Renacimiento 13. Los sueños de grandeza de los reyes de Francia #4
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13. Los sueños de grandeza de los reyes de Francia #4

Además, la reina Claudia falleció en 1524.

Ella había sido la gran defensora de tener la corte en Blois.

Con su desaparición, Francisco I, tras regresar de Madrid, decidió buscar una nueva residencia real y optó por Fontainebleau, con lo que, después de un siglo, el monarca volvió a acercar su residencia a la vieja capital del reino, París.

Es cierto que Fontainebleau, situada a 50 kilómetros de París, no era estar realmente en París. Además, el nuevo palacio tardó varios años en terminarse, con lo que Francisco I siguió utilizando los castillos del Loira y siguió adelante con las obras de Chambord.

Es posible que el diseño del nuevo castillo de Chambord ya estuviera en la mente del rey y del propio Leonardo desde antes de la muerte de este, porque el diseño inicial de Chambord sí parece salido de la mente de Leonardo y quizás ejecutado en un primer momento por Domenico da Cortona, que acabamos de ver trabajando en Blois.

¿Qué proyecto pudo ser ese? Para entenderlo hemos de fijarnos en el llamado donjon de Chambord, el gran torreón que domina el castillo de Chambord, situado en medio de la fachada septentrional del conjunto.

Se trata de un edificio de planta cuadrada con torres circulares en sus ángulos.

Cada una de las plantas del edificio se organizaba a partir de una cruz griega.

En la parte central de la cruz se encontraba la escalera.

Los brazos de la cruz servían como vestíbulos para los cuatro cuadrantes así conformados.

Cada uno de esos cuadrantes, conocidos como cantones, se abrían sobre sus respectivas torres de ángulo.

Ya hemos mencionado como en el centro del donjon se levantó la escalera, de doble hélice, un diseño realmente complejo, en el que aquellos que subían por una de las hélices podían ver a los que transitaban en la otra hélice sin cruzarse con ellos.

Esa escalera servía a las tres plantas del donjon y terminaba en la azotea superior, un espacio complejo donde venían a rematar las numerosas chimeneas de los diferentes apartamentos, además de los tejados que cubrían el conjunto.

De partida, el uso de una planta cuadrada que se dividía a partir de una cruz griega que generaba cuatro cuadrantes rematados en torres circulares pudiera parecer todo un ejercicio propio de los artistas neoplatónicos de la Florencia de la segunda mitad del siglo  XV a la búsqueda de la forma perfecta.

Algo con lo que, por ejemplo, Miguel Ángel habría estado de acuerdo.

Pero Leonardo, como ya hemos visto, no era un artista neoplatónico.

Si algo caracterizó su trabajo fue su obsesión no por establecer la forma perfecta y que la realidad se adecúe a ella, sino por copiar una y otra vez de la realidad hasta obtener esa forma perfecta, si la hubiera, como consecuencia de esa realidad.

De modo que, si Leonardo da Vinci estuvo detrás del diseño de Chambord, no hemos de buscar un juego intelectual neoplatónico, sino la creación de una singular máquina, una idea que ha sido señalada por numerosos estudiosos de Chambord.

La escalera central con su doble hélice sería el eje de esa máquina que permitiría girar de forma teórica todo el edificio.

A su vez, los vestíbulos en forma de cruz griega serían los soportes que a partir del eje sostendrían todo el edificio en el momento en que este comenzara a girar.

Obviamente, el donjon de Chambord no iba a desplazarse un milímetro una vez construido, pero para Leonardo eso no era lo importante, sino mostrar cómo debería ser el diseño que había que realizar en el caso de que un día hubiera que desarrollar una máquina móvil para habitar.

Como decíamos antes, cuando Francisco I se trajo a Leonardo a Francia, no se trajo al Renacimiento italiano tal cual, sino a Leonardo siendo él mismo y dejando que su imaginación viajase hacia fronteras infinitas.

Las obras de Chambord iniciadas a finales de 1519 avanzaron despacio hasta el punto de quedar paralizadas cuando Francisco I fue derrotado en Pavía, en 1525, tomado prisionero y enviado a Madrid. Hubo que esperar a finales de 1526, con el rey de vuelta en Francia, para que las obras se retomasen.

Pero, en ese momento, el proyecto se cambió. Recordemos que, de partida, Chambord estaba llamado a ser un pabellón de caza en la vera de un gran dominio real, pero un singular pabellón de caza gracias a la imaginación de Leonardo .

Cuando Francisco I retomó las obras, ordenó construir dos alas perpendiculares al donjon leonardesco para mejorar las condiciones residenciales de la familia real, puesto que los espacios previstos en los apartamentos del donjon eran insuficientes.

Además, estas nuevas alas habían de completarse hasta formar toda una muralla que rodease al donjon.

De esta forma, primaba la idea de un castillo medieval, donde el monarca quedaba protegido dentro de un donjon con su propio cierre, que a su vez contaba con una muralla exterior que lo rodeaba por completo.

