Renacimiento 13. Los sueños de grandeza de los reyes de Francia #3
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13. Los sueños de grandeza de los reyes de Francia #3

De modo que cuando, tras ser coronado, en la primavera de 1515, Francisco I dirigió sus tropas hacia Italia, su gusto por las modas renacentistas aún eran limitados y su principal objetivo era ampliar sus reinos, comenzando por el ducado de Milán.

Luis XII había controlado el ducado de Milán hasta 1512, cuando, tras ser expulsado, el ducado regresó a la familia Sforza. Con la decisiva victoria de Francisco I en Marignano en septiembre de 1515, Milán volvió a manos francesas.

Poco después, en enero de 1516, murió Fernando el Católico, abriendo el debate sobre su sucesión con su hija Juana recluida en Tordesillas y su nieto Carlos aún bajo el influjo de sus consejeros flamencos.

Un Carlos que además hubo de negociar con Francisco I en nombre de su otro abuelo, el emperador Maximiliano, que se hallaba enfermo y, además, planeando ya cómo dejar la Corona imperial a su nieto, para lo que necesitaba la paz en la cristiandad occidental.

En definitiva, Francisco I no solo logró una notabilísima victoria en el campo de batalla, sino que además consiguió desarmar a sus enemigos, pudiendo regresar a Francia con una aureola de claro vencedor que no habían conseguido ninguno de sus predecesores.

Antes de ese regreso, Francisco I se reunió con el papa León X en Bolonia en octubre de 1516. En aquella ocasión Francisco I conoció a Leonardo da Vinci, que tenía por aquel entonces sesenta y tres años y estaba al servicio del pontífice.

Leonardo era un artista e ingeniero de elevadísima reputación por todo el centro y norte de Italia y Francisco I quiso que se fuera con él a Francia, algo que logró con la instalación de Leonardo en Amboise, donde se encontraba en ese momento la corte francesa.

¿Qué buscaba el joven Francisco I al llevarse consigo a Leonardo da Vinci?

De partida, es posible que Francisco quedase entusiasmado por Leonardo y todas las ideas creativas, por no decir bizarras, que tenía el artista italiano.

Pongámonos en la piel de ese joven Francisco, emocionado por los numerosos libros de caballería que ha leído en su adolescencia y que se encontró con un hombre como Leonardo que sabía de batallas y de máquinas, algunas para volar. Sí, Francisco debió quedar obnubilado.

Pero, además, con Leonardo, Francisco I añadió una medalla más, de alto prestigio, a su triunfo en Milán.

Ya no se llevaba con él a algún artista menor, como habían hecho sus predecesores, sino a todo un sabio de esa Italia floreciente (aunque es posible que su fama fuera más discutida en su tiempo que hoy).

Un sabio que había de ayudar a Francisco I con sus ambiciosos planes político-artísticos.

Es cierto que Leonardo se llevó a Francia muchos de sus escritos, además de algunos de los cuadros de los que se sentía más orgulloso, como La Gioconda (hoy el más famoso del Museo del Louvre).

Pero insistamos en la idea que acabamos de enunciar. Francisco I no quería solo las obras y la fama que ya había cosechado Leonardo, quería al Leonardo genio para que le apoyase en las nuevas creaciones por venir. Y la más destacada había de ser Romorantin.

La idea que concibió Francisco I fue grandiosa.

En la pequeña localidad de Romorantin, situada sobre el valle del río Sauldre, a 40 kilómetros al este de Amboise, Francisco I quiso construir no un nuevo palacio campestre, sino toda una ciudad, una nueva Roma para él, el nuevo césar.

No una resurrección arqueológica de la Roma imperial, como soñaban los renacentistas, sino una Roma propia del siglo  XVI , cristiana y triunfante.

Por eso, Leonardo era clave. El menos dogmático de los artistas italianos, aquel que no logró la confianza de Sixto IV para pintar la Capilla Sixtina porque no le convencía la forma de trabajar leonardesca.

El Leonardo que hacía más máquinas que cuadros.

En aquella aventura, por supuesto, Francisco I contó con el concurso de su madre, Luisa de Saboya, dispuesta a apoyar cualquier ilusión, por desmedida que fuera, de su hijo. De modo que, si el rey no estaba en Amboise, era Luisa de Saboya quien supervisaba los proyectos de Leonardo.

Para comenzar, se levantaría un gran canal que uniría directamente el río Sauldre con el Loira, un canal que habría de servir de vía rápida de transporte, y también para el riego o los espectáculos acuáticos.

Uno de los horizontes de ese gran canal sería el nuevo palacio, cabeza de toda una ciudad.

Porque si el rey con sus más allegados había de instalarse en esa nueva residencia, para el resto de la corte habría toda una urbe.

No era la primera vez que se planteaba algo así.

En cierta manera, ya lo había realizado el rey Carlos V de Francia en la segunda mitad del siglo  XIV , cuando se hizo construir el castillo de Vincennes, que vimos en el primer capítulo de este libro, con su pequeña urbe aneja para la servidumbre, huyendo de las revueltas parisinas.

