13. Los sueños de grandeza de los reyes de Francia
Al inicio de este libro vimos como Francia se había visto envuelta en la guerra de los Cien Años contra Inglaterra hasta el punto de que el rey francés Juan II organizó su reino de manera que a su heredero legítimo, Carlos V, le apoyasen sus hermanos, a los que dotó con grandes señoríos, de los que destacaba el ducado de Borgoña, entregado a Felipe el Atrevido, quien había de sentar las bases de esa corte borgoñona, cuyo peso en el arte europeo hemos visto que se dejó sentir durante siglo y medio.
Mientras tanto, el hijo legítimo de Carlos VI, Carlos VII, tuvo que huir de París y se instaló en el valle del Loira, en cuyos castillos no solo vivió el propio Carlos VII, sino también sus herederos durante todo un siglo.
Fue entonces cuando estos castillos sufrieron una primera renovación dentro de las novedades borgoñonas.
Ya desde mediados del siglo XVI , habría una segunda oleada constructiva ajustándose a las modas renacentistas.
Aún ha habido una última transformación en esos castillos del Loira, cuando los restauradores contemporáneos han ido eliminando de esos castillos algunos motivos medievales e incorporando elementos neorrenacentistas.
Con todo, aún quedan suficientes rasgos tardogóticos para entender que la corte de Carlos VII y sus sucesores hasta Francisco I seguían viviendo en castillos medievales, decorados con ornatos de tradición borgoñona.
Ya hemos señalado la importancia de los manuscritos iluminados en esta corte de Francia, con unas miniaturas que en muchos casos marcaban las artes mayores, la pintura y la escultura.
Y también hemos visto más arriba la figura de Fouquet, posiblemente el iluminador más destacado de la corte de Carlos VII, quien estuvo en Italia, aprendió las nuevas formas renacentistas y a su vuelta a Francia, para sus clientes franceses admiradores de las tendencias borgoñonas, siguió pintando con esas tendencias.
A la muerte de Carlos VII, le sucedió su hijo Luis XI (1423-1483), un hombre tan profundamente creyente como terriblemente taimado.
Luis XI se empecinó en engrandecer su reino.
Así, logró casar a su hijo Carlos, el futuro Carlos VIII, con Ana (1477-1514), la heredera del ducado de Bretaña, y combatió duramente contra el duque de Borgoña, Carlos el Temerario.
Este último, por su parte, consiguió la alianza de los Habsburgo al casar a su hija María (1457-1482) con el futuro emperador Maximiliano I .
Además, Luis XI logró heredar la Provenza de su tío Renato (1409-1480), quien también se había considerado el legítimo rey de Nápoles frente a Alfonso V de Aragón. Estos supuestos derechos serán los que muevan a los reyes de Francia a invadir Italia a partir de 1494.
Luis XI hizo llegar la imprenta a Francia a partir de 1469, y reforzó e impulsó algunas universidades. Esto podía hacernos pensar que estamos ante uno de esos humanistas que ya hemos visto antes. Pero nada más lejos de la visión del erudito laico y antropocéntrico.
Entre estos destacados eruditos de la corte de Luis XI, todos ellos religiosos, tendríamos a personajes como Guillaume Fichet (1433-h.
1480), Robert Gaguin (1433-1501) o Guillaume Tardif (h.
1438-h. 1492), que, como otros universitarios de su tiempo, leían por igual a los autores clásicos como escribían libros de teología.
Es cierto que contaron con la ventaja de la imprenta para poder difundir más ampliamente sus ideas, pero unas ideas que no respondían a un supuesto humanismo antropocéntrico, sino a las mismas formas escolásticas que ya se remontaban a siglos atrás.
Luis XI murió en 1483, siendo sucedido por su hijo Carlos VIII, que tan solo contaba con trece años. Su preceptor fue Guillaume Tardif, quien le dio una educación bastante limitada por la propia desidia del príncipe, que solo gustaba de leer novelas de caballería.
Ya hemos señalado como cuando Carlos VIII asumió todo el poder en Francia, se lanzó a la conquista de Italia. Por un lado, reclamaba los derechos sobre Nápoles de su tío abuelo Renato. Pero, además, Carlos VIII se veía a sí mismo como un Carlomagno resucitado que había de poner orden en el papado.
La invasión comenzó en 1494, pero para 1495 Carlos VIII decidió retirarse de Nápoles ante los avances de Fernando el Católico y sus aliados .
A su vuelta a Francia, además de numerosas joyas, libros y obras de arte fruto del saqueo de las tropas, Carlos VIII se hizo acompañar por algunos artistas italianos, que decidieron probar fortuna en la corte francesa.
¿Fue el inicio del Renacimiento en Francia?
No realmente. Es cierto que Carlos VIII murió poco después en 1498 y su tumba fue realizada por uno de esos emigrantes italianos, Guido Mazzoni, una sepultura en bronce de la que solo quedan algunos grabados, pues fue fundida durante la Revolución francesa.
