15. El último Miguel Ángel #2
El ricetto presentaba dos grandes contratiempos.
De partida, era un espacio pequeño que solo servía para colocar la escalera.
Pero, además, el maestro tuvo que levantar un piso suplementario donde colocar las ventanas que iluminaban ese espacio, que de esta manera se convirtió en un hueco alto y estrecho.
Para mantener las proporciones clásicas en un lugar claramente desproporcionado, Miguel Ángel creó un orden principal a la altura de la propia biblioteca, un segundo orden para la ventanería que iluminaba el conjunto y en la parte inferior prescindió del orden, ayudado por la propia presencia de la escalera que colmataba todo ese espacio.
Para el orden principal, como dijimos antes, sabiendo Miguel Ángel que el espacio era muy estrecho, en vez de poner columnas adosadas, que iban a estrechar aún más el vestíbulo, o pilastras pegadas a la pared, que no tendrían ese volumen que tanto le gustaba, el maestro optó por agujerear los muros y encastrar ahí las columnas.
Desde el punto de vista estructural, era absurdo vaciar un muro para volver a rellenarlo.
Pero Miguel Ángel no seguía una lógica meramente funcional, sino puramente estética, y su apuesta sirvió, pues logró encajar un orden bien proporcionado y con volumen, escultórico, sin reducir el espacio del ricetto .
Aún fue más lejos con la escalera propiamente dicha.
Conservamos numerosos bocetos de esa escalera en donde se muestra como Miguel Ángel pasó años, décadas, a la búsqueda de lo que para él había de ser la escalera perfecta y no fue hasta 1559 cuando por fin envió el modelo que había de realizar Bartolomeo Ammannati, que fue el encargado de ejecutar la obra sin cambiar una coma del diseño de Miguel Ángel.
La escalera está conformada por un cuerpo central con los escalones curvados, cuerpo central que lleva hasta la entrada de la biblioteca.
Tanto desde abajo como sobre todo desde arriba, la disposición curvada de los peldaños puede recordar a una fuente, sugiriendo un singular movimiento descendente.
Es decir, Miguel Ángel creó una escalera que invitaba a los usuarios a bajar por ella.
Para completar ese tramo central, puso dos tramos más, uno a cada lado, de escalones rectos, más tradicionales, y que parecían más adecuados para el uso de toda escalera, que es permitir el acceso a un piso superior.
Pero estas escaleras laterales no llegaban hasta arriba, se detenían en un tramo previo, volcando sobre la escalera central y generando así un extraño movimiento de subir por los lados, llegar a medio camino y acceder a esa escalera central que invita a bajar.
Por supuesto, Miguel Ángel propuso un juego sutil de formas arquitectónicas.
La arquitectura es la parte rígida de la construcción.
Sin embargo, con esa sutilidad, el maestro buscó un dinamismo de algo en principio estático, adelantándose en varias décadas a los juegos de perspectivas, curvaturas y movimientos que desarrollaron los arquitectos barrocos.
Cuando en 1534, Miguel Ángel se trasladó definitivamente a Roma, en principio para pintar El Juicio Final , algo que hizo ya durante el papado de Paulo III, este sumo pontífice le encargó un nuevo proyecto, la reforma de la plaza del Capitolio.
De esta manera, el artista toscano había de enfrentarse por primera vez no a un edificio, sino a toda una intervención urbana, por tanto, con unas dimensiones gigantescas.
De partida, la idea era resituar la estatua de Marco Aurelio.
Esta escultura ecuestre en bronce datada en el siglo II d.
de C. del emperador Marco Aurelio se había salvado de ser fundida durante la Edad Media ante la creencia de que el representado era Constantino, considerado como el primer emperador cristiano, hasta el punto de que estuvo emplazada frente a la iglesia de San Juan de Letrán, la catedral de los papas como obispos de Roma .
A mediados del siglo XV , se logró demostrar que el retratado no era Constantino, sino Marco Aurelio, de modo que se abrió un debate de dónde emplazarle, pues había perdido su valor religioso.
Tras casi un siglo buscando la nueva ubicación, Paulo III consideró que era adecuado situar la estatua en la plaza del Capitolio, frente al palacio de los Senadores, la sede del poder municipal de Roma.
Fue entonces cuando el papa le pidió a Miguel Ángel que aprovechase la ocasión para reacondicionar toda la plaza. Miguel Ángel entendió que era el momento de hacer una plaza armónica, en esa su obsesión por lograr obras de arte perfectas.
Para ello, estableció un eje que partiendo de la entrada del palacio Senatorial se dirigía hacia el noroeste, buscando la bajada de la colina. Justo frente al palacio Senatorial habilitó una plaza trapezoidal que terminaba en la escalinata que descendía al pie del cerro.
La fachada del palacio Senatorial fue reformada.
Siguiendo la lección aprendida en el ricetto de la biblioteca de San Lorenzo, el acceso al palacio quedaba un nivel por encima de la plaza.
