Renacimiento 14. Los Tudor contra el Renacimiento #2
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14. Los Tudor contra el Renacimiento #2

Tras probar fortuna en Francia, Holbein llegó a Inglaterra en 1526.

Allí le recibió Tomás Moro. En esos momentos, Moro era uno de los personajes más destacados de la curia de Enrique VIII.

A poco de llegar a Londres, Holbein haría un retrato de Tomás Moro con un realismo cercano a la fotografía que había de convertirse en la obsesión, esa búsqueda del retrato naturalista, de los pintores de la corte inglesa durante todo el siglo  XVI .

En realidad, este retrato formaba parte del conjunto de pinturas que Holbein hizo de diferentes miembros de la familia de Tomás Moro como paso previo a un retrato en grupo en donde había de aparecer toda esa familia.

Este cuadro se perdió y solo conservamos un estudio preparatorio previo, que ejemplifica a una familia pudiente católica inglesa en 1527, con Tomás Moro como patriarca en el centro, rodeado por sus hijos, sus nueras y yernos, y también su propio padre (a su derecha) o su segunda esposa (en el margen derecho de la obra).

Hemos de llamar la atención sobre el hecho de que varios de los personajes llevan libros, los están leyendo, hablan sobre ellos. Tomás Moro quiso que Holbein mostrase a una familia culta, empecinada en el saber, además de defender con ahínco el catolicismo cuando este sea puesto en duda.

En 1526, tras diecisiete años de matrimonio, Enrique VIII decidió repudiar a su esposa Catalina de Aragón.

Había sido un matrimonio feliz. Pero, tras seis embarazos, de los que solo sobrevivió una niña, la futura reina María I, Enrique VIII, deseoso de tener un hijo varón, quiso divorciarse de Catalina y poder casarse con su nueva enamorada, Ana Bolena.

La obsesión por el hijo varón derivaba de la débil legitimidad de la dinastía de Enrique VIII, los Tudor.

Hemos visto antes como había sido su padre, Enrique VII, quien había logrado el trono tras la larga guerra civil de las Dos Rosas, pero a partir de unos derechos inestables.

Si al morir Enrique VIII su única heredera había de ser una mujer, María, corría el riesgo de que se volviera a abrir el debate sobre esa legitimidad de los Tudor.

De partida, Enrique VIII buscó la nulidad de su matrimonio con Catalina.

En ese momento inicial, el monarca inglés trató de ser escrupuloso con las normas de la Iglesia católica.

No en vano, en 1521, Enrique VIII había publicado un ensayo de su autoría (aunque debió contar con la ayuda de Tomás Moro para su redacción) sobre la Defensa de los siete sacramentos y en contra de las tesis luteranas.

Separarse de Catalina de Aragón en 1526 podía suponer un problema importante para Enrique VIII, pues, como sabemos, Catalina era la tía del emperador Carlos V.

Enrique VIII no deseaba enemistarse con el emperador, a quien tenía por aliado, de modo que el monarca inglés envió una embajada al papa Clemente VII para que fuera el sumo pontífice quien invalidase el matrimonio a partir de argumentos sólidos que evitasen ese enfrentamiento con el emperador Carlos V.

El embajador inglés William Knight llegó a Roma a finales de 1527.

En mayo de ese año, las tropas del emperador habían saqueado la ciudad y el papa Clemente VII permanecía encerrado en el castillo de Sant-Angelo.

En este contexto Knight poco pudo hacer más allá de presentar sus credenciales y la solicitud de la anulación del matrimonio de Enrique VIII, una solicitud que rápidamente llegó a conocimiento del emperador.

Fracasada su misión, al regresar a Inglaterra, en 1528, Knight se hizo construir un pórtico en el jardín de su casona de Horton Court, en el condado de Gloucestershire.

Este pórtico de Horton Court ha sido considerado uno de los primeros edificios del Renacimiento en Inglaterra.

Es cierto que la idea de un pórtico abriéndose a un jardín podía tratar de evocar las villas italianas, pero, en solución formal, Horton Court seguía apegado al lenguaje medieval: no se utilizan los órdenes clásicos y los arcos son carpaneles.

Una vez que el deseo de romper su matrimonio con Catalina de Aragón fue públicamente conocido, Enrique VIII hubo de cambiar de proceder y ahora sí confió en Thomas Wolsey para que llevara a cabo el proceso.

Clemente VII decidió que la posible anulación sería estudiada por dos legados papales, el cardenal Lorenzo Campeggio (1474-1539) y el propio cardenal Wolsey.

La anulación no se consiguió y Wolsey cayó en desgracia, perdiendo la mayor parte de sus cargos, incluido el puesto de lord canciller, y sus propiedades fueron confiscadas por el rey.

Además de Hampton Court, que veíamos antes, Enrique VIII también se hizo con otra residencia campestre de Wolsey, The More, situada en Rickmansworth, a 40 kilómetros al noroeste de Londres.