Todo indica que la tumba sí miraba ya al mundo renacentista, algo que pudo deberse más a la iniciativa de la reina viuda Ana de Bretaña, que fue quien más partido sacó de todos esos libros y obras de arte, algunas en la vanguardia renacentista, que su marido hizo llegar a Francia.
Porque el propio Carlos VIII siempre mantuvo sus gustos medievales.
De sus residencias en el Loira, la favorita fue el castillo de Amboise.
Aquí hizo reformar toda una crujía siguiendo las formas medievales: desproporción en los órdenes, arcos ojivales, bóvedas de crucería, hastiales sobre las cubiertas.
Por cierto, para acceder a esta nueva crujía, Carlos VIII hizo habilitar una gruesa torre de escalera, de 23 metros de diámetro, que en realidad era una rampa que permitía acceder desde el nivel de la calle hasta la parte superior donde se hallaba el castillo, una solución similar a la que haría Bramante en el Belvedere años después, como vimos más arriba.
Ese gusto por las soluciones góticas es aún más visible en la capilla de Saint-Hubert, dentro del castillo, un oratorio levantado entre 1491 y 1496, en donde no aparece ningún elemento propio de las modas clásicas que ya se hacían en Italia.
En la portada, tenemos un dintel con el milagro de san Huberto, aquel noble del siglo VII que yendo a cazar encontró un ciervo que llevaba un crucifijo en la cornamenta con una luminosa aureola.
En la escena, donde las figuras tratan de ser naturalistas, sin embargo, están desproporcionadas entre ellas, y la volumetría se consigue mediante una superposición de planos, sin buscar una verdadera perspectiva.
Al interior, la capilla se desarrolló en una pequeña planta de cruz latina, cubierta por bóvedas de crucería. Curiosamente, varias décadas después, en este oratorio tan medieval terminaría por ser enterrado Leonardo da Vinci.
Sabemos que el castillo de Amboise se completó con un jardín diseñado por Pacello da Mercogliano (1455-1534), uno de esos artistas emigrados a Francia tras las campañas de Nápoles.
Con los trabajos de Mercogliano, pudieron introducirse las nuevas ideas paisajísticas del Renacimiento.
Sin embargo, sabemos que la propia disposición del castillo no daba chance para juegos muy atrevidos, a lo que se añade que no han quedado evidencias de cómo fueron estos primeros jardines, pues, en los grabados realizados por Jacques Androuet du Cerceau (1510-1584) en 1566, esos jardines que pudo haber diseñado Mercogliano ya habían sufrido numerosas reformas.
Como veíamos antes, en 1498, fruto de un accidente, murió Carlos VIII en el castillo de Amboise. Su viuda, Ana de Bretaña, le había dado seis hijos, pero ninguno sobrevivió, de modo que la Corona cayó en manos de Luis de Orleans, Luis XII, tío en segundo grado de Carlos VIII.
Entre las primeras medidas que tomó Luis XII estuvo la de separarse de su esposa, Juana de Valois (1464-1505), hermana pequeña del fallecido Carlos VIII, y casarse con la reina viuda Ana de Bretaña para así seguir garantizando el dominio francés sobre el ducado bretón.
Este segundo matrimonio duró hasta 1514, cuando murió Ana de Bretaña, y, aunque llegaron a tener varios hijos, la mayor parte nacieron muertos, salvo dos niñas, Claudia (1499-1524) y Renata (1510-1575).
En la espera de la llegada del ansiado heredero varón, Luis XII decidió hacerse cargo de un sobrino segundo, bisnieto, entre otros, de Valentina Visconti (1370-1408), Francisco de Angulema, futuro Francisco I, quien llegó a la corte del rey con solo cuatro años en 1498.
Mientras tanto, Luis XII, en 1499 decidió reemprender la guerra en Italia.
Para ello, firmó una alianza con Venecia y con el papa Alejandro VI.
En 1501, el rey francés ya controlaba Milán y avanzó sobre Nápoles, de donde fue expulsado en 1504 por las tropas dirigidas por el Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba (1453-1515).
En ese momento ya había un nuevo papa en Roma, Julio II, quien, como vimos, más allá de su labor pontificia, trazó un ambicioso plan político que pasaba por el control de la mayor parte de Italia.
Para 1513, los franceses habían vuelto a ser expulsados de Italia y, para agravar la situación, en enero de 1514 murió Ana de Bretaña sin haber conseguido dar a su esposo Luis XII el ansiado heredero varón. El propio rey falleció en enero de 1515.
A pesar de los numerosos viajes que Luis XII realizó a Italia, tanto antes de ser rey como una vez coronado, al monarca francés no parecieron interesarle las novedades del Renacimiento italiano.
Bien es cierto que las razones que le llevaron a Italia fueron militares, pero eso no impidió que tanto en la campaña de 1494-1495, cuando Luis viajó junto al rey Carlos VIII, como en las guerras de 1501 o de 1508, a su vuelta a Francia, las tropas llevaban consigo, tal como vimos antes, cuantiosas obras de artes y libros (muchas veces, fruto del saqueo), además de unos cuantos artistas italianos que quisieron probar fortuna en Francia.