Pero es indudable que, cuando pensamos en el proyecto que Leonardo tenía en su cabeza, de inmediato vemos el palacio de Versalles que Luis XIV se haría levantar un siglo y medio más tarde.

Hemos de imaginar las largas conversaciones de Francisco I con Leonardo.

Aquel joven rey, lleno de orgullo por su victoria en Marignano, evocando todas las fantasías de las novelas de caballería con las que se había educado en su infancia, tenía ante él al hombre más imaginativo de su tiempo, Leonardo, quien consideró que el monarca francés estaba dispuesto a poner todo el erario público de Francia, si era necesario, para poder desarrollar sus proyectos, los de Leonardo, todas esas ideas atrevidas que le bullían en la cabeza desde hacía años.

Leonardo no trajo el Renacimiento a la corte de Francisco I.

Esa recuperación del arte clásico romano como símbolo de la superioridad cultural italiana.

Leonardo se trajo a sí mismo, su volcán de creatividad, con ropajes clásicos, cierto, porque era hijo de su tiempo, pero con un nivel de extravagancia que ningún otro artista de su época llegó a alcanzar.

Las obras comenzaron de inmediato. Se quiso desviar el curso del Sauldre para hacer el canal. Se empezó a levantar una de las crujías del castillo, que para 1518 ya medía 70 metros de largo. La nueva capital del césar Francisco estaba en marcha .

Pero en enero de 1519 murió en Austria el emperador Maximiliano.

Había que elegir un nuevo emperador y Francisco I pensó que él reunía las condiciones.

Sin embargo, la elección no habría de resultarle fácil.

Había otros candidatos: Enrique VIII de Inglaterra y, sobre todo, Carlos I de España, que además era el nieto de Maximiliano.

Francisco I podía poner su empeño en la elección imperial. Su madre seguiría a cargo de las obras de Romorantin junto con Leonardo. Pero una pestilencia afectó al lugar, frenando los trabajos. Lo peor llegaría en mayo de 1519: Leonardo murió en su residencia de Clos-Lucé.

Luisa de Saboya quiso continuar las obras, pero la alta política se impuso.

Carlos I fue elegido como emperador ya convertido en Carlos V.

Francia quedó rodeada por las tierras de los Habsburgo.

Había que pasar al ataque. En 1521, comenzaron las hostilidades, que fueron in crescendo hasta la derrota francesa de Pavía en febrero de 1525, donde el mismísimo Francisco I fue tomado prisionero por las tropas de Carlos V.

Para ese entonces las obras de Romorantin se habían detenido y los escasos restos construidos se destruyeron en 1723.

De los grandiosos sueños de Leonardo solo quedaron algunas trazas arqueológicas, pero parte de las ideas leonardescas lograron sobrevivir en otro proyecto, no tan grandioso como hubiera sido Romorantin, pero sí bastante notable: Chambord.

En el momento de convertirse en rey, Francisco I había tenido su corte en Amboise, el castillo donde había pasado su infancia.

A su vuelta de Italia, decidió modernizar su residencia, para lo que encargó a Antoine de Troyes, a partir de 1516, levantar un tercer nivel sobre el ala llamada de Luis XII, donde el arquitecto trató de desarrollar un orden jónico, no del todo logrado.

A partir de 1519, Francisco I perdió interés por Amboise y se trasladó a Blois. La muerte de Leonardo debió influir, así como las presiones de la reina Claudia, esposa de Francisco I, que se había criado en Blois.

En Blois, las reformas ya habían comenzado tras 1516 y es posible que inicialmente las llevase a cabo Domenico da Cortona (h.

1466-1549), otro de esos artistas que había llegado a Francia tras las campañas de Carlos VIII, pero que había quedado un tanto marginado durante años.

Ahora, cuando Francisco I regresó de Italia con su gusto por lo italiano renovado, Cortona volvió a ganar protagonismo.

La idea fue levantar un nuevo pabellón con una aparente galería italiana, que en verdad era una sucesión de cuartos, rematada en el interior por un matacán corrido, y una escalera de acceso, que seguía siendo un cuerpo externo a la construcción (un hábito muy propio de la arquitectura francesa medieval).

En definitiva, un nuevo pabellón con ciertos guiños italianizantes en la fachada, pero donde los espacios seguían siendo góticos.

Mientras se hacían estas reformas, el rey ordenó construir una residencia de caza a una docena de kilómetros de Blois.

Y así, en septiembre de 1519, empezó a buscar fondos para construir su nuevo castillo de Chambord, que, con el tiempo, habría de convertirse en la obra más grandiosa emprendida por Francisco I.

Pero esa obra habría de esperar por todos los avatares que narramos antes: la elección imperial de Carlos V, el reinicio de las guerras de Italia, la derrota francesa en Pavía, la cautividad de Francisco I en Madrid.