Construida en los terrenos del monasterio de Saint Albans, del que Wolsey también era abad, se trataba de una edificación que volvía a rememorar la arquitectura tradicional medieval con los muros almenados y las puertas torreadas.

The More fue completamente demolido en 1661.

Pero la principal propiedad que Enrique VIII recibió de Wolsey fue la residencia que este tenía en Londres, el palacio de York, que se hizo construir al norte de Westminster, junto al Támesis.

En 1532, cambió el nombre del lugar, pasando a llamarse palacio de Whitehall, iniciándose una serie de obras que se prolongarían prácticamente hasta su destrucción debido a dos incendios sucesivos en 1691 y 1698.

La larga duración de estos trabajos hizo que Whitehall cambiara de forma constantemente si bien las representaciones que conservamos del palacio muestran como la parte edificada por Enrique VIII sigue en la línea medieval de los muros almenados y las torres con chapiteles bulbosos.

Es más, uno de los pocos restos conservados del palacio de Whitehall, la bodega que se hizo construir Wolsey a partir de 1515, nos muestra unas bóvedas de crucería con arcos rebajados apuntados propios de la arquitectura gótica inglesa.

El cardenal Wolsey le había encargado a Benedetto da Rovezzano, escultor florentino recomendado por León X y que había llegado a Londres en 1524, que le hiciera una tumba monumental. Pero Wolsey, ya apartado del poder, murió en 1530 sin que Rovezzano hubiera concluido su trabajo.

Durante largo tiempo se consideró que solo se había realizado el sarcófago, en mármol negro, que Enrique VIII también le confiscó al cardenal. El sarcófago quedaría sin uso hasta muchos siglos después, cuando se convirtió en la tumba del almirante Nelson.

Benedetto llegó a realizar una serie de cuatro ángeles en bronce que habían de formar parte de la decoración de la tumba. Los ángeles permanecieron perdidos hasta su redescubrimiento en 2014, cuando pasaron a formar parte de la colección del Victoria and Albert Museum.

Quizás si Wolsey no hubiera caído en desgracia y su tumba se hubiera concluido, esta sepultura habría podido ser un revulsivo artístico similar al que provocó la sepultura del cardenal Mendoza en Toledo.

Pero no fue el caso y, además, Enrique VIII, empeñado en su divorcio, terminaría por romper con los papas, por lo que se le cerraron las puertas a ese arte del Renacimiento que llegaba desde Roma.

En enero de 1533, tras repudiar a Catalina, Enrique VIII se casó en secreto con Ana Bolena.

Poco después, el monarca inglés logró que el papa confirmase a Thomas Cranmer (1489-1556) como arzobispo de Canterbury.

Entre sus primeros actos, Cranmer aceptó la nulidad del matrimonio de Enrique y Catalina en marzo de 1533.

Enterados en Roma, el papa Clemente VII excomulgó a Enrique VIII en julio de 1533.

A partir de ese momento, el Parlamento inglés puso manos a la obra para separar la Iglesia de Inglaterra de la obediencia a Roma, un proceso que culminaría en noviembre de 1534, cuando se promulgó el acta de supremacía que declaraba que el rey era la cabeza de la Iglesia de Inglaterra, que dejaba así de formar parte de la Iglesia católica.

Mientras tanto, Tomás Moro, que había ocupado el cargo de lord canciller brevemente tras la caída de Wolsey, retirado de la vida pública, siguió escribiendo sus tratados en defensa del catolicismo, que provocaron sucesivos encontronazos con la corte.

Cuando fue llamado a ratificar el acta de supremacía de 1534, se negó, lo que le valió ser encarcelado en la Torre de Londres, juzgado y condenado a muerte el 1 de julio de 1535.

Su ejecución se llevó a cabo el 6 de julio.

En 1536, el Parlamento autorizó la entrega de los bienes de los monasterios más pequeños al rey. Enrique VIII consideró insuficiente la cantidad recaudada, por lo que en 1539 se le entregaron la totalidad de los monasterios católicos, que procedió a venderlos.

Con el dinero logrado con esa venta de los monasterios, Enrique VIII por fin pudo lanzarse a grandes proyectos artísticos.

El más destacado fue el palacio de Nonsuch, levantado de nueva planta a una docena de kilómetros al sureste de Hampton Court. Su construcción se inició en 1538. La idea era celebrar los treinta años de reinado de Enrique VIII y el nacimiento del ansiado hijo varón, el futuro Eduardo VI.

Pero, además, Enrique VIII, en su obsesión por mostrar su nueva grandeza no solo como monarca, sino también como cabeza de la Iglesia anglicana, quiso construir un palacio que rivalizara con el de Chambord que se estaba haciendo construir Francisco I de Francia y que para Enrique VIII era uno de los ejemplos más suntuosos de residencia real.