Renacimiento 14. Los Tudor contra el Renacimiento #4
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14. Los Tudor contra el Renacimiento #4

A la sombra de Scorel se formó Antonio Moro, quien emuló a su maestro y viajó a Italia, donde se dedicó a estudiar la obra de Tiziano. A partir de ese momento, también entró al servicio de los Habsburgo, lo que le llevó a viajar a Inglaterra, donde retrató a María I.

No fue una elección gratuita la de Moro.

Frente a esos otros artistas, como Holbein o Scrots, que podían ser más detallistas que realistas, la apuesta de la corte inglesa por Moro mostró el giro artístico producido por María I y su vuelta al catolicismo.

Para dejar clara esa vuelta, qué mejor forma de hacerlo que utilizando a un artista formado en la católica Italia.

Pero ese giro al catolicismo duró poco. En 1559, murió María I y le sucedió su medio hermana Isabel I, que, de inmediato, reimplantó la Iglesia anglicana.

Con Isabel I, como con sus hermanos, las principales creaciones artísticas también se dieron en el mundo de los retratos, pues en las grandes obras áulicas la reina se limitó a concluir los palacios de su padre, aquellos dominados aún por la estética tardomedieval.

Tras ese retrato muy renacentista de María I hecho por Antonio Moro que acabamos de mencionar, que marcaba la vuelta de Inglaterra al mundo católico de los papas, nada más llegar al poder Isabel I se hizo retratar de una forma totalmente diferente .

El objetivo de Isabel I era mostrarse como una reina virgen, cabeza de la Iglesia inglesa, que sacrificaba toda su vida por su pueblo. Así aparece en los llamados retratos de coronación, dos pinturas realizadas ya hacia 1600-1610 copiando los originales de 1559.

Fueron unos retratos poco naturalistas, con una composición muy geométrica y en los que la reina llevaba todos los atributos del poder.

A partir de ese momento, los retratos de Isabel I se irán sucediendo en el tiempo, siempre mostrando a la reina en posición rígida, adusta. Eso sí, con mucha riqueza de detalles.

Solo hubo un momento, entre 1569 y 1572, en el que ese arte rígido medievalizante cedió. En 1567, el duque de Alba (1507-1582) llegó a los Países Bajos para reprimir a los protestantes neerlandeses, a quienes apoyaba Isabel I.

El de Alba entonces incentivó la revuelta católica del norte de Inglaterra de 1569, que Isabel I sofocó de manera brutal, lo que le valió la excomunión por parte del papa en 1570, una excomunión que no le impidió abrir negociaciones con la muy católica corte de Francia sobre la posibilidad de que la reina inglesa se casase con uno de los príncipes Valois, en principio el futuro Enrique III (1551-1589), para así lograr un aliado de peso contra sus enemigos españoles.

Fue en este contexto de inestabilidad en el que, hacia 1569, la reina inglesa encargó el cuadro de las tres diosas.

En él Isabel I asumía el papel de Paris, el príncipe troyano que había de elegir cuál era la diosa más bella, Hera, Atenea o Afrodita.

El cuadro ha sido atribuido a Hans Eworth (1520-1574), pintor flamenco protestante exiliado en Inglaterra desde 1545 y que mayoritariamente se dedicó a elaborar retratos.

También se ha considerado que el cuadro fuera obra de Lucas de Heere (1534-1584), de quien conocemos otro cuadro de 1572, donde aparecía en medio Enrique VIII entregando la espada de la verdad a su hijo Eduardo VI.

A la izquierda, están representados Felipe II y María I, que se hacen acompañar del dios de la guerra.

Mientras, a la derecha, quien está pintada es Isabel I, acompañada por los símbolos de la paz y la abundancia, todo ello enmarcado en el interior de un palacete renacentista.

Es decir, Isabel I apostó por el Renacimiento cuando se vio en la necesidad de acercarse a la monarquía católica francesa.

Pero este giro hacia el arte clásico terminó pronto y ya para 1572 comenzó la serie de retratos de Isabel I que pintó Nicolás Hilliard.

Hilliard (1547-1619) se formó como joyero y miniaturista, y en sus miniaturas llegó a demostrar una gran habilidad para el realismo.

Sin embargo, en el Retrato del pelícano , Isabel I vuelve a ser representada de una forma rígida, geométrica.

Además, con un elemento incorporado: la reina quedó fijada en una edad indeterminada y en sus retratos ya no va a envejecer.

Esta idealización posiblemente llega a su máxima expresión en el cuadro de la procesión de Isabel I, también realizado hacia 1600 y probablemente obra de Robert Peake el Viejo (1551-1619).

La reina, hierática y sin edad definida, era llevada en andas por sus nobles en una procesión que puede recordarnos a las de las Vírgenes.

Isabel I encarnaba así en esta obra su ideal máximo: el de la reina virgen ya divinizada en esa estética medievalizante.

Cuando Isabel I murió en 1603, con ella terminó la dinastía Tudor. La Corona hubo de pasar a su sobrino nieto en segundo grado Jacobo VI Estuardo (1566-1625), rey de Escocia, convertido en Jacobo I de Inglaterra.

Llegados aquí hemos de preguntarnos por qué esa dinastía Tudor que dominó todo el siglo  XVI inglés se ha considerado el epítome del Renacimiento inglés.

Es cierto que, en la propia Gran Bretaña, los historiadores cada vez utilizan más el término de Early Morden , o, directamente, categorías asociadas a los monarcas, como arte tudor o arte isabelino.

Porque resulta evidente que el Renacimiento, tal como hemos visto a lo largo de este libro, fue ese arte recuperado en Florencia en 1400 de raíz clásica convertido en la bandera de la Italia católica de los papas para 1500.

Unos papas que tuvieron que enfrentarse a la Reforma auspiciada por Lutero, que, entre otras armas, empleó el rechazo al arte renacentista por papista.

Nuestro recorrido por el arte inglés del siglo  XVI evidencia, primero, el continuismo medieval de Enrique VII y Enrique VIII hasta 1527, como ocurrió en el resto de la Europa occidental, a excepción de Italia.

Y el continuismo medieval inglés después de 1527 porque, frente a Carlos V o Francisco I, que quisieron demostrar ser los reyes más católicos de la cristiandad, Enrique VIII rompió con ese catolicismo en los años siguientes.

Es más, nuestra idea de que el saqueo de Roma afianzó la difusión del Renacimiento fuera de Italia, que hasta ese momento era algo anecdótico en lugares como Francia y España, se refuerza aún más con la actitud de Enrique VIII, quien, al romper con el papa poco después de ese saqueo de 1527, ya no tuvo que hacer gala de catolicidad y no quiso seguir las modas renacentistas de los papas.

Por tanto, no hubo Renacimiento en Inglaterra, y el arte clásico hubo de esperar a la llegada de los Estuardo, ya en el siglo  XVII , para echar raíces en tierras británicas, esos Estuardo que, curiosamente, volvieron a coquetear con la Iglesia católica.

Ahora bien, el Renacimiento que sí adoptaron los Habsburgo o los Valois no fue una forma artística congelada en 1527. En Roma, el arte clásico siguió evolucionando, y Miguel Ángel, ya un hombre entrado en años, fue uno de sus principales creadores.