En esa diferencia de altura, Miguel Ángel situó la escalinata doble que ocupaba todo ese nivel inferior y luego, ya al llegar a la entrada, creó un orden colosal que abarcaba todo el edificio, aunque este se dividiera en dos pisos, el de esa entrada y el de la ventanería superior.
Por tanto, en esos espacios urbanos, todo edificio que pretendiera ser proporcionado había de tener al menos dos órdenes, el colosal que abarcaba todo el edificio y que se completó con una cornisa muy volada (acorde con el tamaño, en este caso, de las pilastras de ese orden colosal) y luego un orden menor, vinculado a los vanos por donde circulaba la gente.
De esta manera se combinaba la proporción gigantesca de la ciudad y sus edificios con una proporción más humana de los lugares por donde realmente caminaban los transeúntes .
Esta idea del orden colosal ya había estado presente en proyectos anteriores a este trabajo de Miguel Ángel.
Parece ser que ya lo planteó Brunelleschi en 1440 para el palacio de Parte Güelfa, en Florencia, aunque no llegó a desarrollarse.
Alberti, en San Andrés de Mantua, realizó un orden colosal a partir de 1472, aunque no supo balancearlo con ese otro orden más humano.
Pero lo más probable es que Miguel Ángel tomase la idea de ese doble orden, colosal y humano, de la Villa Madama, un palacio de recreo encargado por León X a Rafael.
Las obras comenzaron en 1518, pero quedaron interrumpidas con el saqueo de Roma, cuando los asaltantes se cebaron especialmente con este palacete, del que solo se conserva una pequeña parte de lo que se había proyectado inicialmente.
En cualquier caso, que Miguel Ángel estableciera ese orden colosal en la plaza del Capitolio, de los lugares más públicos de Roma, fue el espaldarazo definitivo para el éxito del mismo.
Además de la reforma del palacio Senatorial, Miguel Ángel abordó los lados inclinados de la plaza trapezoidal.
Al sur, estaba el palacio de los Conservadores (los magistrados que auxiliaban en el gobierno de la ciudad).
Aquí, Miguel Ángel se limitó a proyectar una nueva fachada sobre el viejo palacio, volviendo a combinar el orden colosal con esos otros órdenes menores, más humanos, aunque siguen siendo de gran envergadura.
En el lado norte de la plaza, directamente, diseñó una fachada nueva, simétrica de la del palacio de los Conservadores, tapando la basílica de Santa María in Ara Coeli.
Esta fachada forma parte de lo que hoy conocemos como palacio Nuevo.
Pero, en el diseño inicial de Miguel Ángel, solo había previsto la fachada y nada más para conseguir esa idea de crear una plaza simétrica.
En la arquitectura contemporánea, es habitual criticar este tipo de supuestas deshonestidades arquitectónicas, cuando la fachada no corresponde con el interior.
Por ejemplo, al rehabilitar determinados edificios y la ordenanza municipal exige mantener la fachada histórica, aunque el interior sea completamente vaciado y rehecho.
Esta «deshonestidad» se denomina fachadismo e, insisto, son muchos los arquitectos contemporáneos que se oponen al fachadismo. Si el edificio ha de ser rehecho, la fachada ha de estar acorde con la nueva construcción.
Sin embargo, los enemigos del fachadismo olvidan la lección magistral que Miguel Ángel impartió en la plaza del Capitolio.
Por encima del espacio-edificio, y en esencia sus interiores, aprovechables por los dueños o usuarios de ese edificio, está el espacio-ciudad, la calle, la plaza, el área pública que empleamos todos.
Merece la pena que ese espacio público sea lo más armonioso, lo más bello posible, para que la vida pública sea agradable, incluso, si hace falta, tapando un edificio moderno con una fachada histórica.
Obviamente, los enemigos del fachadismo no lo hacen por esa supuesta honestidad arquitectónica, sino por pura vanidad. Si he construido un edificio nuevo, quiero que todo el mundo sepa que allá estuvo mi diseño. Si queda escondido detrás de una fachada histórica, mi ego quedará reducido.
De nuevo, la lección de Miguel Ángel en la plaza del Capitolio fue que había de primar la belleza del espacio público. Y lo planteó uno de los artistas con mayor ego que ha dado la historia.
En octubre de 1546, murió Antonio da Sangallo el Joven, quien había sido director de las obras vaticanas desde 1520.
Inicialmente, Giulio Romano fue nombrado como nuevo director, pero murió a los pocos días y fue entonces cuando Paulo III le confió la dirección a Miguel Ángel, quien por entonces ya tenía setenta y un años y acababa de superar una grave enfermedad.
Todo apuntaba a que ese nombramiento, codiciado desde hacía décadas, llegaba tarde. Pero a Miguel Ángel aún le quedaban dieciocho años de vida, durante los cuales decidió llevar sus ideas arquitectónicas hasta límites insospechados.