Después de todo, Francisco I se había criado en un castillo medieval, Amboise, donde todas las mejoras de lujo no podían hacerle olvidar que ese castillo era ante todo una forma de garantizar la seguridad del rey.

En Chambord, con esta modificación de la máquina de habitar de Leonardo a un donjon con su muralla exterior, Francisco I volvía a esa vieja idea medieval del castillo que protegía al rey.

Por supuesto, como ya estamos en los tiempos de la artillería, esa muralla exterior no sería especialmente alta, pero sí muy gruesa y con torres circulares en los ángulos, también bajas y gruesas.

A Francisco I aún le podía el caballero medieval, que era como se veía a sí mismo, sobre las ideas del supuesto príncipe humanista de la época.

El resultado es que Chambord quizás sea el último castillo medieval levantado por los reyes de Francia, al que vistieron con ropajes clásicos, pues en el alzado vamos a ver una búsqueda de simetría, unos vanos abiertos de forma regular, limitados por órdenes clásicos, ya sean pilastras, ya columnas, en muchos casos, soportando arcos de medio punto.

Esto no impide que aquí y allá sigan quedando viejas tradiciones medievales francesas, como las escaleras externas para acceder a las diferentes plantas de las alas añadidas por Francisco I, el matacán corrido que adorna la cornisa que rodea toda la parte superior del donjon o el gusto por rematar todas las cumbreras por elementos verticales muy pronunciados que recuerdan los hastiales de los edificios góticos.

Al final, en Chambord, Francisco I quiso maridar esas modas que había visto en Italia con sus valores de caballero medieval, y el resultado fueron unas formas un tanto eclécticas que iban a ser una señal distintiva de la arquitectura de los reyes de Francia de los siguientes siglos.

Francisco I pasó muy poco tiempo en Chambord, desde el momento que decidió trasladar la corte desde Blois a Fontainebleau.

En concreto, cuarenta y dos días, pese a que Francisco I se pasó veintiocho años construyendo el castillo.

Y eso que no llegó a concluirlo, de modo que el Chambord que pudieron conocer los contemporáneos de Francisco I era bastante más irregular y asimétrico que el que nosotros vemos hoy.

El cierre definitivo de la muralla que rodeaba el donjon ya fue realizado en tiempos de Luis XIV, más de un siglo después de la muerte de Francisco I.

En ese momento, además, pudieron comenzar a acondicionarse una serie de jardines a la francesa, si bien los que vemos hoy día son el resultado de la restauración realizada entre 2017 y 2018, que trató de replicar los jardines no de Luis XIV, sino posteriores, del siglo  XVIII .

Por tanto, hemos de ser cuidadosos a la hora de ver el Chambord de hoy.

Las ampliaciones realizadas por los sucesores de Francisco I y, sobre todo, las mejoras aportadas por los restauradores contemporáneos dan una imagen acaba, idealizada, platónica incluso, que Francisco I y sus coetáneos no llegaron a conocer.

Para Francisco I, Chambord debió ser otro de esos proyectos geniales de Leonardo que no llegaron a rematarse como el italiano hubiera deseado y que el monarca francés resolvió en esa mezcla de tradiciones medievales y novedades clásicas.

Porque, como decíamos antes, Francisco I, a partir de 1528, empezó a trasladar la corte a Fontainebleau, un viejo castillo medieval en la cuenca del Sena, a unos 50 kilómetros al sur de París .

De partida, se trataba de acondicionar una nueva residencia de caza en ese viejo castillo medieval.

Pero, quizás, tras su cautiverio en Castilla, Francisco I consideró necesario sacar la corte del valle del Loira y trasladarla a las cercanías de París para reforzar su legitimidad, que podía verse cuestionada al haber sido hecho prisionero.

En 1527 comenzaron las obras de reconstrucción del castillo medieval de Fontainebleau, cuya traza aún se puede observar en el patio ovalado, en cuyo extremo occidental se conserva la gruesa fábrica de la torre del homenaje.

Para acceder a este patio cerrado, se habilitó en 1528 la puerta Dorada al sur, que, aunque ha sido modificada a lo largo de los siglos, muestra bien el nuevo concepto arquitectónico en el que se movía Francisco I.

De partida, el acceso al patio Oval se hacía por el primer nivel de la puerta, donde se situaba un pasaje bajo una bóveda de cañón rebajado al que se accedía por un arco de medio punto sostenido por columnas corintias.

Por encima de este pasaje de acceso, se sitúan otros dos niveles, que, de esta manera, pese a sus acabados clásicos, permitían un control vertical de la entrada. De nuevo, esa permanencia de las soluciones poliorcéticas medievales incluso en estos edificios que miraban hacia el Renacimiento.

Pero muy pronto, al oeste del patio Oval, perpendicular a la torre del homenaje, Francisco I hizo construir una gran galería que rompía el espacio amurallado.