Renacimiento 14. Los Tudor contra el Renacimiento
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14. Los Tudor contra el Renacimiento

Enrique VII necesitaba dinero no solo para hacer frente a las necesidades de su reino, sino también para construir todo un aparato de legitimidad dado lo inestable de su Corona. Las obras áulicas católicas formaron parte de ese programa de legitimación.

Pero Enrique VII consideró que había de mejorar esa capilla de Westminster.

Iba a enterrar allí a su predecesor Enrique VI, que parecía que iba a ser canonizado (no fue el caso).

Pero, además, la nueva capilla había de convertirse en el panteón real de los Tudor.

Y todo ello dentro de una clara devoción por la Virgen María, que, según el rey, exigía una capilla más espléndida que la existente.

El resultado fue una gigantesca capilla, separada del resto de la iglesia, de tres naves y cabecera con múltiples ábsides, todo en claro lenguaje gótico.

En especial, destacan las bóvedas pinjantes de abanico que cubren la nave central y que son todo un alarde de la tecnología gótica.

Pensemos que Enrique VII estaba apostando por un lenguaje claramente medieval cuando ya en Roma se estaba reconstruyendo el Vaticano siguiendo las formas clásicas de Bramante.

Es decir, se mantenía en las tradiciones góticas, como podían estar haciendo los reyes de España o Francia.

Para la sepultura propiamente dicha que se empleó para Enrique VII y su esposa Isabel de York, el trabajo inicial, que comenzó en 1512, lo realizó Pietro Torrigiano (1472-1528), escultor de origen florentino, quien supo casar su formación clásica, que mostró en las esculturas yacentes de los fallecidos, con la gran celosía gótica que rodeaba el mausoleo.

Enrique VII murió el 21 de abril de 1509, siendo sucedido por su hijo Enrique VIII, que desposó a Catalina de Aragón, la hija de los Reyes Católicos, pocas semanas después, el 11 de junio de 1509.

Comenzó así un reinado que durante años pareció venturoso, hasta que todo se estropeó por la ausencia de un hijo varón y el enamoramiento por parte de Enrique VIII de una dama de la corte, Ana Bolena (h. 1501-1536).

Enrique VIII había nacido en 1491 en el palacio de Placentia, una residencia de caza construida hacia 1428 por el duque de Gloucester dentro del gran bosque de Greenwich, junto al río Támesis, a 6 kilómetros, río abajo, del viejo Londres.

En Londres, los reyes contaban con una residencia desde el siglo  XI , el palacio de Westminster, situado al occidente de la ciudad. Al oriente de la capital, había una segunda residencia, la Torre de Londres, un castillo levantado a finales del siglo  XI y que tenía un carácter más militar.

Desde el siglo  XI al  XVI , Westminster fue la referencia obligada para los sucesivos monarcas ingleses, que fueron enriqueciendo el palacio, añadiéndole nuevas estancias para la corte, para el Parlamento, o levantando sucesivas capillas, dominadas por el lenguaje gótico.

Pero en torno a Londres los reyes se hicieron construir una serie de palacios de recreo, como el recién mencionado de Placentia, que sería uno de los preferidos de Enrique VIII, pues se desplazaba allí con frecuencia junto con su familia, aprovechando el cercano castillo de Greenwich para sus citas amorosas.

Placentia es un buen ejemplo de estos palacios ingleses de los siglos  XV y  XVI .

Con una planta irregular, las edificaciones se iban construyendo según las necesidades, y el elemento común era una muralla que rodeaba el conjunto, caracterizada por sus almenas, en claro recuerdo de su función militar, pero con numerosos vanos de clara tradición gótica.

Otro de estos palacios de la periferia fue el de Eltham, a una veintena de kilómetros al sureste de Greenwich.

Comenzado en el siglo  XIV , tiempo después el rey Eduardo IV (1442-1483) hizo construir hacia 1470 un soberbio salón con un artesonado apuntado imitando el de Westminster, levantado casi un siglo antes, siempre dentro de la tradición constructiva gótica.

Pero de todos estos palacios suburbanos, hemos de quedarnos con el de Richmond, a una docena de kilómetros al oeste de Londres, el único palacio que fue construido por Enrique VII, el padre de Enrique VIII, un monarca que, como vimos, ante los problemas financieros que tuvo, hubo de limitar sus gastos suntuosos.

El palacio de Richmond se levantó sobre un palacio previo de finales del siglo  XIII destruido por un incendio en diciembre de 1497.

En parte, debieron aprovecharse los cimientos de la construcción preexistente, volviendo a crear una planta irregular, cerrada por una muralla almenada y en donde competían las numerosas chimeneas con los chapiteles bulbosos de las torres.

Esta solución de los chapiteles bulbosos se había puesto de moda en el Imperio y los Países Bajos en el siglo  XV en las representaciones iconográficas del templo de Salomón y del Santo Sepulcro y de ahí pasó a la arquitectura inglesa.

