleciano, donde se limitó a acotar una serie de espacios dentro de las ruinas generando una nueva planta oblicua, más ancha que larga, muy compartimentada por los diferentes ábsides heredados de las termas.

En todos estos casos, el uso de los espacios terminaba por ser longitudinal.

Es decir, los fieles se ordenaban mirando al altar situado en el fondo de la iglesia, lo que provocaba que parte de los espacios quedaran sin uso.

Por mucho que Miguel Ángel se obsesionase por esa búsqueda de la planta central, la función litúrgica longitudinal terminaba por imponerse.

Eso sí, a cambio, Miguel Ángel mostró las múltiples posibilidades de estas plantas formales oblicuas, curvadas, contracurvadas, que habían de ser tan del gusto de los arquitectos del siglo  XVII .

Esta experimentación arquitectónica llegó a su culminación en la Porta Pía, que ya mencionamos antes, una puerta nueva abierta en la muralla de Roma, al noreste de la ciudad.

Miguel Ángel presentó en 1561 varios proyectos al papa de entonces, Pío IV, todos ellos, en palabras de Vasari, que narra el hecho, tan extravagantes como hermosos.

Pío IV eligió el más barato y su construcción concluyó en 1565.

A pesar de que la Porta Pía ha sufrido numerosas reparaciones a lo largo de su historia y que hay muchos detalles que pueden ser añadidos tardíos, la idea general de lo que vemos hoy es de Miguel Ángel, con esa combinación de puertas conteniendo puertas, rematadas por frontones quebrados que contienen nuevos frontones quebrados.

Porque al final, Miguel Ángel entendió que serían sus extravagancias más que su búsqueda de la belleza perfecta neoplatónica lo que podía sobrevivirle.

Sobre todo, cuando en la última sesión del concilio de Trento, a comienzos de diciembre de 1563, que versó sobre el arte sagrado, se habló de la necesidad del decoro de ese arte.

No se prohibió el desnudo, pero sí se invitó a evitarlo en lugares inadecuados.

Un mes más tarde, en enero de 1564, se decidió que los desnudos de El Juicio Final , los que había pintado Miguel Ángel en la Sixtina, habían de ser cubiertos, una tarea que llevaría a cabo, sobre todo, Daniele da Volterra, lo que le valió ganarse el sobrenombre del Braghettone, una labor con la que se puso en 1565, cuando ya Miguel Ángel había muerto, aunque el maestro fue consciente de cuál iba a ser el destino de sus cuerpos perfectos.

Esa condena emitida, como decimos, en enero de 1564, a una de sus obras más significativas no impidió que Miguel Ángel siguiera trabajando su obsesión neoplatónica en la Piedad Rondanini .

Y siguió haciéndolo hasta el 15 de febrero.

Pero no logró terminarla. Tres días después, y cuando estaba cerca de cumplir los ochenta y nueve años, el 18 de febrero de 1564, murió Miguel Ángel Buonarroti.

Lo hizo en su modesta casa, hoy desaparecida, situada al pie de la colina Capitolina, es decir, al lado de aquella magna obra de urbanismo que fue la plaza Capitolina.

Muy pronto comenzaron los homenajes, y las autoridades florentinas negociaron con el papa para cumplir la voluntad de Miguel Ángel de ser enterrado en la iglesia de la Santa Cruz de Florencia.

Allí, nada más entrar en la iglesia, en la nave lateral derecha, Giorgio Vasari diseñó el mausoleo para Miguel Ángel, replicando en gran medida muchas de las soluciones escultóricas y pictóricas que el propio maestro había utilizado en las tumbas que él mismo había proyectado.

Un mausoleo clásico que no impide que Miguel Ángel, hombre contradictorio donde los hubiese, al lograr que se cumpliera su última voluntad, él, que había sido uno de los artistas más destacados del Renacimiento, consiguió quedar por la eternidad en la última gran iglesia gótica de Florencia.