El carácter funcional del palacio era aún más evidente si pensamos que la cúpula dominante, al occidente del palacio, era la de las cocinas.

Con todo, se ha querido ver un rasgo renacentista en el hecho de que Enrique VII hiciera colocar en Richmond una biblioteca real.

Pero es que las bibliotecas fueron habituales en las cortes medievales.

El palacio fue demolido en 1649 y solo subsiste la puerta de entrada.

De partida, fue en esta serie de palacios medievales donde Enrique VIII pasó su infancia y adolescencia.

Pero, en 1514, Tomás Wolsey (1471-1530) comenzó la construcción de su residencia de recreo en Hampton Court, a orillas del Támesis, a una veintena de kilómetros al suroeste de Londres, una residencia que parecía llamada a cambiar las modas arquitectónicas inglesas.

Tomás Wolsey había nacido en 1471 en Ipswich, al parecer, en el seno de una familia acomodada.

Se formó en Oxford donde destacó por su carisma y una sobresaliente inteligencia que le permitió convertirse en el capellán personal de Enrique VII para, a la muerte de este, incorporarse al consejo privado de Enrique VIII.

En 1514, Wolsey logró el arzobispado de York y al año siguiente, 1515, el papa León X le nombró cardenal, siendo entonces cuando Enrique VIII, además, le nombró lord canciller. Gracias a estos cargos, Wolsey dispuso de una notable cantidad de ingresos para llevar a cabo sus proyectos artísticos.

Hampton Court había pertenecido previamente a la orden de los caballeros del Hospital de San Juan de Jerusalén (hoy, Orden de Malta).

Wolsey adquirió el lugar y es posible que tuviera en mente edificar un palacio siguiendo las modas renacentistas romanas, levantando una serie de patios regulares sobre los que se volcasen las plantas nobles a partir de ejes regulares.

Pero no fue el caso. Aunque en el patio primero sí se buscó ese eje, muy pronto la planta del edificio fue perdiendo esa regularidad y, sobre todo, la apariencia final, que podemos observar en los muros exteriores, seguía apegada a la solución medieval de los muros fortificados con almenas.

El gusto renacentista de Wolsey hemos de situarlo en su relación con los papas, hasta el punto de que León X le envió hacia 1519 una serie de medallones clásicos en terracota que ornan las puertas de entrada a Hampton Court y que son el principal guiño al mundo clásico.

Wolsey pudo haber sido el revulsivo artístico de la corte de Enrique VIII, como los Mendoza intentaron hacer en la corte española.

Pero, como en España, en Inglaterra primaban los gustos de Enrique VIII, quien, sin rechazar el mundo renacentista, prefería las tradiciones medievales y, en particular, las modas borgoñonas.

Es lo que podemos ver en los retratos oficiales que estuvieron de moda en la década de 1520 y que habían de marcar el arte inglés hasta finales del siglo  XVI .

Aquí hemos de incluir el inicio de los retratos en miniatura, que comenzaron los hermanos Lucas (1490-1544) y Susannah Horenbout (1503-1554), de origen flamenco, y que pudieron empezar a trabajar para la corte inglesa.

En estas miniaturas de los Horenbout, como la realizada por Lucas de Enrique VIII hacia 1525, se buscaba cierto realismo, pero sin profundidad, sin perspectiva .

La renovación de la retratística inglesa había de darse poco después con la llegada a Londres del pintor y grabador alemán Hans Holbein el Joven (h.

1497-1543), nacido hacia 1497. Holbein se había formado a la sombra de su padre, Hans Holbein el Viejo (1460-1524), un hombre anclado en la estética gótica y que dominaba el detallismo propio de los borgoñones gracias al uso del óleo.

Padre e hijo, desde su Augsburgo natal, se trasladaron a Suiza.

Desde allí, Hans Holbein el Joven, que ya dominaba las técnicas de su padre, en 1517, viajó al norte de Italia, donde tuvo ocasión de ver las novedades estilísticas de tradición clásica.

A su regreso a Suiza, puso en marcha los conocimientos adquiridos, algo que quedó plasmado en el retrato que le hizo a Erasmo de Róterdam en 1523.

Aquí, Hans Holbein el Joven no solo mostró su dominio de los detalles al modo borgoñón, con sus simbolismos aparejados, sino que supo darle profundidad a la obra.

Hans Holbein se había instalado en Basilea en 1519, poco antes de que el movimiento luterano se asentara en la ciudad.

Pero la expansión del protestantismo con su actitud de austeridad artística hizo que Holbein se viera obligado a partir en busca de nuevos clientes.

Curiosamente, junto a retratos más clásicos, como el de Erasmo, en esta época Hans Holbein produjo una serie de grabados con un sabor más medieval, como los dedicados a la danza de la muerte, que tenían buena acogida en el mercado artístico.